lunes, 1 de abril de 2019

Material del año 2019


UNIDAD 1

La literatura como discurso social

El texto narrativo ha sido considerado a través de los siglos como revelación divina, manifestación ideológica, creación artística   con fines   moralizantes, instrumento   de   crítica social o de adoctrinamiento político, documento histórico, y - entre otras cosas - registro social. Se le asignó valor literario cuando respondía al canon de literariedad establecido por los eruditos clásicos y, pasando por el experimentalismo y la literatura popular, se hizo presente en la relevancia de una lista de compras o de una guía telefónica.

Enfocado en uno u otro ángulo, el texto narrativo siempre reveló un aspecto de la realidad humana a través del lenguaje, y lo hizo acudiendo a rigurosas reglas de composición o a la sublevación de las mismas. El ir y venir de corrientes literarias, su aceptación y rechazo subsiguientes, dejaron una huella muy honda en la demarcación de géneros y disciplinas críticas que consideraron el texto narrativo una entidad literaria cuyo significado se recreaba por medio del lenguaje, se descubría identificando estructuras lingüísticas, o se analizaba estilísticamente siguiendo las pautas trazadas por la poética tradicional. Sólo aquello que encajaba dentro de la definición dada a la literatura constituía el texto narrativo; el resto pasaba al terreno de la sub-clasificación, subliteratura, texto escrito desvinculado de la experiencia humana total.

Esta fragmentación, que perdía de vista el complejo social representado, está siendo cuestionada. Y lo que se veía como disciplina autónoma, se va integrando para dar una visión más completa de la dinámica social a través del lenguaje, presentado con su carga de variables ideológicas, normas, y valores sociales.

El concepto “literatura” usado por Lukácz, es paralelo al concepto 'sociedad'. Ambos abarcan una totalidad, una 'estructura dinámica significante' como producto de los constantes cambios que sufre la sociedad en el plano geográfico, político, socioeconómico ideológico. La continua y constante carga que incluye todos esos cambios es expresada en el texto a través del lenguaje, que responde precisamente a lo que Goldmann llamó 'visión del mundo,' una especie de “conciencia colectiva de grupo” que otorga una identidad colectiva.[1]

La literatura como discurso social se separa de otros discursos (histórico, político, periodístico, científico, etc.) por su relación con lo ficcional. En este sentido, los textos literarios tienen como finalidad exponer una imagen del mundo presente en un momento histórico determinado.

Por otra parte, la literatura también se diferencia de los otros discursos sociales por la preeminencia de la función poética del lenguaje, que hace hincapié en la construcción del mensaje, mediante una cuidada selección y una especial combinación de las palabras. Reconocer la literatura como un tipo de discurso que se diferencia de otros por una serie de rasgos particulares es nuestro objetivo al cursas esta cátedra. Por eso, contiene una introducción en los conceptos básicos y en las herramientas teóricas para el análisis literario.

La ficción y la literatura


La especificidad de la ficción es su relación con la verdad. A los escritores les interesa trabajar esa zona indeterminada donde se cruzan la verdad y la ficción porque se debe entender que “no hay campo propio de la ficción” ya todo se puede ficcionalizar. La ficción trabaja con la creencia y, en este sentido conduce a eso que llamamos “ideología”, a los modelos convencionales de la realidad y a las convenciones que hacen que un texto sea verdadero o ficticio. La realidad está tejida de ficciones.

La literatura, entonces, es un espacio fragmentado donde circulan, se cruzan, se entrelazan distintas voces, y son estas voces las que son sociales. La literatura no es “esencia” sino “efecto” de lo social.

Realidad y ficción

El término “Realidad” recubre distintas acepciones: real, hecho de existir, el mundo real, lo que existe, lo efectivo y práctico; pone de manifiesto la idea de ver ad. Tocante a la “Ficción”, encierra dos términos muy variados: mimesis, verosimilitud e imaginación. De esta manera, definir la ficción es una forma de definir también la literatura, o sea, contestar a la pregunta: ¿qué es la literatura? La literatura es ficción. Esta respuesta es la definición estructural de la literatura dado que el texto literario no se somete a la prueba de verdad, es decir, ni verdadero ni falso, sino ficcional. A este respecto Tzvetan Todorov escribe: “El arte es una imitación, diferente según el material que se utiliza; la literatura es imitación por el lenguaje, así como la pintura es imitación por la imagen. Específicamente, no es cualquier imitación, porque no se imitan las cosas reales sino las ficticias, que no necesitan haber existido[2]

La noción de ficción ligada a la de la literatura significa que las frases literarias no aluden obligatoriamente a acciones reales. René Wellek en la misma perspectiva opina sobre la “naturaleza de la literatura” y deduce que “en las obras más literarias, uno se refiere a un mundo de ficción, de imaginación. Las aserciones de una novela, de un poema o de una obra de teatro no son literalmente verdaderas; no son proposiciones lógicas. Y ahí está el rasgo distintivo de la literatura; esto es, la ficcionalidad.”4

El propósito de los textos literarios no es mostrar la realidad tal cual es, sino de representar, por medio de la palabra, una percepción posible y peculiar del mundo.

En este sentido, la ficción —propia de la literatura— equivale a una imagen de la realidad que un tiempo histórico determinado propone para definir los ideales o para destacar los problemas o la decadencia moral y plantear los principios que deben modificarse.

Puede decirse que, por ejemplo, un libro de Historia trata sobre sucesos o procesos que han ocurrido efectivamente en un tiempo y en un espacio precisos en el que han vivido personas cuya existencia real es indiscutible. En esos textos, el acento está puesto en el referente, y en calidad depende del grado de fidelidad a él. Contrariamente, la literatura, por ser un hecho artístico, transforma la realidad y la ficcionaliza. Los objetos a los que se refiere existen solamente en el texto, y en lugar de personas, la obra literaria cuenta con personajes, creaciones de ficción que pueden ser (o no) parecidas a las existentes, pero que nunca llegan a serlo. El valor de la literatura radica en el modo de representación de la realidad y no en la fidelidad a lo representado, es decir que la literatura se aprecia no por la verdad de lo que se dice, sino por la calidad estética con que se lo hace.

El canon literario

Como surge de lo anterior, los textos literarios son productos humanos realizados mediante palabras que tienen una finalidad estética. Si bien esta idea parece definir la literatura, hay que tener en cuenta que no siempre a lo largo de la historia la concepción sobre lo que es literatura fue la misma. En este sentido, muchas obras literarias que, en la actualidad, son consideradas “maestras” fueron rechazadas por sus contemporáneos, porque – según ellos– carecían de valor estético.


Existe, entonces, en cada época y para cada sociedad obras comprendidas en el canon literario (conjunto de pautas variables con el tiempo y el lugar que permiten considerar artístico o no un escrito). Las obras que no son incluidas dentro de este conjunto –o que son deliberadamente excluidas– pasan a formar parte de lo que se denomina “literatura marginal”, porque está fuera de las pautas aceptadas.

Quienes determinan qué textos forman parte del canon son las instituciones, como las universidades, las editoriales, los críticos literarios y los grupos de escritores.
                                                                                                                
TP 1:

1- ¿Qué diferencias existen entre el discurso literario y los otros discursos sociales?

2- Según lo que hemos hablado y leído, señala las semejanzas entre la literatura y los otros discursos sociales.

3- ¿Qué relación hay entre la literatura y la ficción? Explica con tus palabras por qué ambos términos pueden ser sinónimos.
4-    Explica en qué consiste el canon literario, ¿lo consideras inamovible?

5- ¿Cuál es el rol de las instituciones en relación con las obras literarias de cada época?


Funciones del lenguaje

Se denominan funciones del lenguaje aquellas expresiones del mismo que pueden trasmitir las actitudes del emisor (del hablante, en la comunicación oral y del escritor, en la comunicación escrita) frente al proceso comunicativo.

El lenguaje se usa para comunicar una realidad (sea afirmativa, negativa o de posibilidad), un deseo, una admiración, o para preguntar o dar una orden. Según sea como utilicemos las distintas oraciones que expresan dichas realidades, será la función que desempeñe el lenguaje.


El lenguaje tiene seis funciones:

1.    Función Emotiva o Expresiva

2.    Función Conativa o Apelativa
3.    Función Referencial
4.    Función Metalingüística
5.    Función Fática
6.    Función Poética


         La función poética y la literatura


La función poética se utiliza preferentemente en la literatura. El acto de comunicación está centrado en el mensaje mismo, en su disposición, en la forma como éste se trasmite. Entre los recursos expresivos utilizados están la rima, la aliteración, etc.

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,

y tiritan, azules, los astros, a lo lejos."

(Pablo Neruda, fragmento)


De todas las funciones del lenguaje, la poética es la que caracteriza al discurso literario, dado que lo que lo distingue de otros es la construcción particular del mensaje: el ritmo, ciertas combinaciones de palabras (e incluso de morfemas), el uso connotativo del lenguaje (que permite interpretar los términos en múltiples sentidos y no en uno solo, como los textos científicos, por ejemplo) son algunos de los procedimientos que usa el escritor para trabajar con el material que le provee la lengua. Con ese material discursivo, elabora una obra única, porque se aleja del uso cotidiano del lenguaje, aprovecha la sonoridad de los términos y su capacidad de evocar o de sugerir, no trabaja con el sentido literal de las palabras, sino con todos los sentidos que esa palabra es capaz de disparar en su imaginación y en la del lector.

“[…] si las palabras no tuvieran más que un sentido, el del diccionario, si una segunda lengua no viniera a turbar y a la liberar `las certidumbres del lenguaje’, no habría literatura”.5

El lenguaje es el protagonista a través de una cuidada selección y combinación de las palabras que el escritor realiza y que responden a un sentido preciso que quiere transmitir. Cuando un poeta selecciona una palabra dentro del enorme campo de posibilidades que le da la lengua, lo hace porque sabe que es ese término y no otro el que le permite transmitir una idea, una sensación, un sentimiento.

Lengua común y lengua literaria

Repasemos algunos conceptos básicos.


5 Barthes, Roland: Crítica y verdad. México/, Siglo veintiuno editores, 1985.


Lengua: es un sistema de signos que los hablantes aprenden y retienen en su memoria. Es un código, un código que conoce cada hablante y que utiliza cada vez que lo necesita (que suele ser muy a menudo). Este código es muy importante para el normal desarrollo de la comunicación entre las personas, pues el hecho de que todos los hablantes de una lengua lo conozcan es lo que hace que se puedan comunicar entre sí.


Lengua común o coloquial: El uso coloquial o lenguaje coloquial es el empleo del lenguaje, de alguna forma, en un contexto informal, familiar y distendido, con vocablos caracterizados por su uso común, frecuente y directo que se alejan de todo tipo de retórica y, en cierta medida, de la norma culta, es llamado también connotación.

Algunos ejemplos del uso coloquial en el idioma español actual son:

"¿Qué pasa, cómo va?"; "¿Hola, cómo estás, qué hay de nuevo?"; "!ay, nada que ver!".

El español coloquial varía mucho en función de los dialectos geográficos del español. El español coloquial es una variante diafásica de la lengua, es decir, no depende de la educación o el nivel sociocultural del hablante, sino que cualquier hablante, en las circunstancias que favorecen la aparición de lo coloquial, lo utiliza. El español coloquial es una variedad fundamentalmente oral, si bien la aparición de medios como el chat o el correo electrónico ha favorecido el desarrollo de una comunicación coloquial escrita. La conversación es el lugar prototípico de uso del registro coloquial.

Lengua literaria: es, básicamente, la lengua escrita estándar en la que se introducen palabras poco usuales (cultismos, voces inusitadas, extranjerismos, arcaísmos, etc.) y que se somete normalmente a una voluntad de forma. Por una parte, tiene muchos rasgos que lo acercan a la lengua escrita culta; pero por otra, es frecuente que aparezcan en él giros coloquiales y hasta vulgares, para producir ciertos efectos expresivos.


Como pájaros en el aire


Las manos de mi madre
parecen pájaros en el aire.

historias de cocina

entre sus alas heridas de hambre.

Las manos de mi madre
saben qué ocurre por las mañanas,

cuando amasan la vida
horno de barro, pan de esperanza.

Las manos de mi madre

llegan al patio desde temprano,

todo se vuelve fiesta
cuando ellas juegan junto a otros pájaros...

Junto a los pájaros que aman la vida,

y la construyen con el trabajo,
arde la leña, harina y barro,

lo cotidiano se vuelve mágico,
(…)
Las manos de mi madre
me representan un cielo abierto,

un recuerdo añorado,
trapos calientes en los inviernos.

Ellas se brindan cálidas,

Nobles, sinceras, limpias de todo,
¿cómo serán las manos

del que las mueve gracias al odio?



(Carlos Oscar Carabajal)


TP 2:

1-      Escribe ideas acerca de manos. ¿Qué son? ¿Para qué sirven?
2-      Busca en un diccionario las palabras subrayadas del texto. Y escribe las definiciones.
3-       Compara lo que escribiste con los usos metafóricos trabajados durante la clase.
4-      Con tus palabras explica cuál es la diferencia entre lengua común y lengua literaria.
5-      Realiza un esquema que represente las funciones del lenguaje.
¿Para qué leer literatura?

Lee la siguiente declaración realizada por Miquel Desclot.6


Leer para ser mejores

La mayoría de nuestros antepasados fueron analfabetos. Es verdad. Pero no fueron ignorantes. Ellos, simplemente, disponían de otro sistema de almacenamiento y transmisión del saber. A ellos les bastaba la memoria, que hacía las veces de biblioteca, y la transmisión oral, que hacía las veces de lectura. Y, a su manera, no eran menos sabios que nosotros. A su vez, los niños de aquella sociedad analfabeta, pero no ignorante, estaban en contacto permanente con la literatura de tradición oral, ya fuesen canciones, cuentos o adivinanzas, desde su más tierna edad hasta su madurez. No iban a la escuela, pero heredaban un saber secular. No leían, pero escuchaban la literatura que sabían sus mayores, y jugaban todo el día con las canciones y las fórmulas verbales que les había legado la tribu. En el fondo, eran más literarios que los niños alfabetizados de nuestros días. Eso fue así durante siglos, hasta que la cultura escrita fue extendiéndose y las formas de vida moderna, con todos sus sistemas de memoria artificial, acabaron no hace mucho con la tradición oral. Y los niños perdieron el contacto que con tanta naturalidad habían mantenido hasta entonces con la literatura. Es aquí, pues, cuando entra en escena la necesidad de una literatura infantil: entre los cuentos y canciones de tradición oral que todavía se cuentan y cantan a los niños más pequeños hasta la narrativa y la poesía que se escribe para los adultos, nuestra sociedad precisa una literatura infantil que llene este vacío y haga posible una transición natural entre ambos extremos.

Este país ha perdido la sabiduría de transmisión oral hace relativamente poco tiempo, pero todavía no la ha substituido por una generalización de la cultura escrita. De hecho, como seguramente sabréis, España es uno de los países con un índice de lectura más bajo de Europa. No es un índice para enorgullecerse, precisamente. Todo el mundo tendría que luchar para modificar de raíz este estado de cosas que debería preocuparnos tanto como el índice de paro laboral o el índice de crecimiento económico. Los escritores, por supuesto, deben contribuir a ese necesario cambio con una aportación literaria de primera calidad, pero también denunciando y combatiendo las carencias culturales de esta sociedad. Todo el mundo tiene su papel a desempeñar en esta campaña imprescindible.

A la lectura se llega por el placer, es cierto. Empezamos a leer por placer, y de hecho sería deseable que ese placer no nos abandonara nunca. Pero llega un momento en que el placer en sí mismo parece insuficiente y hay que plantearse la lectura como una fuente de conocimiento, que a su vez es una nueva fuente de placer. Leer para gozar, leer para conocer, leer para comprender, leer para crecer como ser humano. Eso es dolorosamente necesario en un país donde la lectura todavía parece un lujo prescindible. Un país que no lee es un país inmaduro, un país donde la gente no sabe dialogar porque no sabe comprender, un país donde la gente se echa los trastos a la cabeza por menos de un quítame allá esas pajas.

Por favor, leed y soñad. Para que el conocimiento nos haga verdaderamente libres y civilizados. El día que las bibliotecas estén más solicitadas que los campos de fútbol, que los telediarios dediquen tanto espacio a los libros como a los goles, que nuestros representantes públicos se sienten a hablar y a escuchar civilizadamente sin insultarse ni despreciarse mutuamente, que la juventud prefiera ir al teatro antes que salir a emborracharse, que la mentira y la corrupción sean perseguidas en todas partes, sea quien sea el que las cometa, que los conflictos no se resuelvan a bombazos ni con abusos de poder, aquel día sí podrá decirse con razón que España va bien.

Una de las preguntas que las personas relacionadas con a la literatura se han hecho frecuentemente es “¿Para qué leer literatura?”. En respuesta a este interrogante, el escritor peruano Mario Vargas Llosa sostiene que las ficciones “… se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener. En el embrión de toda novela, bulle una inconformidad, bulle un deseo”.

Esta idea de oposición entre la finitud del ser humano –no solo por su condición de mortal, sino de limitado– y la necesidad de proyección y trascendencia, también común al hombre, es frecuentemente tomada por teóricos y escritores como el motivo principal que mueve a las personas a leer literatura. La idea de que, a través de la literatura, el lector vive aquello que en la realidad es inaccesible.
Pero, no cualquier lector es capaz de experimentar esa transmutación que lo completa, sino aquel que entiende de la literatura como un juego de pocas reglas, pero ineludibles. La principal: aceptar que, durante el tiempo de la lectura, todo lo leído es posible. El mundo planteado en una novela, los sentimientos expresados en un poema, las pasiones desatadas en una tragedia deber aceptadas como verdaderos durante la lectura. Esta es la forma de “vivir” esas experiencias y de sentir que se es parte de ellas.

Texto que Miquel Desclot, galardonado con el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por su obra

“Més musica, mestre!”, leyó el 27 de noviembre de 2002 con motivo de la inauguración de la exposición para la campaña de fomento de la lectura del Ministerio de Cultura en la Biblioteca Nacional. (Catalunya, España)

El    buen lector es el que no busca comprobaciones, el que acepta, olvida todo lo que está fuera del texto y se convierte en parte de la obra. No sólo es destinatario, sino protagonista, porque sale de sí mismo y de su mundo cotidiano y se ubica en el lugar del otro: el personaje. Al mismo tiempo, actúa como coautor cuando penetra en el mundo de ambigüedades y en la multiplicidad de sentidos que el texto presenta y toma partido, dándole, en cada lectura, un sentido. Esta práctica es lo que hace que una obra sea diferente para cada lector e, incluso, que un mismo lector lea de manera distinta una misma obra en dos momentos de su vida. Además, como la literatura está constituida por una larga tradición de obras, cada vez que se lee, el eco de otras lecturas resuena en la mente del lector, y nuevas relaciones y entramados de sentidos se establecen en ella. De allí que un lector competente es aquel que, entrenado, puede anticipar lo que propone el autor, o asombrarse ante el descubrimiento de lo inédito, o desconcertarse ante lo novedoso que plantea y participar activamente de su desciframiento.

Los géneros literarios

Los géneros literarios son técnicas expositivas singulares, ligadas a ciertas leyes de forma y contenido de carácter histórico o no, a las que se someten las obras literarias. La primera clasificación de     los géneros literarios pertenece a Aristóteles, quien los redujo a tres: épica, lírica y dramática. El primero ha extendido su significado, al incluir la novela,   a      la      noción más amplia de narrativa.     Pero  el género se va conformando históricamente. Por tanto, resulta muchas veces difícil fijar rígidamente los        límites entre lo propiamente narrativo o épico-narrativo, lo lírico o poético y lo dramático o teatral.
Dentro       de     cada  género surgen sub géneros o géneros menores, algunos de ellos, solamente válidos en ciertos momentos históricos.

Género narrativo

La obra narrativa es aquella en la que un narrador, a través de un discurso oral o escrito, relata una historia, destinada a oyentes (como en la epopeya griega o en los cantares de gesta medievales) o lectores (como en la novela moderna).

Sub-géneros narrativos

a)      El cuento: Narración de una acción ficticia, de carácter sencillo y breve extensión, de muy variadas tendencias a través de una rica tradición literaria y popular. En general, el desarrollo narrativo del cuento es rectilíneo, presenta pocos personajes y el proceso del relato privilegia el desenlace.

b)      La novela: Obra en que se narra una acción fingida o en parte, y cuyo fin es causar placer estético a los lectores por medio de la descripción o pintura de sucesos o lances interesante, de caracteres, de pasiones y de costumbres. Salvo excepciones, la novela propiamente dicha usa la prosa, y a diferencia del cuento, nunca es muy breve. La acción es necesaria en esta obra, pero lo fundamental son los personajes y el mundo ficticio en que ellos viven.

c)       La novela corta (o "nouvelle"): La novela corta se define fundamentalmente como la representación de un acontecimiento, sin la amplitud de la novela normal en el tratamiento de los personajes y de la trama. La acción, el tiempo y el espacio, aparecen de una forma condensada, y presenta un ritmo acelerado en el desarrollo de su trama. Las largas digresiones y descripciones propias de la novela desaparecen en la novela corta, así como los exhaustivos análisis psicológicos de los personajes.


Género dramático


Obra dramática es aquella destinada a ser representada ante espectadores, y que consiste en una acción dialogada representada por personajes (actores) en un espacio (escenografía). Como palabra técnica de la literatura, el concepto de "drama" (del griego δράμα, obrar, actuar) agrupa todas las manifestaciones de obras teatrales, y no debe limitarse a aquellas obras cuyo desenlace es de carácter catastrófico.

El drama está destinado a la representación ante un público; no puede tener una extensión desmesurada; debe servirse de un vocabulario inteligible; el autor, debe considerar los efectos escénicos que armonizan diálogo y movimiento; debe poner en tensión el ánimo del público, y debe representarse de una sola vez.

Género lírico

Forma poética que expresa los sentimientos, imaginaciones y pensamientos del autor; es la manifestación de su mundo interno y, por tanto, el género poético más subjetivo y personal. El poeta se inspira frecuentemente en la emoción que han provocado en su alma objetos y hechos externos, y también puede interpretar sentimientos colectivos.


Aparición de un nuevo género

Según el teórico español Fernando Gómez Redondo, la aparición de un nuevo género o grupo genérico se produce si se cumplen ciertos requisitos:

Voluntad innovadora por parte del autor y su propuesta de una distinta aproximación formal a la realidad que lo rodea;

Decisión del autor proyectada en la creación de una estructura original desde el punto de vista formal y temático:
Adecuación de la obra a los planteamientos sociales que la hicieron surgir;

Imitación de los procedimientos formales y los hallazgos temáticos por parte de otros autores;
Reconocimiento de los rasgos formales del modelo.

Actividades

1-      Explica por qué los géneros son variables.

2-      ¿Qué condiciones deben cumplirse para la aparición de un nuevo género literario?
3-      ¿Qué hace que una obra literaria pertenezca a un determinado género?
4-      ¿Cuál es la finalidad de la división en géneros?
5-      Señala las características de cada género literario.

La literatura latinoamericana

A través de su larga historia de vecindad continental, Brasil y los países hispanoamericanos se han desconocido mutuamente en lo que respecta a la traducción de buena parte de su producción narrativa y textual. Aparte de los grandes autores del boom latinoamericano y una que otra labor de grupos de poetas, escritores o investigadores que cruzan las fronteras académicas y culturales entre los países, la traducción al interior del continente no se ha constituido como una práctica capaz de tender puentes y superar las distancias que se trazaron entre los pueblos que compartían el territorio americano al sur de la línea del Ecuador. Algunos autores afirman que ese mutuo desconocimiento traductorio es resultado, entre otros elementos, de una difusa certeza las lenguas española y portuguesa no serían tan distintas entre sí, sino que al compartir un repertorio de palabras y enunciados tan parecidos en el plano morfosintáctico, su traducción se revelaría una práctica desprestigiada, por innecesaria, en ambos lados de las fronteras.

Así, desde una traducción precaria entre dos mundos de gigantescas dimensiones no sólo geográficas, sino culturales e históricas y una labor intelectual que fraguó el concepto de literatura latinoamericana, hoy día universalmente adoptado como referente teórico, aunque igualmente de reconocida insuficiencia como elemento capaz de ofrecer un mapa adecuado de la heterogeneidad continental, empezamos ese recorrido intentando aclarar el sentido primero que el término América Latina conlleva en su convocatoria, para enseguida buscar entender cómo se articulan las literaturas nacionales en su interior. Desde luego que la hipótesis que orienta este trabajo ya se manifestó en la última parte de la oración anterior, cuando planteamos la existencia de literaturas nacionales (peruana, paraguaya, brasileña etc.) con sus distintos estadios de desarrollo vinculadas al de las culturas y sociedades que representan, como constructos suficientes y plenos para el acercamiento a la literatura que se produce en sus territorios.

América Latina, un concepto en construcción

El origen del nombre l'Amérique Latine aparece en la segunda mitad del siglo XIX, en Francia, como resultante de la estrategia de proposición de “un programa de acción para incorporar el papel y las aspiraciones de Francia hacia la población hispánica del Nuevo Mundo”, y demarca el paso a un nuevo estado conceptual, que fija la descendencia latina en base al referente histórico-político, según John Phelan.

Esa política panlatinista que sostenía sus principios fundados en la “unidad lingüística y en el catolicismo romano” y buscaba “promover la homogeneidad cultural y política del llamado Mundo Latino, bajo el liderazgo paternalista de Francia”, consistía en el envío de tropas para defender los intereses franceses en el continente, alrededor de 1860, frente a la amenaza de invasión de México por  los  Estados  Unidos norteamericanos. La empresa se reveló un fracaso pero el panlatinismo solo vino a reafirmar que “América es, entre otras muchas cosas, una idea creada por europeos, una abstracción metafísica y metahistórica, al mismo tiempo que un programa práctico de acción”, cuyas “imágenes europeas del Nuevo Mundo encuentran sus símbolos apropiados en los diversos nombres bajo los cuales América ha sido conocida”.

A lo largo del siglo XX, el término América Latina pasa a expresar su diferencia frente a Norteamérica tomando a sí lo que Alberto Moreiras llamó una “representación comprometida”, al hacer referencia a la constitución del latinoamericanismo académico norteamericano, por presentarse como la idea de la “reivindicación de la diferencia cultural que necesita resistir a la asimilación por la modernidad eurocéntrica”. Determinada en muchos casos por un análisis marxista de la historia, esa modalidad narrativa se olvidará, sin embargo, de que su constitución también ha sido parte estructurante de la modernidad a la cual pretende oponerse.

Desde el americanismo de José Enrique que se erige en 1953 contrapunto al panamericanismo norteamericano, al “nuestro americanismo” de Roberto Fernández Retamar, que reivindica un recomienzo cultural a partir del punto cero de la historia instaurado por la revolución cubana, al inicio de los años setenta, el continente latinoamericano se vuelve así “uno de los campos de batalla en que los distintos sujetos combaten por la construcción de su proyecto, en función de sus particulares memorias”. En ese sentido, la opción de Richard Morse por el término Iberoamérica, en lugar de América Latina, en su libro O espelho de Próspero, señala hacia un intento de superar las ultrapasadas categorías “eurocéntricas y bonapartistas” que a su parecer empañan los análisis planteados desde los varios enclaves discursivos.

Sea el continente descrito como un “territorio imaginario” o una “categoría de conocimiento”, lo seguro es que la construcción de la “unidad de América Latina ha sido y sigue siendo un proyecto del equipo intelectual propio, reconocida por un consenso internacional”; que a pesar de las dificultades insiste “en nadar contra la corriente” y desea “convertirse en forjadora de una tradición cultural”.
 


Actividad

Investiga acerca de la Literatura Latinoamericana y realiza una infografía basada en la línea del tiempo de aquella.



Textualidades indígenas

[3]Lo que, durante muchos años, se consideró literatura latinoamericana fue la escrita en español a partir de la llegada de los conquistadores al continente, pues se olvidó la que habían producido los aborígenes y que expresaba su realidad y problemática. La producción literaria de las principales culturas aborígenes es conocida como “literatura precolombina”, esto es, anterior a la llegada de Colón, o “textualidades indígenas”. Entre estas obras cabe destacar la poesía azteca, los relatos mayas y el teatro inca. Uno de los tópicos de estas textualidades indígenas son las cosmogonías (relatos que tratan sobre el nacimiento del mundo), como el Popol Vuh de los maya-quichés.

Así, los pueblos originarios de este continente antes del año 1492 poseían sus formas materiales y simbólicas de apropiación de su mundo, que respondían a sus horizontes de expectativas adecuadas a sus posibilidades de existencia. Tenían sus "literaturas", "historias", "mitos", "dioses" y "demonios", entre otros. Es decir, sus cosmovisiones de mundo respondían a sus posibilidades materiales de existencia.

Además, se habla de "pueblos" en plural, puesto que en la América Latina antes del siglo XV europeo, en este continente extendido del norte al sur del planeta la heterogeneidad imperante era realmente basta. Convivían en un espacio territorial tan extenso articulaciones sociales desde imperios hasta tribus nómades, pueblos arcaicos y pueblos de avanzada. El espacio estaba configurado por diversas zonas de influencia; dichas zonas son conocidas como: Mesoamericana, Andina e Intermedia. Es decir, lo que encontraron los europeos al acceder al continente fue un rico tejido social cuyas diversas expresiones socio-históricas registraban la profunda complejidad humana posible. No obstante, el imaginario del conquistador europeo encuadró falsamente una homogeneidad, no sólo entre las diversas configuraciones sociales, sino una especie de mimesis mágica entre los originarios y el paisaje circundante.

Es pertinente aquí establecer qué se entiende por textualidades o literaturas. Estas las consideraremos como condensación de articulaciones de espacios epistémicos (de conocimiento) o materialización de formas discursivas que corresponden a formas específicas de ideologías que a su vez se ven condicionadas por formas materiales de producción de grupos humanos sociohistóricamente constituidas. Es decir, un "texto" literario resulta un espacio de cruce de prácticas sociales reales.

Por ende, toda manifestación literaria se articula profundamente con su contexto sociohistórico y al estar inserto allí, su expresión responde a las contradicciones internas y externas de su producción. Toda obra literaria entra en diálogo con su tiempo, su contexto, sus productores, sus receptores, su pasado inmediato y lejano, sus posibles futuros interlocutores; sea en consonancia o en tonos contradictorios. Este diálogo se manifiesta como una toma de posición frente al mundo, al conjunto social, al individuo. Reproduce o es contestario.

Entonces, las literaturas se constituyen en prácticas e institucionalizaciones objetivas de producción y reproducción de prácticas discursivas contradictorias, es decir, de grupos humanos en contradicción. Un texto literario expresa y condensa cosmovisiones de grupos sociohistóricos, que tratan de dar sentido a sus existencias; acusa José Miguel Oviedo respecto al corpus multilingüístico indígena:

"El natural impulso de todo pueblo por lo fabuloso y lo extraño fue particularmente fecundo entre las sociedades indígenas americanas: una red de creencias y prácticas mágicas sostenía su concepción del mundo y les permitía comprenderlo y así conjurarlo. Querían testimoniar su presencia en el cosmos y conservar una relación armónica con él; todo tenía para ellos un sentido misterioso, todo era una cifra de su origen y su destino".

Dicha afirmación debe ser tomada críticamente, –esta reproduce gran parte de la discusión en juego en este campo investigativo–, al menos en tres corolarios de discusión:

a)      Gesta un mito científico que ignora que todo grupo humano posee acercamiento mágico-religioso a su entorno, y por ello, omite el pasado mágico de los imaginarios europeos;

b)       Dichas cosmovisiones más allá de aspirar a un testimonio de presencia responden a la necesidad de los seres humanos por dar sentido a sus existencias;

c)     Crea la falsa imagen de que las cosmovisiones y sus materializaciones literarias se dirijan hacia lo fabuloso y extraño, olvidando que lo realmente místico no es cómo sea el mundo, sino que el mundo sea.

Oviedo señala que al estudiar las literaturas prehispánicas debe considerarse al menos que:

a)      No se puede establecer una específica autonomía estética de estas manifestaciones acorde a las funciones y categorías de una cosmovisión judeo-cristiana occidental;

b)      Dichas expresiones responden a dar cuenta de las experiencias colectivas, a tal punto que en muchos casos los autores o autor individual sea acallado y sea la voz del pueblo la que cuenta sus vivencias (voces heterogéneas, ajenas, palintextos) y;

c)      Esas literaturas al tener un fuerte aliento colectivo cumplían una función social dentro de un contexto más vasto al de sus posibilidades, es decir, conservaban la memoria de ciertos hechos, personajes y hechos.

En otras palabras, en la América prehispánica se encuentran literaturas anónimas, colectivas, sin una textualización en términos de su escritura.

Se puede asegurar la existencia antes de 1492 de literaturas, de textualidades: bailes, códices, iconos, "trovadores". Sus manifestaciones fonéticas por excelencia tenían un carácter onomástico o topográfico; algunas otras manifestaciones ágrafas daban cuenta de emociones y actitudes humanas. Todas estas textualidades tenían un carácter conservador de la memoria como ya se ha mencionado y ello era así al ostentar la esencia viva de sus respectivas culturas, lo fundamental de su experiencia histórica.

En la actualidad recorrer hacia la sombra de la preconquista pasa necesariamente por el proceso de alfabetización y domesticación de las literaturas originarias. Allí reside con plena fuerza el sesgo del conquistador, las contestatarias y otras sumisas "grafías" de los vencidos. No obstante, es el camino.

Hablar de literaturas o textualidades indígenas no es un mero ejercicio de arqueología cultural, sino el reconocimiento de una configuración antropológica que enriquece y estimula la creación literaria del presente, por lo menos donde los restos de esa herencia no se han perdido del todo.




Lecturas

El Popol Vuh o Popol Wuj (el nombre quiché se traduciría como: "Libro del Consejo" o "Libro de la Comunidad"), es una recopilación de varias leyendas de los quiché, un pueblo de la cultura maya que ocupó partes de Guatemala y de Honduras. Más que un sentido histórico, el libro tiene valor e importancia en el plano religioso; de hecho, se le ha llamado el Libro Sagrado o la Biblia de los maya-quichés.Es una narración que trata de explicar o contar de alguna manera el origen del mundo, la civilización y los diversos fenómenos que ocurren en la naturaleza.




La creación del mundo según el Popol-Vuh

“Ésta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo. Ésta es la primera relación, el primer discurso. No había todavía un hombre, ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía. No se manifestaba la faz de la tierra. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión. No había nada junto, que hiciera ruido, ni cosa alguna que se moviera, ni se agitara, ni hiciera ruido en el cielo. No había nada que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. No había nada dotado de existencia. Solamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad. Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules.

Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gugumatz, en la oscuridad, en la noche, y hablaron entre sí Tepeu y Gugumatz. Hablaron, pues, consultando entre sí y meditando; se pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y su pensamiento. Entonces se manifestó con claridad, mientras meditaban, que cuando amaneciera debía aparecer el hombre. Entonces dispusieron la creación y crecimiento de los árboles y los bejucos y el nacimiento de la vida y la claridad en acción del hombre. Se dispuso así en las tinieblas y en la noche por el Corazón del Cielo, que se llama Huracán.

El primero se llama Caculhá Huracán. El segundo es Chipi-Caculhá. El tercero es Raxa-Caculhá. Y estos tres son el Corazón del Cielo. Entonces vinieron juntos Tepeu y Gugumatz; entonces conferenciaron sobre la vida y la claridad, cómo se hará para que aclare y amanezca, quién será el que produzca el alimento y el sustento.

     ¡Hágase así! ¡Que se llene el vacío! ¡Que esta agua se retire y desocupe el espacio, que surja la tierra y que se afirme! Así dijeron. ¡Que aclare, que amanezca en el cielo y en la tierra! No habrá gloria ni grandeza en nuestra creación y formación hasta que exista la criatura humana, el hombre formado —así dijeron.

Luego la tierra fue creada por ellos. Así fue en verdad como se hizo la creación de la tierra:

     ¡Tierra!, dijeron, y al instante fue hecha.

Como la neblina, como la nube y como una polvareda fue la creación, cuando surgieron del agua las montañas; y al instante crecieron las montañas. Solamente por un prodigio, sólo por arte mágica se realizó la formación de las montañas y los valles; y al instante brotaron juntos los cipresales y pinares en la superficie. Y así se llenó de alegría Gugumatz, diciendo:

     ¡Buena ha sido tu venida, Corazón del Cielo; tú, Huracán, y tú, Chípi-Caculhá, Raxa-Caculhá!

     Nuestra obra, nuestra creación será terminada, contestaron.

Primero se formaron la tierra, las montañas y los valles; se dividieron las corrientes de agua, los arroyos se fueron corriendo libremente entre los cerros, y las aguas quedaron separadas cuando aparecieron las altas montañas. Así fue la creación de la tierra, cuando fue formada por el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra, que así son llamados los que primero la fecundaron, cuando el cielo estaba en suspenso y la tierra se hallaba sumergida dentro del agua. De esta manera se perfeccionó la obra, cuando la ejecutaron después de pensar y meditar sobre su feliz terminación.


Luego hicieron a los animales pequeños del monte, los guardianes de todos los bosques, los genios de la montaña, los venados, los pájaros, leones, tigres, serpientes, culebras, cantiles (víboras), guardianes de los bejucos. Y dijeron los Progenitores:

     ¿Sólo silencio e inmovilidad habrá bajo los árboles y los bejucos? Conviene que en lo sucesivo haya quien los guarde.

Así dijeron cuando meditaron y hablaron enseguida. Al punto fueron creados los venados y las aves. En seguida les repartieron sus moradas los venados y a las aves:

     Tú, venado, dormirás en la vega de los ríos y en los barrancos. Aquí estarás entre la maleza, entre las hierbas; en el bosque os multiplicaréis, en cuatro pies andaréis y os tendréis. Y así como se dijo, así se hizo.

Luego designaron también su morada a los pájaros pequeños y a las aves mayores:

     Vosotros, pájaros, habitaréis sobre los árboles y los bejucos, allí haréis vuestros nidos, allí os multiplicaréis, allí os sacudiréis en las ramas de los árboles y de los bejucos. Así les fue dicho a los venados y a los pájaros para que hicieran lo que debían hacer, y todos tomaron sus habitaciones y sus nidos.

De esta manera los Progenitores les dieron sus habitaciones a los animales de la tierra. Y estando terminada la creación de todos los cuadrúpedos y las aves, les fue dicho a los cuadrúpedos y pájaros por el Creador y Formador y los Progenitores:

     Hablad, gritad, gorjead, llamad, hablad cada uno según vuestra especie, según la variedad de cada uno. Así les fue dicho a los venados, los pájaros, leones, tigres y serpientes.
     Decid, pues, nuestros nombres, alabadnos a nosotros, vuestra madre, vuestro padre. ¡Invocad, pues, a Huracán, Chipi-Caculhá, Raxa-Caculhá, el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra el Creador, el Formador, los Progenitores; hablad, ínvocadnos, adoradnos!, les dijeron.

Pero no se pudo conseguir que hablaran como los hombres; sólo chillaban, cacareaban y graznaban; no se manifestó la forma de su lenguaje, y cada uno gritaba de manera diferente. Cuando el Creador y el Formador vieron que no era posible que hablaran, se dijeron entre sí:

     No ha sido posible que ellos digan nuestro nombre, el de nosotros, sus creadores y formadores. Esto no está bien, dijeron entre sí los Progenitores. Entonces se les dijo:

     Seréis cambiados porque no se ha conseguido que habléis. Hemos cambiado de parecer: vuestro alimento, vuestra pastura, vuestra habitación y vuestros nidos los tendréis, serán los barrancos y los bosques, porque no se ha podido lograr que nos adoréis ni nos invoquéis. Todavía hay quienes nos adoren, haremos otros seres que sean obedientes. Vosotros, aceptad vuestro destino: vuestras carnes serán trituradas. Así será. Ésta será vuestra suerte. Así dijeron cuando hicieron saber su voluntad a los animales pequeños y grandes que hay sobre la faz de la tierra.

Así, pues, hubo que hacer una nueva tentativa de crear y formar al hombre por el Creador, el Formador y los Progenitores.

     ¡A probar otra vez! Ya se acercan el amanecer y la aurora; ¡hagamos al que nos sustentará y alimentará! ¿Cómo haremos para ser invocados para ser recordados sobre la tierra? Ya hemos probado con nuestras primeras obras, nuestras primeras criaturas; pero no se pudo lograr que fuésemos alabados y venerados por ellos. Probemos ahora a hacer unos seres obedientes, respetuosos, que nos sustenten y alimenten. De este modo hicieron a los seres humanos que existen en la tierra.”


Asedio a Tenochtitlán7       (del manuscrito de 1528, ed. Mengin)


“Y todo esto pasó con nosotros.
Nosotros lo vimos,
nosotros lo admiramos.

Con esta lamentosa y triste suerte nos vimos angustiados.
En los caminos yacen dardos rotos, los cabellos están esparcidos. Destechadas están las casas, enrojecidos tienen sus muros.
Gusanos pululan por calles y plazas,

y en las paredes están salpicados los sesos. Rojas están las aguas, están como teñidas, y cuando las bebimos,

es como si bebiéramos agua de salitre.
Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe, y era nuestra herencia una red de agujeros. Con los escudos fue su resguardo, pero

ni con escudos puede ser sostenida su soledad.

Hemos comido palos de colorín, hemos masticado grama salitrosa, piedras de adobe, lagartijas, ratones, tierra en polvo, gusanos . . .

Comimos la carne apenas, sobre el fuego estaba puesta. Cuando estaba cocida la carne, de allí la arrebataban,
en el fuego mismo, la comían.

Se nos puso precio.

Precio del joven, del sacerdote, del niño y de la doncella.

Basta: de un pobre era el precio sólo dos puñados de maíz, sólo diez tortas de mosco;

sólo era nuestro precio veinte tortas de grama salitrosa.

Oro, jades, mantas ricas,
plumajes de quetzal,
todo eso que es precioso,
en nada fue estimado…”


7 Manuscrito anónimo de Tlatelolco. Trad. de Angel María GARIBAY, en: La visión de los vencidos.


Actividades

1-      ¿Por qué los testimonios indígenas pueden considerarse documentos coloniales?
2-      ¿Quiénes intervinieron en su recopilación en las primeras décadas de la colonia y con qué propósito lo hicieron?
3-      Menciona dos libros del área maya-quiché y explica su contenido.

4-      ¿Qué función tenían los documentos pictográficos en la zona náhuatl? ¿Qué entendían los nahuas por “cantar pinturas”?
5-      ¿Cuáles son las teorías que hay sobre la identidad de los poetas de la zona nahua?
6-      ¿Qué entiendes por “heterogeneidad cultural y qué papel desempeñan las textualidades indígenas en la definición de este concepto
7-      ¿Qué entiendes por “tiempo cíclico” y cómo lo observamos en el Popol Vuh?

8-      ¿Qué otras historias de la creación de la humanidad recuerdas y cómo se comparan con la de los “hombres de palo”?




Las crónicas de Indias


Las crónicas son la primera manifestación literaria que tenemos en Hispanoamérica. El autor quiere transmitir objetivamente el Nuevo Mundo. El tema principal es el hombre y la realidad americana. Son obras literarias fruto del descubrimiento y de la conquista; por ello, la literatura aquí es auxiliar de la historia. Con lo que nos encontramos es con un primer mensaje histórico y el primer testimonio literario.

Estas crónicas eran el medio más objetivo para comunicar lo nuevo (iban encaminadas a la historia, no a la literatura.). No todas las crónicas son iguales: unas imitan a los clásicos, otras se decantan por las viejas crónicas españolas, pero en general lo importante no es el estilo, sino que en cada una de ellas nos encontramos con la interpretación de la realidad americana: hombre y naturaleza nueva. Se nos ofrece una visión de esa nueva naturaleza como un paraíso habitado por un hombre bueno. Cronológicamente, y teniendo en cuenta la existencia de una superposición de movimientos (es decir, que coexisten distintos movimientos en algunas etapas), podemos dividir las crónicas en:

-      1492-1542: Etapa de expansión territorial de España: es el momento del impulso humanístico; en cierto sentido se aparca la crónica medieval. Aquí nace la historiografía indiana, que consiste en un grupo de crónicas que nos transmiten la historia.

1543-1592: Se puede hablar del comienzo del siglo de oro en España. Con rigor científico y literatura con preocupación por la historia indígena.

-        1593-1623: Auge de las letras y ciencias. En la iglesia hay un período renovador. Hay una evangelización y aprendizaje de las lenguas indígenas por parte de los peninsulares. En la época se habla de un auge de las letras y de las ciencias. Existe un interés por parte de los españoles por integrar la cultura hispánica en el Nuevo Mundo.

En la etapa de expansión territorial se encuentran Cristóbal Colón (1451-1507) y Hernán Cortés (1485-1547). Hay quien dice que el verdadero conquistador fue Colón, pero no hay objetividad alguna; Colón vende a los europeos una América como paraíso con hombres buenos ya que quería afianzar su fama como descubridor.


La obra de Colón la conocemos por su diario de viaje, el cual conservamos por Fray Bartolomé de las Casas (quien lo trata en sus crónicas). En las cartas de Colón se recoge la visión de lo que estaba ocurriendo y la gente que había allí. Se

conservan 17 ediciones de diferentes momentos y lugares. Se les ha dado el nombre de Diario a bordo, y fueron escritas entre 1492 y 1493.

Cristóbal Colón

(Génova[?] 1451 - Valladolid, 1506). El origen de este navegante, probablemente italiano, está envuelto en el misterio por obra de él mismo y de su primer biógrafo, su hijo Hernando. Parece ser que Cristóbal Colón empezó como artesano y comerciante modesto y que tomó contacto con el mar a través de la navegación de cabotaje con fines mercantiles. En 1476 naufragó la flota genovesa en la que viajaba, al ser atacada por corsarios franceses cerca del cabo de San Vicente (Portugal); desde entonces Colón se estableció en Lisboa como agente comercial de la casa Centurione, para la que realizó viajes a Madeira, Guinea, Inglaterra e incluso Islandia (1477).

Luego se dedicó a hacer mapas y a adquirir una formación autodidacta: aprendió las lenguas clásicas que le permitieron leer los tratados geográficos antiguos (tomando conocimiento de la idea de la esfericidad de la Tierra, defendida por Aristóteles); y empezó a tomar contacto con los grandes geógrafos de la época (como el florentino Toscanelli).

De unos y otros le vino a Cristóbal Colón la idea de que la Tierra era esférica y de que la costa oriental de Asia podía alcanzarse   fácilmente navegando  hacia  el  oeste  (ya  que una serie de cálculos erróneos  le habían hecho subestimar el perímetro  del  Globo  y  suponer,  por tanto, que Japón  se  encontraba  a  2.400 millas marinas de  Canarias,  aproximadamente  la  situación de  las Antillas).  Marineros portugueses versados en la navegación  atlántica le informaron seguramente de  la  existencia  de  islas  que  permitían  hacer escala  en la navegación transoceánica; e incluso es  posible  que,  como  aseguran  teorías  menos contrastadas,  tuviera  noticia  de la existencia de tierras   por  explorar  al  otro  lado  del  Océano, procedentes  de  marinos portugueses o nórdicos (o de los      papeles      de su propio suegro, colonizador de Madeira)

Con todo ello, Colón concibió su proyecto de abrir una ruta naval hacia Asia por el oeste, basado en la acertada hipótesis de que la Tierra era redonda y en el doble error de suponerla más pequeña de lo que es e ignorar la existencia del continente americano, que se interponía en la ruta proyectada. El interés económico del proyecto era indudable en aquella época, ya que el comercio europeo con Extremo Oriente era extremadamente lucrativo, basado en la importación de especias y productos de lujo; dicho comercio se realizaba por tierra a través de Oriente Medio, controlado por los árabes; los portugueses llevaban años intentando abrir una ruta marítima a la India bordeando la costa africana (empresa que culminaría Vasco da Gama en 1498).

Colón ofreció su proyecto al rey Juan II de Portugal, quien lo rechazó asesorado por un comité de expertos. Probó suerte entonces en España con el duque de Medina Sidonia y con los Reyes Católicos, que lo rechazaron igualmente, por considerarlo inviable y por las desmedidas pretensiones de Colón.

Finalmente, la reina Isabel aprobó el proyecto de Colón por mediación del tesorero del rey, Luis de Santángel, a raíz de la toma de Granada, que ponía fin a la reconquista cristiana de la Península frente al Islam (1492). La reina otorgó las Capitulaciones de Santa Fe, por las que concedía a Colón una serie de privilegios como contrapartida a su arriesgada empresa; y financió una flotilla de tres carabelas -la Pinta, la Niña y la Santa María-, con las que Colón partió de Palos el 3 de agosto de 1492.

Navegó hasta Canarias y luego hacia el oeste, alcanzando la isla de Guanahaní (San Salvador, en las Bahamas) el 12 de octubre; en aquel viaje descubrió también Cuba y La Española (Santo Domingo) e incluso construyó allí un primer establecimiento español con los restos del naufragio de la Santa María (el fuerte Navidad). Persuadido de que había alcanzado las costas asiáticas, regresó a España con las dos naves restantes en 1493.

Colón realizó tres viajes más para continuar la exploración de aquellas tierras: en el segundo (1493-96) tocó Cuba, Jamaica y Puerto Rico y fundó la ciudad de La Isabela; pero hubo de regresar a España para hacer frente a las acusaciones surgidas del descontento por su forma de gobernar La Española. En el tercer viaje (1498-1500) descubrió Trinidad y tocó tierra firme en la desembocadura del Orinoco; pero la sublevación de los colonos de La Española forzó su destitución como gobernador y su envío prisionero a España.

Tras ser juzgado y rehabilitado, se le renovaron todos los privilegios -excepto el poder virreinal- y emprendió un cuarto viaje (1502) con prohibición de acercarse a La Española; recorrió la costa centroamericana de Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Regresó a España aquel mismo año y pasó el resto de su vida intentando conseguir mercedes reales para sí mismo y

para sus descendientes, pues el rey Fernando intentaba recortar los privilegios concedidos ante las proporciones que iba tomando el descubrimiento y la inconveniencia de dejar a un advenedizo como único señor de las Indias.

Colón había descubierto América fortuitamente como consecuencia de su intuición y fuerza de voluntad. Aunque fracasó en su idea original de abrir una nueva ruta comercial entre Europa y Asia, abrió algo más importante: un «Nuevo Mundo» que, en los años siguientes, sería explorado por navegantes, misioneros y soldados de España y Portugal, incorporando un vasto imperio a la civilización occidental y modificando profundamente las condiciones políticas y económicas del Viejo Continente. Aunque los vikingos habían llegado a América del Norte unos quinientos años antes (expedición de Leif Ericson), no habían dejado establecimientos permanentes ni habían hecho circular la noticia del descubrimiento, quedando éste, por tanto, sin consecuencias hasta tiempos de Colón.


Fray Bartolomé de las Casas (1474-1566)

Es el símbolo del cronista que va a evangelizar esas tierras. Juega un papel histórico importante: es, a la vez, actor y testigo de las hazañas españolas en el Nuevo Mundo. Será el defensor de los indios. Toda su vida fue una continua lucha para tratar de mejorar la forma de vida indígena, quienes estaban mal tratados por los españoles.

Nace en Sevilla, en 1484 (o 1474, según que manual utilicemos, veremos una fecha u otra de nacimiento) en el seno de familia de mercaderes. Hacia 1500 viaja a Nuevo mundo y está allí en el comienzo de la explotación de la isla La Española. Va viendo el aniquilamiento de indígenas que viene dado por el trabajo, al que los indígenas no están acostumbrados y por las enfermedades a las que los indígenas no estaban inmunizados. En 1510 existen ya las Leyes de Burgos, con buenas intenciones, pero no consiguen terminar con el sistema casi feudal que existía allí. De hecho, Fray Bartolomé tuvo su repartimiento de indígenas, a los que no trató nunca mal. En 1513 estaba en Cuba y presenció la matanza de Caonao; ante esto, reaccionó con fuerza porque entendió que el sistema era                 esclavista y, como tal, injusto.
                 En 1514 renuncia a su repartimiento de indígenas y regresa a España para hablar con el rey, Fernando El Católico, para promulgar unas leyes nuevas, ya que las de Burgos no eran suficientes. De hecho, habla con el Cardenal Cisneros e intenta que se supriman los repartimientos de indios. En 1515 es nombrado procurador y protector universal de todos los indios. Y en 1523 en el Convento de dominicos, en la isla de La Española, comienza a interesarse por la doctrina tomista; busca en las bibliotecas argumentos científicos que sirvieran de base para ayudar a los indígenas. Así, comienza a poner en práctica sus teorías y participa en la reducción pacífica de la rebelión de un cacique indígena llamado Enriquillo (tema que será tratado en el siglo XIX por Manuel de Jesús y Galván en una novela histórica).

En 1540 vuelve a la península para seguir reclamando esos derechos de los indígenas; algo le favorece esta vez: años antes el Papa Pablo III proclamó que los indios son verdaderos hombres y no deben ser privados de su libertad. En este momento escribe Brevísima relación de la destrucción de las Indias, donde da una espantosa visión de lo que ocurre en el Nuevo Mundo. Entre 1542-1543 Carlos V afirma en Valladolid las Leyes Nuevas, donde se suprimen las encomiendas, esclavitud y el trabajo forzado para los indígenas (algo insuficiente para Fray Bartolomé). En 1544 regresa a La Española como obispo. Se encuentra con el rechazo de todos los españoles que estaban allí; con resistencia imposible de controlar, e incluso desde la península, donde se vuelven a establecer las encomiendas. Durante unos años, Fray Bartolomé está aislado, decepcionado. En 1547 vuelve a la península para volver a hablar con la corte. Escribe poniéndose al servicio de los indígenas.

Tanto la Historia General de las Indias como Apologética Historia no fueron editadas hasta el siglo XIX.

Historia general de las Indias: ofrece una de las grandes historias de la conquista escritas en el siglo XVI ya que se basa no solo en su experiencia (característica principal de las crónicas) sino en documentos que conoce de primera mano, como el diario de Colón. Recoge la historia del descubrimiento hasta 1520, donde destacan dos figuras: Colón y Fray Bartolomé. La obra está dividida en tres libros y se comenzó a escribir en La Española, pero se terminó en la península. El prólogo se escribió en 1552 y los dos primeros libros están dedicados a Colón (considera la misión de Colón querida por la providencia divina para descubrir el Nuevo Mundo). El tercer libro trata sobre él mismo, en su época de clérigo hasta su entrada en la orden dominica. Aquí hay datos biográficos gracias a los cuales conocemos su evolución con respecto a los problemas del Nuevo Mundo. Esta obra es importante porque en ella se denuncian los abusos cometidos por parte de los conquistadores y las consecuencias negativas que ello tuvo para los indígenas. Además, todo está descrito con un tinte trágico.

Brevísima relación de la destrucción de las Indias: al contrario que las otras obras, sí fue editada en su momento, en Sevilla en 1552. En un principio estaba destinada a la mejora de las condiciones indígenas y sirvió a los enemigos de la corona española para extender la leyenda negra española. Es una crónica atroz, donde se describen barbaridades cometidas en Hispanoamérica. Tuvo su proyección europea: en la edición alemana de 1597 aparecían láminas donde se representaban escenas macabras hechas por españoles con la finalidad de que, aquel que no supiera leer, por lo menos que conociera la historia. En esta crónica están descritos unos atropellos contra los indígenas. Hay una clara diferenciación entre los indígenas (que representan el bien) y los españoles (que representan el mal). La comienza a escribir entre 1542-1543 y hasta que la edite irá añadiendo párrafos, sobre todo del incumplimiento de las leyes por parte de los españoles. Está dedicado a Felipe II, algo corriente en la época, ya que esperaba el apoyo del príncipe. Tiene una estructura sencilla y, a pesar del título, es una larga sucesión de acciones (matanzas, destrucciones, barbaridades, etc.) que se hacen en la primera mitad del siglo de conquista en el nuevo territorio. Lleva un orden geográfico que se corresponde, más o menos, con la cronología de la conquista. La clave de la obra es la oposición entre el bien y el mal.

Con esta obra, Fray Bartolomé será el precursor de la literatura indianista (llamada así en el siglo XIX) e indigenista (en el siglo XX). Marca el camino que seguirán otros ante la injusticia de la situación inhumana de los indígenas en la sociedad. La figura del indígena está presente en la literatura desde siempre (Fray Bartolomé, Palafox y Mendoza, etc.). En el Barroco Sor Juana Inés de la Cruz introduce la figura del indígena y su lengua en sus poemas, algo que será más habitual en el siglo XIX.

Concha Meléndez diferencia entre indianismo e indigenismo. En ambos casos es literatura de indígenas, la diferencia es el trato que se le da. En el indianismo, del siglo XIX, se utiliza la figura del indio como elemento literario, sobre todo en el Romanticismo, donde el indígena es contemplado más como ser exótico que como hombre con problemas sociales. En la literatura indigenista el indígena es el protagonista; hay una intención consciente por parte del autor de protestar. El indio ya no será exótico y decorativo, sino el centro de la novela (como Rosario Castellano que, además de escribir novelas y cuentos indigenistas, es activa en la política mediante diálogo, talleres, enseñanza a indígenas y escribiendo teatro, etc.; José María Arguedas también escribe literatura indigenista). En 1898 se publica Aves sin nido de Clorinda Matto de Turner, donde, sin dejar de incluir elementos románticos y naturalistas, denuncia la situación del indígena en la sociedad peruana. Esta novela está considerada como transición entre indianismo e indigenismo.


Apologética Historia: la concibe como continuación de La Historia General de las Indias. Aquí se centra en la descripción del Nuevo Mundo y sus habitantes. Se divide en tres libros:

v       Primer libro: descripción de la isla La Españoleta: belleza y riqueza de la tierra.

v       Segundo libro: organización social y cultural del indígena.

v       Tercer libro: demostración de la capacidad racional del indígena

Le falta de objetividad, pero no encubre sistemáticamente las “inferioridades sociales” de los pueblos, ya esto lo acuña al atraso de la evolución histórica y se puede remediar con la enseñanza.

Además de las obras mencionadas, Fray Bartolomé de las Casas tiene otra obra llamada De unico vocationis modo, el latín era la lengua universal. Esta obra no se conserva completa. Aquí defiende la llamada de Dios a todos los pueblos de la tierra e insiste en que el único modo de transmitir la fe es a través de la constante dulzura en la enseñanza y no imponiéndola por la fuerza. Es una obra erudita donde, para darnos estas ideas, utiliza argumentos bíblicos, patrísticos e históricos. Todo ello lo aprendió en el tiempo que estuvo en La Españoleta estudiando.

Bernal Díaz del Castillo (1496-1582)

Nace en Medina del Campo entre octubre de 1495 y marzo de 1496. A los dieciocho años embarca para América. En Cuba firma parte de tres expediciones (una por año entre 1517-1519), pero será la tercera, en la que le acompaña Hernán Cortés, la más importante, de hecho es la que aparece en su crónica. Vuelve a España en 1538 buscando un premio a su labor en el Nuevo Mundo y se le concede una encomienda en Guatemala. Después de otra serie de viajes a la Península, se instala en Guatemala hasta su muerte.

Historia verdadera de la conquista de la Nueva España fue escrita después de su segundo viaje a la península, fiándose de su memoria, ya que jamás tomó notas en el campo de batalla. Por esta razón hay que hablar de falta de justeza cronológica, ya que se debe tener en cuenta que, además, cuando escribió la obra, tenía ya sesenta años (muchos para el siglo XVI). Hay distintas teorías sobre por

qué escribió las crónicas: Manuel Alvar habla de la melancolía del pasado, pero la más extendida es la que propone el propio Díaz del Castillo: según iba escribiendo su obra, conocía las crónicas de otros (como la de López de Gomara) y, según él, no se ajustaban a la realidad. López de Gomara era un capellán de la tropa de Hernán Cortés. Cuando escribe su obra no lo hace por decisión propia, sino por encargo del hijo de Cortés. Díaz del Castillo critica esta obra porque dice que Gomara es injusto con los soldados y que solo glorifica la figura de Hernán Cortés. Díaz del Castillo dice la verdad, porque su intención es demostrar una realidad en la conquista de México. Nunca habla en contra de Hernán Cortés, sino que resalta la labor colectiva de los demás soldados.

El contenido de su obra comienza con hechos que van desde 1514 hasta 1568. Aunque el interés fundamentalmente se centra en los acontecimientos desde 1517 hasta 1521 (conquista de México). Se publica en el siglo XVII y fue utilizada por los historiadores. A lo largo de los siglos ha tenido diferentes consideraciones:
v       Obra nacida por la envidia que le tenía Díaz del Castillo a Hernán Cortés.

v       En el siglo XIX se pensaba que era un soldado vanidoso que solo quería ser recordado.

v       Hoy se piensa que es aportación historiográfica de primer orden en lo que se refiere a contenido histórico.


Desde el punto de vista de la lengua, es un testimonio de la importancia que tuvo el náhuatl para la  gente  que estuvo allí. Se  considera  un  “diccionario”  del  náhuatl  ya  que hay referencias a flora, fauna,  etcétera  y la  traducción al castellano.


Los antecedentes de la autobiografía. Se publicó en el siglo XVII y tuvo distintas apreciaciones de la crítica a lo largo de la historia. Consta de

212 capítulos y se sabe que tenía intención de añadir más. El manuscrito de la crónica lo encontró Fray Alonso Remón, miembro de la escuela de Lope de Vega, en una biblioteca particular, y lo mandó a la imprenta.

Tiene un estilo sencillo, con una descripción penetrante, frases cortas, etc. Se nota la hispanización del náhuatl.

Esta crónica tiene mérito porque fue escrita muchos años después de haber sido vivida y teniendo en cuenta que el cronista no tomó notas (por eso a veces no recuerda cierto tipo de detalles).

Autores que exponen la realidad de la naturaleza americana que vivían

Hasta ahora había crónicas tal y como los cronistas ven las cosas. Pero en los siguientes autores no solo hay historia, sino que juegan con elementos fantásticos. Por eso, hay quien dice que aquí podría haber un antecedente del realismo mágico:

Alvar Núñez Cabeza de Vaca: personaje real, es el prototipo del héroe de una novela de aventuras. Su existencia y cuantos peligros corrió, la narró él mismo en su obra Naufragios, impresa en el año 1542 con el título de La relación que dio Alvar Núñez Cabeza de Vaca de lo acaecido en las Indias en la armada donde iba por Gobernador Pánfilo de Narváez, desde el año de veinte y siete hasta el año de treinta y seis que volvió a Sevilla con tres de su compañía. En esta obra hay una narración más fantástica que real.

Fray Gaspar de Carvajal: ofrece una Relación del nuevo descubrimiento del famoso río grande de Las Amazonas. Su intención al describirla es justificar por qué Orellana no regresó al lado de Francisco Pizarro cuando estaban en el Amazonas. Introduce un relato que pone en boca de un indio, que va contestado a las preguntas del capitán del barco, es la “leyenda de Las Amazonas”, lo que parece más ser fruto de la fantasía del narrador que la realidad vista pro Carvajal. Utiliza el recurso de contar lo que él ha oído a otro; así, no podemos deducir que certifica su veracidad, sino que se limita a contar lo que ha oído. Sin embargo, lo que narra tiene verosimilitud.



Lecturas

Extracto del Diario de abordo de Cristóbal Colón8

El texto que transcribimos a continuación es un documento importantísimo para conocer las impresiones que causó en los primeros navegantes que llegaron a América el encuentro con el Nuevo Mundo y con sus habitantes. No tenemos el diario de Cristóbal Colón en su versión original, sino en la que nos ha dejado fray Bartolomé de las Casas. No obstante, en algunos casos, el fraile dominico nos ha trascrito párrafos completos del diario del Almirante; en general podemos percibir qué párrafos han pasado por la mano de fray Bartolomé y cuáles son colombinos de primera mano por el uso de la persona (cuando habla fray Bartolomé lo hace en tercera persona: "navegó", "anduvieron", etc. y cuando lo hace Colón usa la primera persona: "vi", "partí", etc.); normalmente, fray Bartolomé aclara explícitamente cuando el texto es de Colón, usando cláusulas como: "estas son palabras formales del almirante".

“Jueves, 11 de octubre

Navegó al Oeste-sudoeste. Tuvieron mucha mar, más que en todo el viaje habían tenido. Vieron pardelas9 y un junco verde junto a la nao. Vieron los de la carabela Pinta una caña y un palo, y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con hierro, y un pedazo de caña y otra hierba que nace en tierra y una tablilla. Los de la carabela Niña también vieron otras señales de tierra y un palillo cargado de escaramujos. Con estas señales respiraron y se alegraron todos. Anduvieron este día, hasta puesto el sol, 27 leguas. Después de puesto el sol, navegó a su primer camino al oeste. Andarían doce millas cada hora, y hasta dos horas después de medianoche andarían 90 millas, que son 22 leguas y media. Y porque la carabela Pinta era más velera e iba delante del Almirante, halló tierra e hizo las señas que el Almirante había mandado. Esta tierra [la] vio primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana, puesto que el Almirante, a las diez de la noche, estando en el castillo de popa, vio lumbre; aunque fue cosa tan cerrada que no quiso afirmar que

fuese tierra, pero llamó a Pero Gutiérrez repostero de estrados del Rey y díjole que parecía lumbre, que mirase él, y así lo hizo, y la vio. Díjolo también a Rodrigo Sánchez de Segovia, que el Rey y la Reina enviaban en la armada como veedor, el cual no vio nada porque no estaba en lugar adonde la pudiese ver. Después que el Almirante lo dijo, se vio una vez o dos, y era como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba, lo cual a pocos pareciera ser indicio de tierra. Por lo cual, cuando dijeron la Salve, que la acostumbran decir y cantar a su manera todos los marineros y se hallan todos, rogó y los amonestó el Almirante que hiciesen buena guarda del castillo de proa, y mirasen bien por la tierra, y que al que le dijese primero que veía tierra le daría luego un jubón de seda, [aparte de] las otras mercedes que los Reyes habían prometido, que eran diez mil maravedís de juro a quien primero la viese10. A las dos horas después de media noche apareció la tierra, de la cual estarían dos leguas. Amainaron todas las velas, y quedaron con el treo que es la vela grande, sin bonetas, y se pusieron a la corda, temporizando hasta el día viernes que llegaron a una isleta de los lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahaní. Luego vieron gente desnuda, y el Almirante salió a tierra en la barca armada y Martín Alonso Pinzón y Vicente Yañez, su hermano, que era capitán de la Niña. Sacó el Almirante la bandera real y los capitanes con dos banderas de la Cruz Verde, que llevaba el Almirante en todos los navíos por seña, con una F y una una isleta de los lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahaní.


8         El texto ha sido tomado de: Cristóbal COLON, Textos y documentos completos. Relaciones de viajes, cartas y memoriales, 2a. reimp., Madrid 1989, 381 + mapas. Con adaptación a los usos modernos de la grafía, y ligeramente de la redacción.
9 Aves marinas.


Luego vieron gente desnuda, y el Almirante salió a tierra en la barca armada y Martín Alonso Pinzón y Vicente Yañez, su hermano, que era capitán de la Niña. Sacó el Almirante la bandera real y los capitanes con dos banderas de la Cruz Verde, que llevaba el Almirante en todos los navíos por seña, con una F y una I, encima de cada letra su corona, una de un cabo de la + y otra de otro. Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra, y a Rodrigo de Escobedo escribano de toda la armada, y a Rodrigo Sánchez de Segovia, y dijo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de la dicha isla por el Rey y por la Reina sus señores, haciendo las protestaciones que se requerían, como más largo se contiene en los testimonios que allí se hicieron por escrito. Luego se juntó allí mucha gente de la isla. Esto que sigue son palabras formales del Almirante en su libro de su primera navegación y descubrimiento de estas Indias. "Yo", dice él, "porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra santa fe con amor que no por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor, con que tuvieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla. Los cuales después venían a las barcas de los navíos adonde estábamos, nadando, y nos  traían  papagayos  e  hilo  de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otra cosas que nos[otros] les dábamos, como cuentecillas de vidrio y cascabeles. En fin, todo tomaban y todo daban de aquello que tenían de buena voluntad, mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andaban todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vi más que una, harto moza, y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vi de edad de más de XXX años, muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballos y cortos. Los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan. [Algunos] de ellos se pintan de prieto y ellos son del color de los canario11s, ni negros ni blancos, y [algunos] de ellos se pintan de blanco y [otros] de ellos de colorado, y [otros] de ellos de lo que hallan; y [algunos] de ellos se pintan las caras, y otros todo el cuerpo, y otros sólo los ojos, y otros sólo la nariz. Ellos no traen armas ni la conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia. No tienen algún fierro; sus azagayas son unas varas sin fierro y algunas de ellas tienen al cabo un diente de pez, y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos. Yo vi algunos que tenían señales de heridas en sus cuerpos, y les hice señas qué era aquello, y ellos me mostraron cómo allí venía gente de otras islas que estaban cerca y les querían tomar y se defendían. Y yo creí y creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por cautivos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy presto dicen todo lo que les decía. Y creo que ligeramente se harían cristianos, que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis a Vuestras Altezas para que aprendan a hablar. Ninguna bestia de ninguna manera vi, salvo papagayos de esta isla". Todas son palabras del Almirante.

10        El "juro" era una pensión perpetua que se concedía sobre las rentas públicas. Bartolomé de las Casas cuenta que los reyes asignaron esta cantidad a Cristóbal Colón, quien la cobró toda su vida con cargo a las carnicerías de la ciudad de Córdoba, y que parece fueron usufructuadas por Beatriz Enríquez de Arana, madre de Hernando Colón. Según una tradición, Rodrigo de Triana, despechado por la actitud de Colón, se hizo mahometano y se fue a vivir al Africa (Consuelo
VARELA en: Cristóbal COLON, Textos y documentos..., pg. 29, nota 26)


Sábado, 13 de octubre

Luego que amaneció, vinieron a la playa muchos de estos hombres, todos mancebos, como dicho tengo, y todos de buena estatura, gente muy hermosa; los cabellos no crespos, sino corredíos [lacios] y gruesos como sedas de caballo, y todos de la frente y cabeza muy ancha, más que otra generación que hasta aquí haya visto; y los ojos muy hermosos y no pequeños; y ellos ninguno prieto [negro], sino del color de los canarios[...]. Las piernas muy derechas, todos a una mano, y no barriga, sin muy bien hecha. Ellos vinieron a la nao con almadías [canoas], que son hechas del pie de un árbol como un barco largo y todo de un pedazo[...]. Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vi que algunos de ellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen en la nariz. Y por señas pude entender que, yendo al Sur o volviendo la isla por el sur, que estaba allí un Rey que tenía grandes vasos de ello y tenía muy mucho[...]. Y esta gente es harto mansa, y por las ganas de tener de nuestras cosas, y temiendo que no se les ha de dar sin que den algo y no lo tienen, toman lo que pueden y se echan luego a nadar; mas todo lo que tienen lo dan por cualquier cosa que les den, que hasta los pedazos de las escudillas y de las tazas de vidrio rotas rescataban, hasta que vi dar 16 ovillos de algodón por tres ceotís12 de Portugal, que es una blanca de Castilla, y en ellos habría más de una arroba de algodón hilado. Esto defendería yo y no dejaría tomar a nadie sino que yo lo mandaría tomar todo para vuestras Altezas, si tuviera en cantidad. Aquí nace en esta isla, mas por el poco tiempo no pude dar así del todo fe. Y también aquí nace el oro que traen colgado a la nariz, mas, por no perder tiempo, quiero ir a ver si puedo topar a la isla de Cipango. Ahora como fue noche todos se fueron a tierra con sus almadías.

   Domingo, 14 de octubre


...y vide un pedazo de tierra que se hace como isla, aunque no lo es, en que había seis casas, el cual se pudiera atajar en dos días por isla, aunque yo no veo ser necesario, porque esta gente es muy simple en armas, como verán Vuestras Altezas de siete que yo hice tomar para llevarlos y aprender nuestra habla y [de]volverlos, salvo que Vuestras Altezas cuando mandaren puédenlos todos llevar a Castilla o tenerlos en la misma   isla   cautivos,    porque     con   con cincuenta hombres los tendrán todos sojuzgados, y les harán hacer todo lo que quisieren...”

11        En varias ocasiones Colón compara el color de los habitantes del Nuevo Mundo con el de los habitantes de las Islas Canarias. En efecto, en la antigüedad se tenía la creencia de que a medida que se avanzaba en latitud hacia el sur el color de la piel se volvía más oscura. En un paralelo inferior a las Canarias Colón pensaba encontrarse con hombres de piel negra, y de allí su estupor.
12              Moneda de cobre de la época de Juan I.

Actividades

1-        ¿Cuál era el objetivo del viaje de Colón?
2-        ¿Por qué llama “indios” a los taínos que habitaban las islas del Caribe?
3-        ¿Cómo describe Colón la naturaleza americana?

4-        ¿Por qué exagera Colón las bondades de las Indias?
5- ¿Cómo caracteriza el Almirante a los indígenas y por qué? ¿Cómo, según Colón, los taínos los percibieron a él y a sus hombres? y ¿qué importancia crees que tiene esa percepción?


Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias

“Descubriéronse las Indias en el año de mil y cuatrocientos y noventa y dos. Fuéronse a poblar el año siguiente de cristianos españoles, por manera que ha cuarenta e nueve años que fueron a ellas cantidad de españoles; e la primera tierra donde entraron para hecho de poblar fué la grande y felicísima isla Española, que tiene seiscientas leguas en torno. Hay otras muy grandes e infinitas islas alrededor, por todas las partes della, que todas estaban e las vimos las más pobladas e llenas de naturales gentes, indios dellas, que puede ser tierra poblada en el mundo. La tierra firme, que está de esta isla por lo más cercano docientas e cincuenta leguas, pocas más, tiene de costa de mar más de diez mil leguas descubiertas, e cada día se descubren más, todas llenas como una colmena de gentes en lo que hasta el año de

cuarenta e uno se ha descubierto, que parece que puso Dios en aquellas tierras todo el golpe o la mayor cantidad de todo el linaje humano.

Todas estas universas e infinitas gentes a todo género crió Dios los más simples, sin maldades ni dobleces, obedientísimas y fidelísimas a sus señores naturales e a los cristianos a quien sirven; más humildes, más pacientes, más pacíficas e quietas, sin rencillas ni bullicios, no rijosos, no querulosos, sin rencores, sin odios, sin desear venganzas, que hay en el mundo. Son asimismo las gentes más delicadas, flacas y tiernas en complisión6 e que menos pueden sufrir trabajos y que más fácilmente mueren de cualquiera enfermedad, que ni hijos de príncipes e señores entre nosotros, criados en regalos e delicada vida, no son más delicados que ellos, aunque sean de los que entre ellos son de linaje de labradores.

Son también gentes paupérrimas y que menos poseen ni quieren poseer de bienes temporales; e por esto no soberbias, no ambiciosas, no codiciosas. Su comida es tal, que la de los sanctos padres en el desierto no parece haber sido más estrecha ni menos deleitosa ni pobre. Sus vestidos, comúnmente, son en cueros, cubiertas sus vergüenzas, e cuando mucho cúbrense con una manta de algodón, que será como vara y media o dos varas de lienzo en cuadra. Sus camas son encima de una estera, e cuando mucho, duermen en unas como redes colgadas, que en lengua de la isla Española llamaban hamacas.

Son eso mesmo de limpios e desocupados e vivos entendimientos, muy capaces e dóciles para toda buena doctrina; aptísimos para recebir nuestra sancta fee católica e ser dotados de virtuosas costumbres, e las que menos impedimientos tienen para esto, que Dios crió en el mundo. Y son tan importunas desque una vez comienzan a tener noticia de las cosas de la fee, para saberlas, y en ejercitar los sacramentos de la Iglesia y el culto divino, que digo verdad que han menester los religiosos, para sufrillos, ser dotados por Dios de don muy señalado de paciencia; e, finalmente, yo he oído decir a muchos seglares españoles de muchos años acá e muchas veces, no pudiendo negar la bondad que en ellos veen: «Cierto estas gentes eran las más bienaventuradas del mundo si solamente conocieran a Dios.»

En estas ovejas mansas, y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles, desde luego que las conocieron, como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte, hasta hoy, e hoy en este día lo hacen, sino despedazarlas, matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas por las extrañas y nuevas e varias e nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad, de las cuales algunas pocas abajo se dirán, en tanto grado, que habiendo en la isla Española sobre tres cuentos de ánimas que vimos, no hay hoy de los naturales de ella docientas personas. La isla de Cuba es cuasi tan luenga como desde Valladolid a Roma; está hoy cuasi toda despoblada. La isla de Sant Juan e la de Jamaica, islas muy grandes e muy felices e graciosas, ambas están asoladas. Las islas de los Lucayos, que están comarcanas a la Española y a Cuba por la parte del Norte, que son más de sesenta con las que llamaban de Gigantes e otras islas grandes e chicas, e que la peor dellas es más fértil e graciosa que la huerta del rey de Sevilla, e la más sana tierra del mundo, en las cuales había más de quinientas mil ánimas, no hay hoy una sola criatura. Todas las mataron trayéndolas e por traellas a la isla Española, después que veían que se les acababan los naturales della. Andando en navío tres años a rebuscar por ellas la gente que había, después de haber sido vendimiadas, porque un buen cristiano se movió por piedad para los que se hallasen convertirlos e ganarlos a Cristo, no se hallaron sino once personas, las cuales yo vide. Otras más de treinta islas, que están en


comarca de la isla de Sant Juan, por la misma causa están despobladas e perdidas. Serán todas estas islas, de tierra, más de dos mil leguas, que todas están despobladas e desiertas de gente.

De la gran tierra firme somos ciertos que nuestros españoles por sus crueldades y nefandas obras han despoblado y asolado y que están hoy desiertas, estando llenas de hombres racionales, más de diez reinos mayores que toda España, aunque entre Aragón y Portugal en ellos, y más tierra que hay de Sevilla a Jerusalén dos veces, que son más de dos mil leguas.

Daremos por cuenta muy cierta y verdadera que son muertas en los dichos cuarenta años por las dichas tiranías e infernales obras de los cristianos, injusta y tiránicamente, más de doce cuentos de ánimas, hombres y mujeres y niños; y en verdad que creo, sin pensar engañarme, que son más de quince cuentos.

Dos maneras generales y principales han tenido los que allá han pasado, que se llaman cristianos, en estirpar y raer de la haz de la tierra a aquellas miserandas naciones. La una, por injustas, crueles, sangrientas y tiránicas guerras. La otra, después que han muerto todos los que podrían anhelar o sospirar o pensar en libertad, o en salir de los tormentos que padecen, como son todos los señores naturales y los hombres varones (porque comúnmente no dejan en las guerras a vida sino los mozos y mujeres), oprimiéndolos con la más dura, horrible y áspera servidumbre en que jamás hombres ni bestias pudieron ser puestas. A estas dos maneras de tiranía infernal se reducen e ser resuelven o subalternan como a géneros todas las otras diversas y varias de asolar aquellas gentes, que son infinitas.

La causa por que han muerto y destruído tantas y tales e tan infinito número de ánimas los cristianos ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días e subir a estados muy altos e sin proporción de sus personas (conviene a saber): por la insaciable codicia e ambición que han tenido, que ha sido mayor que en el mundo ser pudo, por ser aquellas tierras tan felices e tan ricas, e las gentes tan humildes, tan pacientes y tan fáciles a sujetarlas; a las cuales no han tenido más respecto ni dellas han hecho más cuenta ni estima (hablo con verdad por lo que sé y he visto todo el dicho tiempo), no digo que de bestias (porque pluguiera a Dios que como a bestias las hubieran tractado y estimado), pero como y menos que estiércol de las plazas. Y así han curado de sus vidas y de sus ánimas, e por esto todos los números e cuentos dichos han muerto sin fee, sin sacramentos. Y esta es una muy notoria y averiguada verdad, que todos, aunque sean los tiranos y matadores, la saben e la confiesan: que nunca los indios de todas las Indias hicieron mal alguno a cristianos, antes los tuvieron por venidos del cielo, hasta que, primero, muchas veces hubieron recebido ellos o sus vecinos muchos males, robos, muertes, violencias y vejaciones dellos mesmos.”


Actividades

1- ¿Cómo plantea fray Bartolomé de las Casas la naturaleza de los americanos?


2- ¿Cómo describe el autor la justicia administrada a la población nativa y por qué esto es importante en su argumentación?


Historia verdadera de la conquista de la Nueva España13

Cómo Cortés preguntó a Mase-Escaci e a Xicotenga
por las cosas de México, y lo que en la relación dijeron.
Luego Cortés apartó aquellos caciques, y les preguntó muy por extenso las cosas de México; y Xicotenga, como era más avisado y gran señor, tomó la mano a hablar, y de cuando en cuando le ayudaba Mase-Escaci, que también era gran señor, y dijeron que tenía Montezuma tan grandes poderes de gente de guerra, que cuando quería tomar un pueblo o hacer un asalto en una provincia, que ponía en campo cien mil hombres, y que esto que lo tenía bien experimentado por las guerras y enemistades pasadas que con ellos tienen más de cien años; y Cortés le dijo: "Pues con tanto guerrero como decías que venían sobre vosotros, ¿cómo nunca os acabaron de vencer?" Y respondieron que, puesto que algunas veces les desbarataban y mataban, y llevaban muchos de sus vasallos para sacrificar, que también de los contrarios quedaban en el campo muchos muertos y otros presos, y que no venían tan encubiertos, que dello no tuviesen noticia, y cuando lo sabían, que se apercibían con todos sus poderes, y con ayuda de los Guaxocingo se defendían e ofendían; e que, como todas las provincias y pueblos que ha robado Montezuma y puesto debajo de su dominio estaban muy mal con los mexicanos, y traían dellos por fuerza a la guerra, no pelean de buena voluntad; antes de los mismos tenían avisos, y que a esta causa les defendían sus tierras lo mejor que podían, y que donde más mal les había venido a la continua es de una ciudad muy grande que está de allí andadura de un día, que se dice Cholula, que son grandes traidores, y que allí metía Montezuma secretamente sus capitanías; y como estaban cerca, de noche, hacían salto, y más dijo Mase-Escaci, que tenía Montezuma en todas las provincias puestas guarniciones de muchos guerreros, sin los muchos que sacaba de la ciudad, y que todas aquellas provincias le tributan oro y plata, y plumas y piedras y ropa de mantas y algodón, e indios e indias para sacrificar, y otros para servir; y que es tan grande señor, que todo lo que quiere tiene, y que las casas en que vive tiene llenas de riquezas de la tierra están en su poder; y luego contaron del gran servicio de su casa, que era para nunca acabar si lo hubiese aquí de decir, pues de las muchas mujeres que tenía, y cómo casaba alguna dellas, de todo daban relación; y luego dicen de la gran fortaleza de su ciudad, de la manera que es la laguna, y la hondura del agua, y de las calzadas que hay por donde han de entrar en la ciudad, y las puentes de madera que tienen en cada calzada y cómo entra y sale por el estrecho de abertura que hay en cada puente, y cómo en alzando cualquiera dellas de pueden quedar aislados entre puente y puente sin entrar en su ciudad; y cómo está toda la mayor parte de la ciudad poblada dentro en la laguna, y no se puede pasar de casa en casa si no es por unas puentes elevadizas que tienen hechas, o en canoas, y todas las casas son de azoteas, y en las azoteas tienen hechos como a maneras de mamparos, y pueden pelear desde encima dellas, y la manera como se provee la ciudad de agua dulce desde una fuente que se dice Chapultepeque, que está en la ciudad obra de media legua, y va el agua por unos edificios, y llega en parte que con canoas la llevan a vender por las calles; y luego contaron de la manera de las armas, que eran varas de a dos gajos, que tiraban con tiraderas, que pasan cualesquier armas, y muchos buenos flecheros, y otros con lanzas de pedernales que tienen una braza de cuchilla, hechas de arte que cortan más que navajas, y rodelas y armas de algodón, y muchos honderos con piedras rollizas e otras lanzas muy largas y espadas de a dos manos de navajas, y trajeron pintados en unos paños grandes de henequén las batallas que con ellos habían habido y la manera de pelear.

13        Fragmento tomado de Bernal Díaz del Castillo: Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, México, Porrúa, Colección Sepan Cuantos.


Y como nuestro capitán y todos nosotros estábamos ya  informados  de todo  lo que decían aquellos caciques,  estorbó  la plática  y metiólos en otra más honda,  y  fue  que  cómo  ellos habían venido a poblar   aquella   tierra,  e  de   qué  partes  vinieron,  que  tan  diferentes  y   enemigos  eran  de  los mexicanos,   siendo    tan    cerca   unas tierras

de otras;  y dijeron que les habían dicho sus   antecesores   que   en   los  tiempos pasados     que      había     entre     ellos     
poblados  hombres  y mujeres muy altos de  cuerpo  y  de  grandes  huesos,   que porque  eran   muy   malos  y  de   malas maneras, que los mataron peleando con ellos, y otros que quedaban se murieron e   para   que   viésemos  qué  tamaños e altos  cuerpos  tenían, trajeron un hueso  o  zancarrón  de   uno dellos,  y era muy grueso,  el  altor  del  tamaño  como   un hombre  de  razonable  estatura; y aquel zancarrón  era  desde la rodilla hasta la

cadera;  yo  me medí  con él, y tenía tan gran altor  como  yo,  puesto que soy de razonable cuerpo;  y  trajeron  otros pedazos de huesos como el primero, más estaban ya comidos y deshechos de la tierra;  y todos nos espantamos de ver  aquellos zancarrones,  y tuvimos por cierto haber  habido gigantes en esta tierra; y nuestro capitán Cortés nos dijo que sería bien enviar aquel gran  hueso  a  Castilla  para   que  lo  viese  su  majestad,  y  así  lo  enviamos   con  los   primeros procuradores  que  fueron;  también  dijeron  aquellos mismos caciques que sabían de aquellos sus antecesores  que  les  había  dicho  su  ídolo  en  quien  ellos  tenían mucha devoción, que vendrían hombres  de las partes de hacia donde sale el sol y de lejanas tierras a les sojuzgar y señorear: que si  somos  nosotros, holgarán dello, que pues tan esforzados y buenos somos; y cuando trataron las paces  se  les  acordó  desto  que  les  había dicho su ídolo, que por aquella causa nos dan sus hijas, para  tener  parientes  que  les  defendían  de  los  mexicanos; y  cuando acabaron su razonamiento, todos  quedamos  espantados,  y  decíamos  si  por  ventura  dicen  verdad;  y luego nuestro capitán Cortés les replicó, y dijo que ciertamente veníamos de hacia donde sale el sol, y que por esta causa nos envió el rey nuestro señor a tenerlos por hermanos, porque tiene noticias dellos, y que plegue a Dios nos dé gracia para que por nuestras manos e intercesión se salven; y dijimos todos: "Amén".

Hartos estarán ya los caballeros que esto leyeren de oír razonamientos y pláticas de nosotros a los de Tlascala, y ellos a nosotros; querría acabar, y por fuerza me he de detener en otras cosas que con ellos pasamos; y es que el volcán que está cabe Guaxocingo echaba aquella sazón que estábamos en Tlascala mucho fuego, más que otras veces solía echar; de lo cual nuestro capitán Cortés y todos nosotros, como no habíamos visto tal, nos admiramos dello; y un capitán de los nuestros, que se decía Diego de Ordás, tomóle codicia de ir a ver qué cosa era, y demandó licencia a nuestro general para subir en él; la cual licencia se dio, u aun de hecho se lo mandó; y llevó consigo dos de nuestros soldados y ciertos indios principales de Guaxocingo, y los principales que consigo llevaba poníanle temor con decirle que cuando estuviese a medio camino de Popocatepeque, que así se llamaba aquel volcán, no podría sufrir el temblor de la tierra ni llamas y piedra y ceniza que de él sale o que ellos no se atreverían a subir más de hasta donde tienen unos cues de ídolos, que llaman los teules de Popocatepeque; y todavía el Diego de Ordás con sus dos compañeros fue su camino hasta llegar arriba, y los indios que iban en su compañía se le quedaron en lo bajo; después el Ordás y los dos soldados vieron al subir que comenzó el volcán a echar grandes llamaradas de fuego y piedras medio quemadas y livianas y mucha ceniza, y que temblaba toda aquella sierra y montaña adonde está el volcán, y estuvieron quedos sin dar más paso adelante hasta de allí a una hora, que sintieron que había pasado aquella llamarada y que no echaba tanta ceniza ni humo, y subieron hasta la boca, que era muy redonda y ancha, y que había en el anchor un cuarto de legua, y que desde allí se parecía la gran ciudad de México y toda la laguna y todos los pueblos que están en ella poblados; y está este volcán de México obra doce o trece leguas; y después de bien visto, muy gozoso el Ordás, y admirado de haber visto a México y sus ciudades, volvió a Tlascala con sus compañeros, y los indios de Guaxocingo y los de Tlascala se lo tuvieron a mucho atrevimiento, y cuando lo contaban al capitán Cortes y a todos nosotros, como en aquella sazón no había visto ni oído, como ahora, que sabemos lo que es, y han subido encima de la boca muchos españoles y aun frailes franciscanos, nos admirábamos entonces dello; y cuando fue Diego de Ordás a Castilla lo demandó por armas a su majestad, e así las tiene ahora un su sobrino que vive en la Puebla; y después acá desque estamos en esta tierra no le habemos visto echar tanto fuego ni con tanto ruido como al principio, y aun estuvo ciertos años que no echaba fuego, hasta el año de mil quinientos y treinta y nueve, que echó muy grandes llamas y piedras y ceniza. Dejemos de contar del volcán, que ahora, que sabemos qué cosa es y habemos visto otros volcanes, como los de Nicaragua y los de Guatemala, se podían haber callado los de Guaxocingo sin poner en relación.


Actividades

1- ¿Por qué Bernal Díaz del Castillo emplea el adjetivo “verdadera” en el título de su obra? ¿Crees que su historia es “verdadera”? Explica justificadamente tu respuesta.

2- ¿Qué entiendes por transculturación y cómo observamos este fenómeno en la América colonial?

3-        Relee los párrafos donde hay referencias a Cortés y explica cómo lo caracteriza el autor.


Literatura y mestizaje                                                            
Sor Juana Inés de la Cruz



Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana nació en San Miguel de Nepantla, México, en el año 1651. Fue la mayor figura de las letras hispanoamericanas del siglo XVII. Niña prodigio, aprendió a leer y escribir a los tres años, y a los ocho escribió su primera loa. Admirada por su talento y precocidad, a los catorce fue dama de honor de Leonor Carreto, esposa del virrey Antonio Sebastián de Toledo. Apadrinada por los marqueses de Mancera, brilló en la corte virreinal de Nueva España por su erudición y habilidad versificadora.

Pese a la fama de que gozaba, en 1667 ingresó en un convento de las carmelitas descalzas de México y permaneció en él cuatro meses, al cabo de los cuales lo abandonó por problemas de salud. Dos años más tarde entró en un convento de la Orden de San Jerónimo, esta vez definitivamente. Dada su escasa vocación religiosa, parece que sor Juana Inés de la Cruz prefirió el convento al matrimonio para seguir gozando de sus aficiones intelectuales: “Vivir sola... no tener ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio”. Su celda se convirtió en punto de reunión de poetas e intelectuales, como Carlos de Sigüenza y Góngora, pariente y admirador del poeta cordobés, cuya obra introdujo en el virreinato, y también del nuevo virrey, Tomás Antonio de la Cerda, marqués de la Laguna, y de su esposa, Luisa Manrique de Lara, condesa de Paredes, con quien le unió una profunda amistad.

En su celda también llevó a cabo experimentos científicos, reunió una nutrida biblioteca, compuso obras musicales y escribió una extensa obra que abarcó diferentes géneros, desde la poesía y el teatro, en los que se aprecia la influencia de Góngora y Calderón, hasta opúsculos filosóficos y estudios musicales. Perdida gran parte de esta obra, entre los escritos en prosa que se han conservado cabe señalar la carta Respuesta a sor Filotea de la Cruz, seudónimo de Manuel Fernández de la Cruz, obispo de Puebla. En 1690, éste había hecho publicar la Carta atenagórica, en la que sor Juana hacía una dura crítica al “Sermón del Mandato” del jesuita portugués António Vieira sobre las «finezas de Cristo», acompañada de una Carta de sor Filotea de la Cruz, en la que, aun reconociendo el talento de la autora, le recomendaba que se dedicara a la vida monástica, más acorde con su condición de monja y mujer, que con la reflexión teológica, ejercicio reservado a los hombres. A pesar de la contundencia de su respuesta, en la que daba cuenta de su vida y reivindicaba el derecho de las mujeres al aprendizaje, pues el conocimiento “no sólo les es lícito, sino muy provechoso”, la crítica del obispo la afectó profundamente, tanto, que poco después sor Juana Inés de la Cruz vendió su biblioteca y todo cuanto poseía, destinó lo obtenido a beneficencia y se consagró por completo a la vida religiosa. Murió mientras ayudaba a sus compañeras enfermas durante la epidemia de cólera que asoló México en el año 1695. La poesía del Barroco alcanzó con ella su momento culminante, y al mismo tiempo introdujo elementos analíticos y reflexivos que anticipaban a los poetas de la Ilustración del siglo XVIII. Sus obras completas se publicaron en España en tres volúmenes: Inundación castálida de la única poetisa, musa décima, sor Juana Inés de la Cruz (1689), Segundo volumen de las obras de sor Juana Inés de la Cruz (1692) y Fama y obras póstumas del Fénix de México (1700).


La obra de Sor Juana Inés de la Cruz

Aunque su obra parece inscribirse dentro del culteranismo de inspiración gongorina y del conceptismo, tendencias características del barroco, el ingenio y originalidad de Sor Juana Inés de la Cruz la han colocado por encima de cualquier escuela o corriente particular. Ya desde la infancia demostró gran sensibilidad artística y una infatigable sed de conocimientos que, con el tiempo, la llevaron a emprender una aventura intelectual y artística a través de disciplinas tales como la teología, la filosofía, la astronomía, la pintura, las humanidades y, por supuesto, la literatura, que la convertirían en una de las personalidades más complejas y singulares de las letras hispanoamericanas.

En la poesía de sor Juana hay numerosas y elocuentes composiciones profanas (redondillas, endechas, liras y sonetos), entre las que destacan las de tema amoroso, como los sonetos que comienzan con "Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba..." y "Detente, sombra de mi bien esquivo...". También abunda en ella la temática mística, en la que una fervorosa espiritualidad se combina con la hondura de su pensamiento, tal como sucede en el caso de "A la asunción", delicada pieza lírica. Mención aparte merece Primero sueño, poema de casi mil versos escritos a la manera gongorina en el que sor Juana describe, de forma simbólica, el impulso del conocimiento humano que rebasa las barreras físicas y temporales para convertirse en un ejercicio de puro y libre goce intelectual. El trabajo poético de la monja se completa con varios hermosos villancicos que en su época gozaron de mucha popularidad.

En el terreno de la dramaturgia escribió dieciocho loas, dos sainetes (la comedia de capa y espada Los empeños de una casa y el juguete mitológico-galante Amor es más laberinto), un sarao o fin de fiesta, así como tres autos sacramentales: El divino Narciso, San Hermenegildo y El cetro de San José. Aunque la influencia de Calderón resulta evidente en muchos de estos trabajos, la claridad y belleza del desarrollo posee un acento muy personal.

La prosa de la autora es menos abundante, pero de pareja brillantez. El estilo predominante de sus obras es el barroco; Sor Juana era muy dada a hacer retruécanos, a verbalizar sustantivos y a sustantivar verbos, a acumular tres adjetivos sobre un mismo sustantivo y repartirlos por toda la oración, y otras libertades gramáticas que estaban de moda en su tiempo. Asimismo es una maestra en el arte del soneto y en el concepto barroco.

La lírica de Sor Juana, testigo del final del barroco hispano, tiene al alcance todos los recursos que los grandes poetas del Siglo de Oro emplearon en sus composiciones. A fin de darle un aire de renovación a su poesía, introduce algunas innovaciones técnicas y le imprime su muy particular sello. La poesía sorjuanesca tiene tres grandes pilares: la versificación, alusiones mitológicas y el hipérbaton.

Varios eruditos, han concluido que Sor Juana consigue un innovador dominio del verso que recuerda a Lope de Vega o a Quevedo. La perfección de su métrica entraña, sin embargo, un problema de cronología: no es posible determinar qué poemas fueron escritos primero  en base a cuestiones estilísticas. En el campo de la poesía Sor Juana también recurrió a la mitología como fuente, al igual que muchos poetas renacentistas y barrocos. El conocimiento profundo que poseía la escritora de algunos mitos provoca que algunos de sus poemas se inunden de referencias a estos temas. En algunas de sus más culteranas composiciones se nota más este aspecto, pues la mitología era una de las vías que todo poeta erudito, al estilo de Góngora, debía mostrar.

Por otro lado, el hipérbaton, recurso muy socorrido en la época, alcanza su esplendor en El sueño, obra repleta de sintaxis forzadas y de formulaciones combinatorias. Rosa Perelmuter apunta que en Nueva España la monja de San Jerónimo fue quien llevó a la cumbre la literatura barroca. La obra sorjuanesca es expresión característica de la ideología barroca: plantea problemas existenciales con una manifiesta intención aleccionadora, los tópicos son bien conocidos y forman parte del “desengaño” barroco. Se presentan, además, elementos como el carpe diem, el triunfo de la razón frente a la hermosura física y la limitación intelectual del ser humano.

La prosa sorjuanesca está conformada por oraciones independientes y breves separadas por signos de puntuación —coma, punto y punto y coma— y no por nexos de subordinación. Predomina, pues, la yuxtaposición y la coordinación. Su profundidad, pues, está en el concepto a la vez que en la sintaxis.

La mayoría de sus personajes pertenecen a la mitología, y escasean burgueses o labradores. Ello se aleja de la intención moralizante en consonancia con los presupuestos didácticos de la tragedia religiosa. En su obra destaca la caracterización psicológica de los personajes femeninos, muchas veces protagonistas, siempre inteligentes y finalmente capaces de conducir su destino, pese a las dificultades con que la condición de la mujer en la estructura de la sociedad barroca lastra sus posibilidades de actuación y decisión.

Los autos sacramentales de Sor Juana, especialmente El cetro de José, incluyen gran cantidad de personajes reales —José y sus hermanos— e imaginarios, como la personificación de diversas virtudes. El patriarca José aparece como la prefiguración de Cristo en Egipto. El pasaje alegorizado del auto, donde se realiza la transposición de la historia bíblica de José, permite equiparar los sueños del héroe bíblico con el conocimiento dado por Dios.

¿Precursora del feminismo?

Entre los estudiosos de Sor Juana ha habido discusión sobre el presunto feminismo que cierto sector de la crítica le atribuye a la monja. Los feministas han querido ver, en la Respuesta a Sor Filotea y en la redondilla Hombres necios, auténticos documentos de liberación femenina. Otros eruditos, principalmente Antonio Alatorre, refutan esta teoría. Para Alatorre, la redondilla satírica en cuestión carece de rastros feministas, sino ofrece un ataque moral señalando la hipocresía de los hombres seductores, cuyos precedentes pueden encontrarse en autores como Ruiz de Alarcón: no era nada nuevo atacar la hipocresía moral de los hombres con respecto a las mujeres. La Respuesta sólo se limita a exigir el derecho a la educación de la mujer, pero restringiéndose a las costumbres de la época. No se trata de una crítica directa; es una defensa personal, a su derecho al saber, al conocimiento, a la natural inclinación por el saber que le otorgó Dios.

Así, no puede hablarse de feminismo en la obra de la monja, pues sólo se limitó a defenderse: las alusiones feministas de su obra son estrictamente personales, no colectivas. Según Alatorre, Sor Juana   decidió   neutralizar simbólicamente su sexualidad a través del hábito de monja. Sobre el matrimonio y su ingreso al convento, la Respuesta, afirma: “Aunque conocía que tenía el estado cosas […] muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación.”



Redondillas

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si la incitáis al mal?


Cambatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad

lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo

de vuestro parecer loco
el niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?

Con el favor y desdén tenéis
condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.


Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,

a una culpáis por cruel

y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,

y la que es fácil, enfada?

Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere

y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas

las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido

en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,

pues en promesa e instancia

juntáis diablo, carne y mundo.


Es indiscutible, de acuerdo a la mayoría de los filólogos, que Sor Juana abogó por la igualdad de los sexos y por el derecho de la mujer a adquirir conocimientos (por lo menos en el mundo hispanohablante) del movimiento moderno de liberación femenina.

Marcelino Menéndez y Pelayo y Octavio Paz consideran que la obra de Sor Juana rompe con todos los cánones de la literatura femenina. Desafía el conocimiento, se sumerge por completo en cuestiones epistemológicas ajenas a la mujer de esa época y muchas veces escribe en términos científicos, no religiosos.

Sor Juana Inés y el Barroco

La obra de sor Juana Inés de la Cruz pertenece a lo mejor del barroco hispánico. Como era de esperar, hay en sus textos indicios muy sugestivos de abundantes lecturas. Góngora, Quevedo y Calderón de la Barca destacan en numerosas secciones de sus escritos. Pero es su poesía lírica la que ha elevado su fama a un plano internacional. La suya es poesía muy diversa, que puede oscilar entre la reflexión aguda y el verso ocasional de cariz epigramático.

Sor Juana nunca rebasa el estilo de su época: encarna la madurez a la que estaba condenada la Nueva España, apenas nacida. Su obra poética es un excelente muestrario de los estilos de los siglos XVI y XVII. Para ella era imposible romper aquellas barreras que tan sutilmente la aprisionaban y dentro de las cuales se movía con tanta elegancia: destruirlas hubiera sido negarse a sí misma. El conflicto era insoluble porque la única salida exigía la destrucción misma de los supuestos que fundaban al mundo colonial.

Si no era posible negar los principios en que aquella sociedad se apoyaba sin negarse a sí misma, tampoco lo era proponer otros. Ni la tradición ni la historia de Nueva España podían ofrecer soluciones diferentes. Es verdad que dos siglos más tarde se adoptaron otros principios: pero no debe olvidarse que venían de fuera, de Francia, y que estaban destinados a fundar una sociedad distinta. A finales del siglo XVII el mundo colonial pierde la posibilidad de reengendrarse: los mismos principios que le habían dado el ser, lo ahogaban. Negar este mundo y afirmar el otro era un acto que para sor Juana no podía tener el mismo significado que para los grandes espíritus de la Contrarreforma o para los evangelizadores de la Nueva España. Para sor Juana renunciar a este mundo no significaba lo mismo que para santa Teresa de Jesús, la dimisión o el silencio, sino un cambio de signo: la historia, y con ella la acción humana, se abre a lo ultraterreno y adquiere así nueva fertilidad. El catolicismo militante, evangélico o reformador, impregna de sentido a la historia y la negación de este mundo se traduce finalmente en una afirmación de la acción histórica.

Sor Juana: Tradición y originalidad en su poesía

Sor Juana es una extraordinaria poetisa que nos lleva una y otra vez al problema de la tradición y la originalidad, pero, como Quevedo, sor Juana se mueve entre intuiciones e ideas claramente establecidas en su tiempo y en lo más hondo de su propio espíritu. Cuanto más extraordinarias, brillantes y originales sean sus palabras, mejor la entenderemos y más profundo sentido cobrará el concepto de la Realidad, característico de su siglo, de ahí que otro magnífico soneto, el que “contiene una fantasía de amor decente”, nos sorprenda siempre, porque una extraña locura de amor se apodera de sor Juana cuando escribe:


Detente, sombra de mi bien esquivo
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejas burlado el lazo estrecho

que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.”

La queja de los cuartetos es tradicional: la persona amada es siempre una presencia que incita, dando esperanzas y alegría; una ausencia (aun en la presencia) que provoca dolor. Tradicionalmente, amar es unas veces gozarse en estas contradicciones; otras como aquí en el caso de sor Juana, pedir fin al suplicio: Detente; “¿para qué me enamoras lisonjero, / si has de burlarme luego fugitivo?”. La dulce enemiga o el dulce enemigo, que no atienden jamás a quien los adora, provocan así el peculiar dolor del corazón dividido. Hasta el tiempo de sor Juana el concepto se había venido repitiendo sin mayores variantes: amar es siempre un morir gozoso (“alegre muero”), un vivir doliente (“penosa vivo”). Y todo “bien” que el amante (o la amante) imagina es siempre, necesariamente, “esquivo”.

La poetisa también desarrolla la idea de que el arte puede desengañar a los que se aferran a lo pasajero. Aquí sor Juana dirige la poesía contra sí misma, en cuanto que todo es arte aunque ficción, artificio, pasajero entretenimiento que si algo vale, no lo vale en sí, sino porque es útil instrumento para declarar verdades anteriores e independientes a cualquier poema. En el mejor de los casos, cabía reconocer que la poesía es sólo reflejo de la inevitable y frívola tendencia al metro y a la rima que tienen algunos mortales, como bien declara la misma sor Juana en su Carta a sor Filotea. Pero incluso cuando esta tendencia desemboca en el vicio mayor del siglo, en los juegos de palabras, éstos encontrarán su utilidad en servicio de la visión del mundo que revela lo vacío de toda ficción. Así, a la vez que sor Juana se defiende contra los que criticaban no sólo su afición a filosofar -porque no hay que olvidar que era gran pensadora- sino también su afecto a las palabras y al verso, demuestra cómo las palabras pueden ser instrumento para dejar la verdad realista de su siglo bien en claro:

“En perseguirme, mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo,
cuando sólo intento poner bellezas en mi entendimiento

y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas,

y así, siempre me causa más contento poner riquezas
en mi entendimiento que no mi entendimiento en las riquezas.

Yo no estimo hermosura que vencida es despojo civil de las edades

ni riqueza me agrada fementida;

teniendo por mejor en mis verdades
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.”

En estos versos, así como en la carta a sor Filotea vemos cierto orgullo, una profunda ironía y alguna vez, cierto sarcasmo. Pero hay que destacar que en un siglo de poetas -el siglo de las Soledades- una excelente poetisa se ve obligada a escribir soneto tan mediocre para declarar públicamente que nada en su mundo interior difiere de un concepto de la Realidad firmemente establecido. Se la persigue por ser mujer y por ser monja, por eso no podemos temer que esta mujer del siglo XVII nos revele un mundo poético que difiera en lo sustancial del de los autores peninsulares que conoce muy bien. Algunas veces dirige contra sí misma la acritud de su ingenio, como en estos famosos versos A su retrato:


Cuadro de texto: Este que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;
éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

















Este viejo tema se resuelve en el último verso, tomado casi directamente de Góngora. No es esta ocasión de intentar un análisis del soneto que quizá nos ayudaría a entender algo de su originalidad, ya que el origen emotivo del soneto radica en que sor Juana escribe, no en abstracto, sino a partir de un doloroso momento en que ha visto frente a sí a la sor Juana que ella no es, es decir, la idea del yo frente a la imagen. Esta idea tomada de la antigüedad de que lo pintado compite con lo vivo da a lo vivo una presencia indestructible. El soneto de sor Juana nos ofrece una angustiosa revelación personal de que aquello, lo pintado -¡cauteloso engaño del sentido!-, es, desde su concepción, lo muerto; color que quiere pasar por substancia. Esta intuición personal ilumina profundamente una idea tradicional del mundo que quizá teníamos olvidada de puro sabida: la nueva forma.

Algunos han tachado a sor Juana de poetisa gongorina. Es verdad que resulta difícil y abstracta en su Primero Sueño, y que emplea unas pocas metáforas intrincadas en sus canciones de amor mundano, que un crítico ha llamado “lo más delicado escrito por una mujer”. Concedido esto, su poesía lírica, en conjunto, es espontánea y sincera, llena de colorido y de luz.



El amor: tema principal en la poesía de Sor Juana

El amor es uno de los temas constantes de su poesía. Dicen que amó y fue amada. Ella misma así lo da a entender en liras y sonetos, aunque en la Respuesta a Sor Filotea advierte que todo lo que escribió, excepto el Primero sueño, fue de encargo. En realidad, no importa si esos amores han sido ajenos o propios, vividos o soñados: ella los hizo suyos por gracia de la poesía. Su erotismo es intelectual, pero no carece de profundidad o de autenticidad. Sus sonetos de amor tienen todo el exquisito platonismo de Petrarca, y en fuerza concisa y simbólica recuerdan a Shakespeare:


Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba.

Y Amor, que mis intentos ayudaba, 
venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos, 
ni el vil recelo tu quietud contraste

con sombras necias, con indicios vanos:
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.

Se complace, como todos los grandes enamorados, en la dialéctica de la pasión y también sensual en su retórica. Los hombres y mujeres de sus poemas son imágenes, sombras “labradas por la fantasía”. Su platonismo no está exento de ardor. Siente a su cuerpo como una llama sin sexo.

En casi todas sus poesías amorosas aparece el mismo razonamiento: «el amor puro, sin deseo de indecencias, puede sentir lo que el más profano».

Sus amores, ciertos o fingidos, fueron castos sin duda. Se enamora del cuerpo con el alma, no se puede trazar las fronteras entre uno y otro. Para nosotros cuerpo y alma son lo mismo o casi lo mismo: nuestra idea del cuerpo está teñida de espíritu y a la inversa. Sor Juana vive en un mundo fundado en el dualismo y para ella el problema era de más fácil resolución, tanto en la esfera de las ideas como en la de la conducta. Sor Juana se mueve entre sombras: las de los cuerpos inasibles y la de las almas huidizas. Para ella sólo el amor divino es concreto e ideal a un tiempo. Pero sor Juana no es un poeta místico y en sus poemas religiosos la divinidad es abstracta. Dios es idea, concepto, y aun ahí donde sigue visiblemente en los místicos se resiste a confundir lo terreno y lo celeste. El amor divino es amor racional.

El tema único de estos poemas es la ausencia, a veces enlazado o complicado con el de los celos. Su amor no es feliz como el de los poemas de amistad amorosa a María Luisa. La fantasía la eleva pero al abrir los ojos, cae de nuevo en sí misma.

Actividades

1-        ¿Por qué se ha usado el término “feminista” para caracterizar a sor Juana?
2-        ¿Por qué entró sor Juana al convento?

3-        ¿Cuáles fueron las relaciones de la monja mexicana con la corte virreinal y en especial con las virreinas?
4-        ¿Quién es sor Filotea de la Cruz y por qué le escribió sor Juana?
5-        ¿Qué temas barrocos aprovechó la escritora mexicana en sus poesías?

6-        ¿Cómo demuestra la autora que su vocación intelectual no es incompatible con la devoción religiosa? En los textos compartidos en clase ¿Qué datos encuentras que confirmen el deseo de saber de sor Juana?

7-        ¿Qué conceptos antitéticos encontramos en “Hombres necios”? ¿Qué actitud contradictoria de los hombres critica la voz poética?
8-        En “Este que ves, engaño colorido”, identifica los paralelismos y explica por qué el retrato es “nada”.

9-        ¿A quién se dirige la voz poética en “Detente sombra de mi bien esquivo”? ¿Qué comentarios encuentras sobre el amor, el cuerpo y la imaginación?

10- ¿Cómo se caracteriza el amor en “Esta tarde mi bien cuando te hablaba”? ¿Por qué es frecuente este tipo de caracterización en el período barroco?






El Romanticismo
El Romanticismo nace en Europa en el último cuarto del siglo XVIII, inicialmente en Inglaterra y Alemania para pasar en la primera década del XIX a Francia donde tiene su mayor florecimiento y desde donde se extenderá a España, Italia y Rusia entre otros.

Inglaterra, durante los siglos XVIII Y XIX lo ve surgir de su seno y acoge en él todas las revoluciones europeas, es decir, allí nace la revolución industrial y el romanticismo y de la misma manera también acoge a todos los revolucionarios, fugitivos y perseguidos de otros países, es al lugar de exilio de franceses, polacos, húngaros, italianos y alemanes, gentes que tenían algo de héroes y algo de bandidos, empero y más allá de estas características, Inglaterra seguía siendo la patria del conservadurismo y por excelencia de las Instituciones de la Monarquía Parlamentaria, las que permanecen en pie gracias a la alianza entre sus clases dirigentes.

Las primeras manifestaciones del romanticismo inglés están unidas a una mirada de la literatura medieval, la nobleza se interesa por las ruinas medievales transformando sus propiedades en castillos a la usanza gótica, al culto de lo natural y de paisajes que en ocasiones rememoran tiempos perdidos o sueños en lontananza. Algunos poetas empiezan a cantarle a la naturaleza, por ejemplo, Thomas Gray compone el poema "Volvamos a la Naturaleza", evocación de un viejo sueño Celta, este fue un llamado a mirar el pasado del que provienen sueños de nostalgia y de belleza. Esta forma y matices al mirar el pasado, esa intención de partir siempre de un recuerdo nostálgico de lo que fue, permanecerá marcadamente acentuado en el resto del romanticismo europeo y latinoamericano.

Muchos de los románticos ingleses descienden de pueblos vejados por el afán de crecimiento del capitalismo inglés: Escoceses, Galeses e Irlandeses, con lo cual, y dentro de la literatura romántica propia de estas latitudes, dio origen a la aparición de una serie de "héroes plebeyos", cuyos matices y elementos característicos los identifican como los inadaptados, mendigos, vagabundos y aventureros, al mismo tiempo que se canta y evoca la parroquia lejana, el riachuelo de una humilde aldea, el sonido de un viejo y olvidado campanario, etc.

Entre 1789 y 1822, fecha del fallecimiento de Shelley, el romanticismo inglés alcanza su culminación con lo "cinco grandes": Blake, Coleridge, Wordsworth, Shelley y Keats.

Byron, es el poeta romántico inglés por excelencia, el poeta fuera de serie, autor de obras como Don Juan, El Corsario y La Prometida de Abydos, entre otras. Como características determinantes o fundamentos decisorios que marcan y se deslizan de mil formas y componentes en su literatura, podemos enunciar la violencia, la impetuosidad, lo satírico, el tormento o la ausencia al vivir en un mundo que no ofrece respuestas, ni oportunidades pero que al mismo tiempo avivan esa sed de vivir por lo auténtico, por la utopía hecha realidad; de ahí pues, que no sea gratuita su muerte en Grecia cuando luchaba al lado de esta nación para detener la invasión de los Turcos, reafirmando esa visión de lo propio y de la nación como elementos inalienables de una identidad histórica única. En consecuencia, no es gratuito


pues, que se señale a Lord Byron como el más auténtico representante del romanticismo inglés, personaje que influyó de distintas formas tanto en los demás románticos europeos como latinoamericanos que hoy es posible clasificar sus características y hablar de “byronismo”.


Entre esas se pueden mencionar las siguientes:


·         Inquietud perpetua.

·         Interrogantes sin respuesta.

·         Melancolía que llega con frecuencia a la desesperación.

·         Tedio de vivir.

·         Egocentrismo que frecuentemente termina en narcisismo.

·         Deseo de soledad, desprecio por lo social y colectivo.


·         Actitud claramente hostil a la opinión común, a los prejuicios morales y reivindicación de una libertad ilimitada.

A este conjunto de actitudes y de características se le dio el nombre de "mal del siglo". Muchos de los grandes maestros del romanticismo terminaron en el suicidio o fueron víctimas de muertes absurdas y, no pocas veces, buscadas por su temerario atrevimiento.

En otro contexto, en Alemania, la revolución industrial sólo cobra vida y dinamismo a partir de la segunda mitad del siglo XIX. La devastadora guerra de los siete años, el fraccionamiento de su territorio, la falta de unidad política, fueron circunstancias que retardaron el desarrollo alemán en casi todo sentido. Por eso, la alemana es la última de las literaturas europeas en perfilarse, la lengua alemana por ejemplo, permanece relegada en las Universidades a un segundo plano por el Latín, lo que en la práctica obstaculizó el desarrollo y nivel alcanzado por algunas de sus lenguas vecinas.

Hacia 1774, cuando Goethe publica el Werther se inicia la búsqueda en Alemania de un lenguaje poético moderno, se intentó modernizar la moda y las costumbres, tratando de distanciarse de las arraigadas costumbres e influencia francesas, se trató en suma, de luchar por una reafirmación de lo nacional y lo popular, por un ideal racionalista, pero cargado de mucho corazón y sentimientos.
Entre esa pléyade de representantes alemanes del romanticismo podemos mencionar a: Herder, Schiller, Lessing y algunos de sus contemporáneos fueron Hegel, Bethoven, Kant, Fichte y Schuman entre otros.

En este orden de ideas, es importante señalar cómo el romanticismo surge específicamente en países protestantes, es decir, en aquellos donde la Iglesia había sufrido transformaciones bastante significativas, muchas de las cuales se inscriben en la llamada Reforma: En Inglaterra con Enrique VIII y en Alemania con Lutero que, según palabras de F. Heer, significó un trascendental cambio en la conciencia del Yo: "Esto es, que el reformado no acepta intermediación en su relación con Dios, así, sacramentos como el de la Confesión fueron abolidos y el libre examen de las Escrituras le permite una interpretación personal de los preceptos de su fe y de sus creencias".

En literatura, el romanticismo es una reacción frente a las formas rígidas del clasicismo y del neoclasicismo. Se busca la libertad en las imágenes, en las ideas, en los sentimientos, en la expresión y en los temas, buscando lo humano, lo nacional, lo heroico, lo divino y lo extraordinario.

En política y aspectos sociales se identifica con el liberalismo constituyéndose en una réplica de la sociedad burguesa frente a los excesos del absolutismo monárquico, pero al mismo tiempo combate la anarquía de la revolución popular, pues, el romántico a la vez que lucha por la Libertad quiere una sociedad estable.

De otro lado, en la Filosofía se considera que el romanticismo nació como defensa del sentimiento y de la imaginación frente a la razón, el análisis y la especulación, pero sin los cuales no hubiera podido existir. Así, el romanticismo ha sido presentado como el conjunto de movimientos intelectuales que a partir de fines del siglo XVIII hicieron prevalecer el sentimiento sobre la razón y la imaginación por encima del análisis crítico.


Se consideran como fuentes filosóficas del romanticismo los siguientes aspectos:

v    El fracaso de la razón como instrumento para explicar la totalidad del Yo, y
v    El protagonismo del Yo como Valor Supremo.

De esta forma, por ejemplo, el lugar salvaje, natural y no contaminado por la civilización al que Rousseau llamaba "romántico", será el refugio de las almas naturales, espontáneas y diferentes que huyen de los espacios colectivos y artificiales de la sociedad. La tierra no es vista por el romántico con el ojo del rentista sino desde un punto de vista estético, sublime y colmado de toda contemplación; es así como describían paisajes observados como "las peores tierras pero las más bellas, sombrías y los rincones más solitarios (...)"; es evidente la oposición a los conceptos económicos difundidos por la burguesía, tanto, que el escritor y pensador romántico será prontamente rechazado por las élites como individuo soñador, vago, desadaptado, vagabundo y por lo tanto, improductivo. Las fuentes del romanticismo que antes expresaban la oposición del Yo y la sociedad (soledad – colectivismo) ahora vienen a expresar la oposición del Yo a la estructura social burguesa.

El Romanticismo en Latinoamérica

El Romanticismo en los países hispanoamericanos no se diferencia en esencia del propio de las naciones europeas en que se origina. Su rasgo principal, en algunos lugares, consiste en la idealización del indio, lo que responde a la exaltación de los valores nacionales y del pasado, propia del movimiento romántico. Sus primeras corrientes parten de Francia e Inglaterra, pero más tarde son claramente españolas. Por razones de índole histórica, ante todo por la falta de tradición colonial arraigada, el Romanticismo prende en la región del Río de la Plata antes que en el resto del continente.

El Romanticismo en Argentina

En Argentina la dictadura de Rosas provoca el destierro de buen número de jóvenes escritores. Uno de ellos, Esteban Echeverría (1805-1851), vive unos años en Francia y, en muchos aspectos, puede considerarse un precursor. Su novela "Elvíra o la novia del Plata" (1832) resulta plenamente romántica; causan sensación por la novedad sus libros de versos "Los consuelos" (1834) y "Las rimas" (1837), que le proporcionan enorme reputación entre los poetas juveniles. Con la intención de crear;
la literatura nacional, funda en 1838 la Joven Argentina o Asociación de Mayo, reunión de escritores que comparten sus ideales.

Uno de los más vigorosos prosistas del grupo, Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), encarnizado enemigo de Rosas, ocupa la presidencia de la República entre 1868 y 1874. Su obra más famosa se denomina "Civilización y barbarie: Vida de Juan Facundo Quiroga" (1845), especie de historia no velada sobre la situación de su patria, en la cual apunta las bases para su reconstrucción. Mayor calidad literaria tienen sus cartas, reunidas con el título de "Viajes" (1845-1847): contienen bellas descripciones de los lugares que ha visitado. Igual carácter autobiográfico tienen sus restantes obras "Mi defensa" (1843), "Recuerdos de provincia" (1850) y "Campaña del Ejército Grande" (1852).

Por inaugurar una moda en la literatura hispanoamericana es importante la novela de Vicente Fidel López (1815-1903) titulada "La novia del hereje". Ambientada en el siglo XVI, en tiempo de las correrías de Drake por América del Sur, se escribe hacia 1840, pero no se publica en volumen hasta 1884.

Los grandes poetas del grupo de desterrados son Ascasubi y Mármol. Hilario Ascasubi (1807-1875) retrata en populares poemas, empleando el habla de los gauchos, vivas escenas de la existencia en la pampa. Sus libros más celebrados se titulan


"Paulino Lucero" (1839-1851), "Aniceto el Gallo" (1853-1859) y "Santos Vega o Los mellizos de la Flor" (1872).

La poesía de José Mármol (1817-1871) se inspira en la de Byron. Sus "Cantos del peregrino" (1846) son el resultado de sus meditaciones en el barco que le lleva al destierro en Chile; las composiciones en que ataca con dureza a Rosas están contenidas principalmente en "Armonías" (1851-1854). La importancia de Mármol en la historia de la poesía no es menor a la que tiene en la de la novela: su "Amalia" (1851-1855), ambientada en Buenos Aires bajo la tiranía de Rosas, se presenta como novela básicamente política, a despecho de sus valores literarios.

La poesía gauchesca argentina, que ha tenido su iniciador en Hilario Ascasubi, alcanza en la segunda mitad del siglo XIX la cima más alta con varios creadores de relieve. Estanislao del Campo (1834-1880) comienza imitando y replicando a Ascasubi, con el seudónimo de "Anastasio el Gallo". Su Fausto (1866) es el relato que hace un gaucho a sus amigos de la ópera de Gounod del mismo título que ha visto en un teatro de Buenos Aires. Resulta gracioso, aunque más folklórico que verdadero.

El máximo escritor gauchesco, José Hernández (1834-1886), poeta culto y de gran sensibilidad, emprende una ingente labor poética para dignificar al gaucho y dar auténtica nota nacional a la literatura argentina. Su "Martín Fierro", publicado en dos partes, la "Ida" en 1872 y "la Vuelta" en 1879, está escrito en octosílabos.

Es un poema plenamente romántico por su tono popular, nacionalismo, exotismo y carácter a veces novelesco. La compenetración de Hernández con el mundo que describe es tal, que su poema no parece obra de un individuo, sino de todo un pueblo, de la comunidad gaucha, con sus costumbres propias, y su personalísima manera de expresarse. Aparte las alusiones a la política argentina, el poema contiene admirables descripciones de la vida del gaucho y de los indios.


El Romanticismo en los demás países de Latinoamérica

El Romanticismo prende también en las demás naciones hispanoamericanas, pero quizá con menos ímpetu que en Argentina. En Chile y Uruguay los exiliados argentinos crean núcleos literarios que in fluyeron en los escritores autóctonos. El Romanticismo en México se halla representado por los poetas Ignacio Ramírez (1818-1879), ministro en varias ocasiones, de lira inconformista, que populariza el seudónimo de "El Nigromante"; Guillermo Prieto (1 818-1897), de inspiración popular en la "Musa callejera" (1883); el autor teatral Fernando Calderón (1809-1845), con dramas, comedias de costumbres y tragedias, y los novelistas Manuel Payno (1810-1894), seguidor de Fernández de Lizardi en "Los bandidos de Río Frío" (1888-1891), y Luis G. Inclán (1816-1875), que narra la vida de los campesinos en "Astucia, el jefe de los Hermanos de la Hoja" (1865).

Ricardo Palma (1833-1919), peruano, es el mayor romántico de su país. A pesar de que cultiva distintas formas literarias, encuentra su más certero medio de expresión en la prosa, y en particular en un género creado por él: el de la "tradición". Sus Tradiciones peruanas, en seis series, publicadas de 1872 a 1883, presentan un vasto cuadro de la historia del Perú, desde la época de los incas hasta los días del autor, con un desfile interminable de personajes, situaciones, costumbres, etc., si bien se detiene especialmente en el siglo XVIII. Sus fuentes son muy variadas: crónicas, leyendas, dichos y cuentos populares y sus experiencias personales. Su estilo amenísimo posee encanto singular que cautiva la atención del lector, su léxico, lleno de jugosos americanismos, da un aliciente más a la obra. Aparte las famosas Tradiciones, publica libros similares, como "Ropa vieja" (1889), "Cachivaches" (1899), etc.

Otro gran valor de la novela hispanoamericana de la época romántica, el colombiano Jorge Isaacs (1837-1895), crea en "María" (1867), novela típicamente romántica, el relato de un tierno idilio amoroso, en el marco de una naturaleza descrita de manera poética. Tiene también valor costumbrista, sencillo y veraz alejado de lo folklórico. Por ello, y sobre todo por el análisis psicológico del amor de los protagonistas, María alcanza rotundo éxito en su tiempo y queda como uno de los mejores relatos románticos de América.



Lectura: El matadero


Trabajo Práctico

1-        Investiga quién fue Esteban Echeverría.

2-        ¿Qué movimiento literario y qué ideas filosóficas y políticas influyeron en la formación de Esteban Echeverría?

3-        ¿En qué consiste el americanismo de este autor y como se refleja en su obra?

4-        ¿Cuál era el programa político y cultural de los intelectuales antirrosistas?

5-        ¿Cuál es el contexto histórico de “El Matadero”? Refiérete al conflicto político social aquí representado.

6-        ¿Contra quiénes dirige el narrador sus comentarios irónicos? Da ejemplos de frases irónicas.


La gauchesca

La literatura gauchesca es un fenómeno singular dentro de las literaturas de América; empezó a desarrollarse en el ámbito del Río de la Plata, en forma anónima al principio, hacia finales del siglo XVIII. Ciertamente, la originalidad de esta literatura no se debe al protagonismo del gaucho, ni al uso de la lengua popular hablada en la campaña, ya que ambos elementos son característicos de cualquier literatura regional. Lo original, lo definitivamente singular de la literatura gauchesca es la adopción que de ese personaje y de esa lengua hicieron autores cultos a las ciudades. Tal adopción puede interpretarse tanto como la necesidad política de transmitir al público gaucho, iletrado, aquellos temas e historias que lo involucraban directamente, como la voluntad literaria de esos autores de diferenciarse de la literatura culta de origen europeo, con el implícito fin de afianzar, su autonomía cultural y literaria.

La poesía gauchesca incorpora algunos elementos expresivos de la poesía tradicional
española (rondas y canciones, villancicos y coplas) y sus temas (héroes legendarios, caballeros, reyes y  pastores),  que llegaron a América y se reelaboraron en palabras, personajes y costumbres que les  imprimieron  tono  y  color locales.
Entre 1800 y 1830 surgieron numerosos payadores, que difundieron estas composiciones de versos octosílabos. Las payadas, más moralizantes que poéticas, ya se encuentran descriptas por Carrió de la Vandera en El lazarillo de ciegos caminantes; en el sainete El amor de la estanciera se registran las características salientes del habla

rural. Por otra parte, no debe descartarse la obra de Juan Bautista Maziel, autor de una poesía de escaso valor literario pero curiosa en cuanto antecedente de la conversión del gaucho en personaje poético, sobre todo en su romance Canta un guaso en estilo campestre los triunfos del Excelentísimo Señor Don Pedro Cevallos.

Tanto la tradición oral, transmitida por los payadores, como las primeras manifestaciones de literatura gauchesca, fueron engrandeciendo sus temas y perfeccionando su manera de expresar sus ideas, hasta emplearse esta literatura por autores cultos de las ciudades (tales como: Bartolomé Hidalgo, reconocido por Cielitos y Diálogos patrióticos; Hilario Ascasubi, autor de Santos Vegas, poema épico de la literatura gauchesca; Estanislao del Campo, autor de Fausto; y, sobre todo, José Hernández, autor del Martín Fierro, donde canta de manera humana su lucha por la libertad, contra las adversidades y la injusticia.)

El gaucho Martín Fierro y La vuelta del Martín Fierro, son dos textos conocidos en la actualidad como las dos partes de una misma obra, que marca el punto más alto y definitivo de la poesía gauchesca, constituyéndose en una de las obras esenciales de toda la literatura argentina.

La primera parte puede leerse como un alegato contra los abusos de la presidencia de Sarmiento. La notable repercusión que obtuvo el poema alentó a Hernández a realizar una segunda parte, siete años más tarde, en la que la dureza de la primera deja lugar a un cuadro más matizado y complejo del mundo rural.

Martín Fierro presenta pequeñas pero significativas modificaciones formales: el poema está escrito en versos octosílabos, pero mientras que la tradición agrupaba en décimas (estrofas de diez versos, como las usaba Ascasubi) o en cuartetas (estrofas de cuatro versos, como las usaba Estanislao del Campo); Hernández utiliza la sextina (agrupamiento de seis versos) que posibilita a su vez el agrupamiento de los versos en pares. Estos pareados, logran cierto mimetismo con las formas del habla gauchesca, según las caracterizaba Hernández: falta de enlace en las ideas, en las que a veces no existe una sucesión lógica sino una revelación oculta y remota.

A estos desvíos con respecto a la tradición debe sumarse la impactante información política del texto de Hernández. Por un lado esto representa una evidente modificación con respecto a los textos de Del Campo, Gutiérrez y el último Ascasubi, pero también con respecto a los poemas literarios de Hidalgo y a los partidistas del primer Ascasubi.

Hernández logró una obra más contundente en el terreno político que la de sus antecesores gauchi-políticos y, al mismo tiempo, de mayor alcance y valor literario que la de quienes habían pretendido estetizar la poesía gauchesca.

El Modernismo

En el último tercio del siglo XIX ocurre un movimiento literario nacido en América destinado a revolucionar la literatura en lengua española en general y en particular la poesía. Esta es la primera contribución original de Hispanoamérica a la literatura universal. Se sitúa su inicio con la aparición del libro Azul, de Rubén Darío, en 1888. El nombre de Modernismo, aunque impropio, pretende advertir su intención renovadora. Acepta lo mismo elementos antiguos que modernos y se alimenta de todas las tendencias literarias que predominaron en Francia en el siglo XIX. Al principio fue una reacción contra los excesos del romanticismo, pero su actitud no sólo fue negativa, sino ecléctica, de modo que en el modernismo se conjugan parnasianismo, simbolismo, realismo, naturalismo, impresionismo romanticismo, con una base considerable de clasicismo español. Estos caracteres tan peculiares y esa libertad cuyo único límite es la vulgaridad de la expresión o las formas caducas y retóricas, lo alejan del concepto rígido de escuela y resulta más lógico considerar al modernismo como corriente o movimiento literario.
Ya que el modernista aspira a la renovación de la literatura y particularmente de la poesía, su característica principal es el refinamiento verbal, como reacción contra el descuido de los románticos por la forma. El modernista lucha contra las imágenes gastadas, el sentimentalismo exagerado, la vulgaridad. Busca originalidad en imágenes, metáforas y uso del adjetivo. Inventa nuevas armonías variando los acentos de los versos; prefiere las rimas no usuales que su poesía sea prolongación de la música. El deseo de perfección formal, que proviene en buena parte del parnasianismo francés, se advierte tanto en el cuidado por pulir un verso que tenga validez por su limpidez y pureza de línea, como por los temas de inspiración plástica y aprovechamiento de los recursos del arte pictórico y de las artes plásticas. El modernismo interpreta el mundo a través de sensaciones y descubre, en consecuencia, las correspondencias sensoriales que enriquecen la expresión; la sinestesia fue, por tanto, recurso favorito de los modernistas.
Cualidad esencial del modernismo es el cosmopolitismo, ya sea que se acerquen directamente a otros países o que el intercambio de ideales e inquietudes se haga a través de publicaciones. Lo oriental tuvo entusiastas propagandistas, tanto en Francia como en América; lo mismo ocurre con los motivos nórdicos o grecolatinos. El exotismo, en general, tanto en el espacio como en el tiempo, tuvo entre los modernistas muchos partidarios.
La inquietud por la urgencia de una renovación es simultánea en diversos puntos de América. Así lo demuestran publicaciones con ideales comunes como La Nación y la Revista de América, en Buenos Aires; la Revista Azul y la Revista Moderna, en México. El movimiento modernista, exótico, individualista, refinado y cosmopolita, se inicia en el último tercio del siglo XIX y termina alrededor del año de 1914. Tiene una etapa de iniciación, otra de realización y una tercera de difusión. Si en un principio buscó ávidamente la originalidad y la perfección formal, después intenta llegar a una expresión artística profundamente americana.
El modernismo, movimiento continental, tiene como precursores e iniciadores a Agustín F. Cuenca, Justo Sierra, Manuel Gutiérrez Nájera, Salvador Díaz Mirón, Julián del Casal, José Asunción Silva y José Martí. Su realizador genial fue el nicaragüense Rubén Dario y los continuadores de esta corriente Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reissig, Ricardo Jaimes Freyre, José Santos Chocano, Amado Nervo y otros.
Se acusa al modernismo de exótico, artificial y afrancesado. Sin embargo, el exotismo proviene del romanticismo y permite a la poesía una amplia renovación de temas. En cuanto a la imitación de escritores franceses, lo que hace es apropiarse de sus innovaciones para crear una poesía nueva. No se detiene en Francia, sino vuelve los ojos a otras literaturas extranjeras: a la norteamericana (Whitman, Poe), a la italiana (D'’nnunzio), a la española (poetas de la Edad Media y del Siglo de Oro), a la latina (Virgilio), etc. Aunque al final cayó en lo artificioso y superficial, con Darío y los grandes poetas modernistas la lengua española se renueva y vivifica al mismo tiempo que expresa la originalidad artística y los ideales del pueblo americano.
En efecto, los últimos románticos son los primeros modernistas. En México Agustín F. Cuenca (1850-1884), compañero de los poetas románticos más exaltados como Acuña y Flores, representa la transición entre el romanticismo y el modernismo. Autor de la obra dramática La cadena de hierro, celebrada en su tiempo, poeta lírico "gongorista" y "torrentoso" en su libro póstumo Poemas selectos en que pone el tono elegíaco, ensaya nuevos ritmos y efectos musicales, emplea con acierto el elemento idea, ritmo y la música.

Rubén Darío

Seudónimo del gran poeta nicaragüense Félix Rubén García Sarmiento, iniciador y máximo representante del Modernismo hispanoamericano. Su familia era conocida por el apellido de un abuelo, "la familia de los Darío", y el joven poeta, en busca de eufonía, adoptó la fórmula "Rubén Darío" como nombre literario de batalla.
Con una dichosa facilidad para el ritmo y la rima creció Rubén Darío en medio de turbulentas desavenencias familiares, tutelado por solícitos parientes y dibujando con palabras en su fuero interno sueños exóticos, memorables heroísmos y tempestades sublimes. Pero ya en su época toda esa parafernalia de prestigiosos tópicos románticos comenzaba a desgastarse y se ofrecía a la imaginación de los poetas como las armas inútiles que se conservan en una panoplia de terciopelo ajado. Rubén Darío estaba llamado a revolucionar rítmicamente el verso castellano, pero también a poblar el mundo literario de nuevas fantasías, de ilusorios cisnes, de inevitables celajes, de canguros y tigres de bengala conviviendo en el mismo paisaje imposible.
Casi por azar nació Rubén en una pequeña ciudad nicaragüense llamada Metapa, pero al mes de su alumbramiento pasó a residir a León, donde su madre, Rosa Sarmiento, y su padre, Manuel García, habían fundado un matrimonio teóricamente de conveniencias pero próspero sólo en disgustos. Para hacer más llevadera la mutua incomprensión, el incansable Manuel se entregaba inmoderadamente a las farras y ahogaba sus penas en los lupanares, mientras la pobre Rosa huía de vez en cuando de su cónyuge para refugiarse en casa de alguno de sus parientes. No tardaría ésta en dar a luz una segunda hija, Cándida Rosa, que se malogró enseguida, ni en enamorarse de un tal Juan Benito Soriano, con el que se fue a vivir arrastrando a su primogénito a "una casa primitiva, pobre y sin ladrillos, en pleno campo", situada en la localidad hondureña de San Marcos de Colón.
Durante sus primeros años estudió con los jesuitas, a los que dedicó algún poema cargado de invectivas, aludiendo a sus "sotanas carcomidas" y motejándolos de "endriagos"; pero en esa etapa de juventud no sólo cultivó la ironía: tan temprana como su poesía influida por Bécquer y por Víctor Hugo fue su vocación de eterno enamorado. Según propia confesión en la Autobiografía, una maestra de las primeras letras le impuso un severo castigo cuando lo sorprendió "en compañía de una precoz chicuela, iniciando indoctos e imposibles Dafnis y Cloe, y según el verso de Góngora, las bellaquerías detrás de la puerta".
En agosto de 1882 se encontraba en El Salvador, y allí fue recibido por el presidente Zaldívar, sobre el cual anota halagado en su Autobiografía: "El presidente fue gentilísimo y me habló de mis versos y me ofreció su protección; mas cuando me preguntó qué es lo que yo deseaba, contesté con estas exactas e inolvidables palabras que hicieron sonreír al varón de poder: ‘Quiero tener una buena posición social’."

Para un concurso literario convocado por el millonario Federico Varela escribe Otoñales, que obtiene un modestísimo octavo lugar entre los cuarenta y siete originales presentados, y Canto épico a las glorias de Chile, por el que se le otorga el primer premio, compartido con Pedro Nolasco Préndez, y que le reporta la módica suma de trescientos pesos.
Pero es en 1888 cuando la auténtica valía de Rubén Darío se da a conocer con la publicación de Azul, libro encomiado desde España por el a la sazón prestigioso novelista Juan Valera, cuya importancia como puente entre las culturas española e hispanoamericana ha sido brillantemente estudiada por María Beneyto. Las cartas de Juan Valera sirvieron de prólogo a la nueva reedición ampliada de 1890, pero para entonces ya se había convertido en obsesiva la voluntad del poeta de escapar de aquellos estrechos ambientes intelectuales, donde no hallaba ni el suficiente reconocimiento como artista ni la anhelada prosperidad económica, para conocer por fin su legendario París.
La obra de Rubén Darío
Su poesía, tan bella como culta, musical y sonora, influyó en centenares de escritores de ambos lados del océano Atlántico. Darío fue uno de los grandes renovadores del lenguaje poético en las Letras hispánicas. Los elementos básicos de su poética los podemos encontrar en los prólogos a Prosas profanas, Cantos de vida y esperanza y El canto errante. Entre ellos es fundamental la búsqueda de la belleza que Rubén encuentra oculta en la realidad. Para Rubén, el poeta tiene la misión de hacer accesible al resto de los hombres el lado inefable de la realidad. Para descubrir este lado inefable, el poeta cuenta con la metáfora y el símbolo como herramientas principales. Directamente relacionado con esto está el rechazo de la estética realista y su escapismo a escenarios fantásticos, alejados espacial y temporalmente de su realidad.
Enteramente inquieto e insatisfecho, codicioso de placer y de vida, angustiado ante el dolor y la idea de la muerte, Darío pasa frecuentemente del derroche a la estrechez, del optimismo frenético al pesimismo desesperado, entre drogas, mujeres y alcohol, como si buscara en la vida la misma sensación de originalidad que en la poesía o como si tratara de aturdirse en su gloria para no examinar el fondo admonitor de su conciencia. Este "pagano por amor a la vida y cristiano por temor de la muerte" es un gran lírico ingenuo que adivina su trascendencia y quiere romper el cerco tradicional de España y América: y lo más importante es que lo consigue. Es necesario romper la monótona solemnidad literaria de España con los ecos del ímpetu romántico de Victor Hugo, con las galas de los parnasianos, con el "esprit" de Verlaine; los artículos de Los raros (1896), de temas preponderantemente franceses, nos hablan con claridad de esta trayectoria.
Pero también América hispánica se está encerrando en un círculo tradicional, con lo norteamericano por arriba y los cantos a Junín y a la agricultura de la Zona Tórrida por todas partes; y allá van sus Prosas profanas, con unas primeras palabras de programa, en las que figuran composiciones tan singulares y brillantes como el Responso a Verlaine, Era un aire suave... y la Sonatina. Ha triunfado el modernismo: había que reaccionar contra la ampulosidad romántica y la estrechez realista; las inquietudes  de del Casal, de James Freyre,  de Asunción Silva,  de Martí,  de Díaz Mirón,  de Salvador Rueda, son recogidas y organizadas por el gran lírico, que, influido por el parnasianismo y el simbolismo franceses, echa las bases de la nueva escuela: el modernismo, punto de partida de toda la renovación lírica española e hispanoamericana.
Pero él rechaza las normas de la escuela y la mala costumbre de la imitación; dice que no hay escuelas, sino poetas, y aconseja que no se imite a nadie, ni a él mismo... Ritmo y plástica, música y fantasía son elementos esenciales de la nueva corriente, más superficial y vistosa que profunda en un principio, cuando aún no se había asentado el fermento revolucionario del poeta. Pero pronto llega el asentamiento. El lírico "español de América y americano de España", que había abierto a lo europeo y a lo universal los cotos cerrados de la Madre Patria y de Hispanoamérica, miró a su alma y su obra, y encontró la falta de solera hispánica: "yo siempre fui, por alma y por cabeza, / español de conciencia, obra y deseo"; y en la poesía primitiva y en la poesía clásica española encontró la solera hispánica que necesitaba para escribir los versos de la más lograda y trascendente de sus obras: Cantos de vida y esperanza (1905), en la que corrige explícitamente la superficialidad anterior ("yo soy aquel que ayer no más decía..."), y en la que figuran composiciones como Lo fatal, La marcha triunfal, Salutación del optimista, A Roosevelt y Letanía de Nuestro Señor don Quijote.
El gran lírico nicaragüense abre las puertas literarias de España e Hispanoamérica hacia lo exterior, como lo harán en seguida, en plano más ideológico, los escritores españoles de la generación del 98. La Fayette había simbolizado la presencia de Francia en la lucha norteamericana por la independencia; las ideas de los enciclopedistas y de la Revolución francesa habían estado presentes en la gesta de la independencia hispanoamericana: ¿qué tiene de sorprendente que Rubén Darío buscara en Francia los elementos que necesitaba para su revolución? Quiso modernizar, renovar, flexibilizar la grandeza hispánica con el "esprit", con la gracia francesa, frente al sentido materialista y dominador del mundo anglosajón y, especialmente, norteamericano.
Otras composiciones trascendentes figuran en otros libros suyos: El canto errante (1907), Poema del otoño y otros poemas (1910), en el que figuran Margarita, está linda la mar... y Los motivos del lobo, y el libro que contiene su composición más extensa, el Canto a la Argentina, que con otros poemas se publicó en 1914. La prosa suya, además de en Azul y en Los raros, podemos encontrarla en Peregrinaciones (1901), La caravana pasa (1902) y Tierras solares (1904), entre otros trabajos de menor interés concernientes a viajes, impresiones políticas, autobiográficas, etc.
Rubén Darío es un genio lírico hispanoamericano de resonancia universal, que maneja el idioma con elegancia y cuidado, lo renueva con vocablos brillantes, en un juego de ensayos métricos audaces y primorosos, y se atreve a realizar con él combinaciones fonéticas dignas de fray Luis de León, como aquella del verso: "bajo el ala aleve de un leve abanico"; pero la aliteración es sólo un aspecto parcial de la musicalidad del poeta, maestro moderno y universal del ritmo, la imagen y la armonía.

Lecturas


YO PERSIGO UNA FORMA

Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,
botón de pensamiento que busca ser la rosa;
se anuncia con un beso que en mis labios se posa
al abrazo imposible de la Venus de Milo.

Adornan verdes palmas el blanco peristilo;
los astros me han predicho la visión de la Diosa;
y en mi alma reposa la luz como reposa
el ave de la luna sobre un lago tranquilo.

Y no hallo sino la palabra que huye,
la iniciación melódica que de la flauta fluye
y la barca del sueño que en el espacio boga;

y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,

el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.

LEDA

El cisne en la sombra parece de nieve;
su pico es de ámbar, del alba al trasluz;
el suave crepúsculo que pasa tan breve
las cándidas alas sonrosas de luz.

Y luego en las ondas del lago azulado,
después que la aurora perdió su arrebol,
las alas tendidas y el cuello enarcado,
el cisne es de plata bañado de sol.

Tal es, cuando esponja las plumas de seda,
olímpico pájaro herido de amor,
y viola en las linfas sonoras a Leda,
buscando su pico los labios en flor.

Suspira la bella desnuda y vencida,
y en tanto que al aire sus quejas se van,
del fondo verdoso de fronda tupida
chispean turbados los ojos de Pan.


Huitzilopoxtli (Cuento. Rubén Darío. 1915)

Tuve que ir, hace poco tiempo, en una comisión periodística, de una ciudad frontera de los Estados Unidos, a un punto mexicano en que había un destacamento de Carranza. Allí se me dio una recomendación y un salvoconducto para penetrar en la parte de territorio dependiente de Pancho Villa, el guerrillero y caudillo militar formidable. Yo tenía que ver un amigo, teniente en las milicias revolucionarias, el cual me había ofrecido datos para mis informaciones, asegurándome que nada tendría que temer durante mi permanencia en su campo.
Hice el viaje, en automóvil, hasta un poco más allá de la línea fronteriza en compañía de mister John Perhaps, médico, y también hombre de periodismo, al servicio de diarios yanquis, y del Coronel Reguera, o mejor dicho, el Padre Reguera, uno de los hombres más raros y terribles que haya conocido en mi vida. El Padre Reguera es un antiguo fraile que, joven en tiempo de Maximiliano, imperialista, naturalmente, cambió en el tiempo de Porfirio Díaz de Emperador sin cambiar en nada de lo demás. Es un viejo fraile vasco que cree en que todo está dispuesto por la resolución divina. Sobre todo, el derecho divino del mando es para él indiscutible.
—Porfirio dominó- decía—porque Dios lo quiso. Porque así debía ser.
— ¡No diga macanas! —contestaba mister Perhaps, que había estado en la Argentina.
—Pero a Porfirio le faltó la comunicación con la Divinidad... ¡Al que no respeta el misterio se lo lleva el diablo! Y Porfirio nos hizo andar sin sotana por las calles. En cambio Madero...
Aquí en México, sobre todo, se vive en un suelo que está repleto de misterio. Todos esos indios que hay no respiran otra cosa. Y el destino de la nación mexicana está todavía en poder de las primitivas divinidades de los aborígenes.
En otras partes se dice: «Rascad... y aparecerá el...». Aquí no hay que rascar nada. El misterio azteca, o maya, vive en todo mexicano por mucha mezcla social que haya en su sangre, y esto en pocos.
—Coronel, ¡tome un whisky! dijo mister Perhaps, tendiéndole su frasco de ruolz.
—Prefiero el comiteco— respondió el Padre Reguera, y me tendió un papel con sal, que sacó de un bolsón, y una cantimplora llena de licor mexicano.
Andando, andando, llegamos al extremo de un bosque, en donde oímos un grito: «¡Alto!».

Nos detuvimos. No se podía pasar por ahí. Unos cuantos soldados indios, descalzos, con sus grandes sombrerones y sus rifles listos, nos detuvieron.
El Viejo Reguera parlamentó con el principal, quien conocía también al yanqui. Todo acabó bien. Tuvimos dos mulas y un caballejo para llegar al punto de nuestro destino. Hacía luna cuando seguimos la marcha. Fuimos paso a paso. De pronto exclamé dirigiéndome al viejo Reguera:
—Reguera, ¿cómo quiere que le llame, Coronel o Padre?
— ¡Como la que lo parió! — bufó el apergaminado personaje.
—Lo digo— repuse— porque tengo que preguntarle sobre cosas que a mí me preocupan bastante. Las dos mulas iban a un trotecito regular, y solamente mister Perhaps se detenía de cuando en cuando a arreglar la cincha de su caballo, aunque lo principal era el engullimiento de su whisky.

Dejé que pasara el yanqui adelante, y luego, acercando mi caballería a la del Padre Reguera, le dije:
—Usted es un hombre valiente, práctico y antiguo. A usted le respetan y lo quieren mucho todas estas indiadas.
Dígame en confianza: ¿es cierto que todavía se suelen ver aquí cosas extraordinarias, como en tiempos de la conquista?
— ¡Buen diablo se lo lleve a usted! ¿Tiene tabaco? Le di un cigarro.
—Pues le diré a usted. Desde hace muchos años conozco a estos indios como a mí mismo, y vivo entre ellos como si fuese uno de ellos. Me vine aquí muy muchacho, desde en tiempo de Maximiliano. Ya era cura y sigo siendo cura, y moriré cura.
— ¿Y... ?
—No se meta en eso.
—Tiene usted razón, Padre; pero sí me permitirá que me interese en su extraña vida.

¿Cómo usted ha podido ser durante tantos años sacerdote, militar, hombre que tiene una leyenda, metido por tanto tiempo entre los indios, y por último aparecer en la Revolución con Madero? ¿No se había dicho que Porfirio le había ganado a usted?
El viejo Reguera soltó una gran carcajada.
—Mientras Porfirio tuvo a Dios, todo anduvo muy bien; y eso por doña Carmen...
— ¿Cómo, padre?
—Pues así... Lo que hay es que los otros dioses...
— ¿Cuáles, Padre?
—Los de la tierra...
— ¿Pero usted cree en ellos?
—Calla, muchacho, y tómate otro comiteco.
—Invitemos —le dije— a míster Perhaps que se ha ido ya muy delantero.
— ¡Eh, Perhaps! ¡Perhaps! No nos contestó el yanqui.
—Espere— le dije, Padre Reguera; voy a ver si lo alcanzo.
—No vaya— me contestó mirando al fondo de la selva. Tome su comiteco.
El alcohol azteca había puesto en mi sangre una actividad singular. A poco andar en silencio, me dijo el Padre:
—Si Madero no se hubiera dejado engañar...
— ¿De los políticos?
—No, hijo; de los diablos...
— ¿Cómo es eso?
—Usted sabe.
—Lo del espiritismo...
—Nada de eso. Lo que hay es que él logró ponerse en comunicación con los dioses viejos...
— ¡Pero, padre...!
—Sí, muchacho, sí, y te lo digo porque, aunque yo diga misa, eso no me quita lo aprendido por todas esas regiones en tantos años... Y te advierto una cosa: con la cruz hemos hecho aquí muy poco, y por dentro y por fuera el alma y las formas de los primitivos ídolos nos vencen... Aquí no hubo suficientes cadenas cristianas para esclavizar a las divinidades de antes; y cada vez que han podido, y ahora sobre todo, esos diablos se muestran.
Mi mula dio un salto atrás toda agitada y temblorosa, quise hacerla pasar y fue imposible.
—Quieto, quieto— me dijo Reguera.
Sacó su largo cuchillo y cortó de un árbol un varejón, y luego con él dio unos cuantos golpes en el suelo.
—No se asuste —me dijo—; es una cascabel.

Y vi entonces una gran víbora que quedaba muerta a lo largo del camino. Y cuando seguimos el viaje, oí una sorda risita del cura...
—No hemos vuelto a ver al yanqui le dije.
—No se preocupe; ya le encontraremos alguna vez.
Seguimos adelante. Hubo que pasar a través de una gran arboleda tras la cual oíase el ruido del agua en una quebrada. A poco: « ¡Alto!»
— ¿Otra vez? — le dije a Reguera.
—Sí —me contestó—. Estamos en el sitio más delicado que ocupan las fuerzas revolucionarias. ¡Paciencia!
Un oficial con varios soldados se adelantaron. Reguera les habló y oí contestar al oficial:
—Imposible pasar más adelante. Habrá que quedar ahí hasta el amanecer.
Escogimos para reposar un escampado bajo un gran ahuehuete.
De más decir que yo no podía dormir. Yo había terminado mi tabaco y pedí a Reguera.
—Tengo —me dijo—, pero con mariguana.
Acepté, pero con miedo, pues conozco los efectos de esa yerba embrujadora, y me puse a fumar. En seguida el cura roncaba y yo no podía dormir.
Todo era silencio en la selva, pero silencio temeroso, bajo la luz pálida de la luna. De pronto escuché a lo lejos como un quejido largo y aullante, que luego fue un coro de aullidos. Yo ya conocía esa siniestra música de las selvas salvajes: era el aullido de los coyotes.
Me incorporé cuando sentí que los clamores se iban acercando. No me sentía bien y me acordé de la mariguana del cura. Si sería eso...
Los aullidos aumentaban. Sin despertar al viejo Reguera, tomé mi revólver y me fui hacia el lado en donde estaba el peligro.
Caminé y me interné un tanto en la floresta, hasta que vi una especie de claridad que no era la de la luna, puesto que la claridad lunar, fuera del bosque era blanca, y ésta, dentro, era dorada.
Continué internándome hasta donde escuchaba como un vago rumor de voces humanas alternando de cuando en cuando con los aullidos de los coyotes.
Avancé hasta donde me fue posible. He aquí lo que vi: un enorme ídolo de piedra, que era ídolo y altar al mismo tiempo, se alzaba en esa claridad que apenas he indicado. Imposible detallar nada. Dos cabezas de serpiente, que eran como brazos o tentáculos del bloque, se juntaban en la parte superior, sobre una especie de inmensa testa descarnada, que tenía a su alrededor una ristra de manos cortadas, sobre un collar de perlas, y debajo de eso, vi, en vida de vida, un movimiento monstruoso. Pero ante todo observé unos cuantos indios, de los mismos que nos habían servidopara el acarreo de nuestros equipajes, y que silenciosos y hieráticamente daban vueltas alrededor de aquel altar viviente.
Viviente, porque fijándome bien, y recordando mis lecturas especiales, me convencí de que aquello era un altar de Teoyaomiqui, la diosa mexicana de la muerte. En aquella piedra se agitaban serpientes vivas, y adquiría el espectáculo una actualidad espantable.
Me adelanté. Sin aullar, en un silencio fatal, llegó una tropa de coyotes y rodeó el altar misterioso. Noté que las serpientes, aglomeradas, se agitaban; y al pie del bloque ofídico, un cuerpo se movía, el cuerpo de un hombre Mister Perhaps estaba allí.
Tras un tronco de árbol yo estaba en mi pavoroso silencio. Creí padecer una alucinación; pero lo que en realidad había era aquel gran círculo que formaban esos lobos de América, esos aullantes coyotes más fatídicos que los lobos de Europa.
Al día siguiente, cuando llegamos al campamento, hubo que llamar al médico para mí.
Pregunté por el Padre Reguera.
—El Coronel Reguera— me dijo la persona que estaba cerca de mí—está en este momento ocupado. Le faltan tres por fusilar.

Thanatopía (Rubén Darío. 1893, publicado en 1925)

—Mi padre fue el célebre doctor John Leen, miembro de la Real Sociedad de Investigaciones Psíquicas, de Londres, y muy conocido en el mundo científico por sus estudios sobre el hipnotismo y su célebre Memoria sobre el Old. Ha muerto no hace mucho tiempo. Dios lo tenga en gloria. (James Leen vació en su estómago gran parte de su cerveza y continuó):
—Os habéis reído de mí y de lo que llamáis mis preocupaciones y ridiculeces. Os perdono porque, francamente, no sospecháis ninguna de las cosas que no comprende nuestra filosofía en el cielo y en la tierra, como dice nuestro maravilloso William. No sabéis que he sufrido mucho, que sufro mucho, aun las más amargas torturas, a causa de vuestras risas… Sí, os repito: no puedo dormir sin luz, no puedo soportar la soledad de una casa abandonada; tiemblo al ruido misterioso que en horas crepusculares brota de los boscajes en un camino; no me agrada ver revolar un mochuelo o un murciélago; no visito, en ninguna ciudad, los cementerios; me martirizan las conversaciones sobre asuntos macabros, y cuando las tengo, mis ojos aguardan para cerrarse, al amor del sueño, que la luz aparezca.

Tengo horror de… ¡oh Dios! de la muerte. Jamás me harían permanecer en una casa donde hubiese un cadáver, así fuese el de mi más amado amigo. Mirad: esa palabra es la más fatídica de las que existen en cualquier idioma: cadáver. Os habéis reído, os reís de mí: sea. Pero permitidme que os diga la verdad de mi secreto. Yo he llegado a la República Argentina, prófugo, después de haber estado cinco años preso, secuestrado  miserablemente por el doctor Leen,  mi padre, el cual,  si era  un  gran sabio, sospecho que era un gran bandido. Por orden suya fui llevado a la casa de salud; por orden suya, pues, temía quizás que algún día me revelase lo que él pretendía tener oculto. Lo que vais a saber, porque ya me es imposible resistir el silencio por más tiempo.
Os advierto que no estoy borracho. No he sido loco. Él ordenó mi secuestro, porque… Poned atención.
(Delgado, rubio, nervioso, agitado por un frecuente estremecimiento, levantaba su busto James Leen, en la mesa de la cervecería en que, rodeado de amigos, nos decía esos conceptos. ¿Quién no le conoce en Buenos Aires? No es un excéntrico en su vida cotidiana. De cuando en cuando suele tener esos raros arranques. Como profesor, es uno de los más estimables en uno de nuestros principales colegios, y, como hombre de mundo, aunque un tanto silencioso, es uno de los mejores elementos jóvenes de los famosos cinderellas dance. Así prosiguió esa noche su extraña narración, que no nos atrevimos a calificar de fumisterie, dado el carácter de nuestro amigo. Dejamos al lector la apreciación de los hechos.)
—Desde muy joven perdí a mi madre, y fui enviado por orden paternal a un colegio de Oxford. Mi padre, que nunca se manifestó cariñoso conmigo, me iba a visitar de Londres una vez al año al establecimiento de educación en donde yo crecía, solitario en mi espíritu, sin afectos, sin halagos. Allí aprendí a ser triste. Físicamente era el retrato de mi madre, según me han dicho, y supongo que por esto el doctor procuraba mirarme lo menos que podía. No os diré más sobre esto. Son ideas que me vienen. Excusad la manera de mi narración.
Cuando he tocado ese tópico me he sentido conmovido por una reconocida fuerza. Procurad comprenderme. Digo, pues, que vivía yo solitario en mi espíritu, aprendiendo tristeza en aquel colegio de muros negros, que veo aún en mi imaginación en noches de luna. ¡Oh cómo aprendí entonces a ser triste! Veo aún, por una ventana de mi cuarto, bañados de una pálida y maleficiosa luz lunar, los álamos, los cipreses —¿por qué había cipreses en el colegio?— y a lo largo del parque, viejos Términos carcomidos, leprosos de tiempo, en donde solían posar las lechuzas que criaba el abominable septuagenario y encorvado rector —¿para qué criaba lechuzas el rector?— Y oigo, en lo más silencioso de la noche, el vuelo de los animales nocturnos y los crujidos de las mesas y una media noche, os lo juro, una voz: James. ¡Oh voz!
Al cumplir los veinte años se me anunció un día la visita de mi padre. Alegréme, a pesar de que instintivamente sentía repulsión por él: alegréme, porque necesitaba en aquellos momentos desahogarme con alguien, aunque fuese con él. Llegó más amable que otras veces, y aunque no me miraba frente a frente, su voz sonaba grave, con cierta amabilidad. Yo le manifesté que deseaba, por fin, volver a Londres, que había concluido mis estudios; que si permanecía más tiempo en aquella casa, me moriría de tristeza. Su voz resonó grave, con cierta amabilidad para conmigo:
—He pensado, cabalmente, James, llevarte hoy mismo. El rector me ha comunicado que no estás bien de salud, que padeces de insomnios, que comes poco. El exceso de estudios es malo, como todos los excesos. Además, quería decirte, tengo otro motivo para llevarte a Londres. Mi edad necesita un apoyo y lo he buscado. Tienes una madrastra, a quien he de presentarte y que desea ardientemente conocerte. Hoy mismo vendrás, pues, conmigo. ¡Una madrastra! Y de pronto se me vino a la memoria mi dulce y blanca y rubia madrecita, que de niño me amó tanto, me mimó tanto, abandonada casi por mi padre, que se pasaba noches y días en su horrible laboratorio, mientras aquella pobre y delicada flor se consumía. ¡Una madrastra!  Iría yo,  pues,  a soportar  la tiranía  de  la nueva esposa del doctor Leen, quizá una espantable bluestocking, o una cruel sabihonda, o una bruja. Perdonad las palabras. A veces no sé ciertamente lo que digo, o quizá lo sé demasiado. No contesté una sola palabra a mi padre, y, conforme con su disposición tomamos el tren que nos condujo a nuestra mansión de Londres.
Desde que llegamos, desde que penetré por la gran puerta antigua, a la que seguía una escalera oscura que daba al piso principal, me sorprendí desagradablemente: no había en casa uno solo de los antiguos sirvientes. Cuatro o cinco viejos enclenques, con grandes libreas flojas y negras, se inclinaban a nuestro paso, con genuflexiones tardías, mudos. Penetramos al gran salón. Todo estaba cambiado: los muebles de antes estaban substituidos por otros de un gusto seco y frío. Tan solamente quedaba en el fondo del salón un gran retrato de mi madre, obra de Dante Gabriel Rossetti, cubierto de un largo velo de crespón.
Mi padre me condujo a mis habitaciones, que no quedaban lejos de su laboratorio. Me dio las buenas tardes. Por una inexplicable cortesía, preguntéle por mi madrastra. Me contestó despaciosamente, recalcando las sílabas con una voz entre cariñosa y temerosa que entonces yo no comprendía:
—La verás luego. Que la has de ver es seguro, James. Adiós.— Ángeles del Señor, ¿por qué no me llevasteis con vosotros? Y tú, madre, madrecita mía? my sweet Lily, ¿por qué no me llevaste contigo en aquellos instantes? Hubiera preferido ser tragado por un abismo o pulverizado por una roca, o reducido a ceniza por la llama de un relámpago.
Fue esa misma noche, sí. Con una extraña fatiga de cuerpo y de espíritu, me había echado en el lecho, vestido con el mismo traje de viaje. Como en un ensueño, recuerdo haber oído acercarse a mi cuarto a uno de los viejos de la servidumbre, mascullando no sé qué palabras y mirándome vagamente con un par de ojillos estrábicos que me hacían el efecto de un mal sueño. Luego vi que prendió un candelabro con tres velas de cera. Cuando desperté a eso de las nueve, las velas ardían en la habitación. Lavéme. Mudéme. Luego sentí pasos, apareció mi padre. Por primera vez, ¡por primera vez!, vi sus ojos clavados en los míos. Unos indescriptibles ojos, os lo aseguro; unos ojos como no habéis visto jamás, ni veréis jamás: unos ojos con una retina casi roja, como ojos de conejo; unos ojos que os harían temblar por la manera especial con que miraban.
—Vamos hijo mío, te espera tu madrastra. Está allá, en el salón. Vamos.
Allá, en un sillón de alto respaldo, como una silla de coro, estaba sentada una mujer.
Ella…
Y mi padre:
— ¡Acércate, mi pequeño James, acércate!
Me acerqué maquinalmente. La mujer me tendía la mano. Oí entonces, como si viniese del gran retrato, del gran retrato envuelto en crespón, aquella voz del colegio de Oxford, pero muy triste, mucho más triste: ¡James!
Tendí la mano. El contacto de aquella mano me heló, me horrorizó. Sentí hielo en mis huesos. Aquella mano rígida, fría, fría. Y la mujer no me miraba. Balbuceé un saludo, un cumplimiento. Y mi padre:
—Esposa mía, aquí tienes a tu hijastro, a nuestro muy amado James. Mírale, aquí le tienes; ya es tu hijo también.— Y me miró. Mis mandíbulas se afianzaron una contra otra. Me poseyó el espanto: aquellos ojos no tenían brillo alguno. Una idea comenzó, enloquecedora, horrible, horrible, a aparecer clara en mi cerebro. De pronto, un olor, olor… ese olor, ¡madre mía! ¡Dios mío! Ese olor — no os lo quiero decir— porque ya lo sabéis, y os protesto: lo discuto aún; me eriza los cabellos.

Y luego brotó de aquellos labios blancos, de aquella mujer pálida, pálida, pálida, una voz, una voz como si saliese de un cántaro gemebundo o de un subterráneo:
—James, nuestro querido James, hijito mío, acércate; quiero darte un beso en la frente, otro beso en los ojos, otro beso en la boca…
No pude más. Grité:
— ¡Madre, socorro! ¡Ángeles de Dios, socorro! ¡Potestades celestes, todas, socorro! ¡Quiero partir de aquí pronto, pronto; que me saquen de aquí!
Oí la voz de mi padre:
— ¡Cálmate, James! ¡Cálmate, hijo mío! Silencio, hijo mío.
—No —grité más alto, ya en lucha con los viejos de la servidumbre. Yo saldré de aquí y diré a todo el mundo que el doctor Leen es un cruel asesino; que su mujer es un vampiro; ¡que está casado mi padre con una muerta!

José Martí

Patriota y escritor cubano, apóstol de la independencia de Cuba, última colonia española en América. El hecho de haber muerto en la batalla lo transformó en el mártir de las aspiraciones cubanas a la independencia.
Nació en el seno de una modesta familia española en la Habana, el 28 de enero de 1853, donde recibió su educación primaria. Fue discípulo de Mendive y de Luz y Caballero. A los 16 años por sus ideas revolucionarias fue condenado a seis años de prisión. Con la salud quebrantada, fue indultado y confinado en la isla de Pinos. Deportado a España en 1871, publicó El presidio político en Cuba, el primero de muchos folletos que abogaban por la independencia cubana de España y La República Española ante la Revolución Cubana. Terminó su educación en la Universidad de Zaragoza; donde en 1874 se licenció en Derecho y Filosofía y Letras. Años más tarde, vivió su destierro en Francia, en 1875 se trasladó a México donde se casó con Carmen Zayas Bazán, y en 1877 fue a Guatemala, donde enseñó por un tiempo en la Universidad Nacional.
Volvió a Cuba en 1878 pero fue desterrado nuevamente en 1879 por sus continuas actividades revolucionarias. Se trasladó a EE.UU. donde vivió entre 1881 y 1895 en Nueva York, ejerció el periodismo y fundó en 1892 el Partido Revolucionario Cubano, del que fue elegido delegado para la organización de la lucha independentista. Fue ese año cuando fundó su diario, "Patria".
En 1895 en la isla de Santo Domingo redactó el Manifiesto de Montecristi, en el que predicó la guerra sin odio, y que firmó con Máximo General Gómez y Báez, el héroe de la independencia cubana. Desembarcó con éste en Playitas, en el este de Cuba, donde murió un mes más tarde, el 19 de mayo de 1895, durante una escaramuza con tropas españoles en Dos Ríos.
Como escritor Martí fue un precursor del modernismo iberoamericano. Sus escrituras incluyen numerosos poemas, "Ismaelillo" (1882), "Versos sencillos" (1891) y "Versos libres" (1892), la novela "Amistad funesta" (1885) y ensayos.
En 1889 fundó y dirigió la revista para niños "La edad de oro" donde publicó un texto sobre San Martín. Se destacó por su estilo fluido, simple y sus vívidas imágenes personales. Sus Obras Completas, formadas por 73 volúmenes, se publicaron desde 1936 a 1953.

Lecturas        


Cultivo una Rosa Blanca

Cultivo una rosa blanca
En junio como en enero,
Para el amigo sincero,

Que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo,
Cardo ni ortiga cultivo
cultivo una rosa blanca.

La Niña de Guatemala

Eran de lirios los ramos;
y las orlas de reseda
y de jazmín; la enterramos
en una caja de seda...

Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor;
él volvió, volvió casado;
ella se murió de amor.

Iban cargándola en andas
obispos y embajadores;
detrás iba el pueblo en tandas,
todo cargado de flores...

Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador;
él volvió con su mujer,
ella se murió de amor.

Como de bronce candente,
al beso de despedida,
era su frente -¡la frente
que más he amado en mi vida!...

Se entró de tarde en el río,
la sacó muerta el doctor;
dicen que murió de frío,
yo sé que murió de amor.

Allí, en la bóveda helada,
la pusieron en dos bancos:
besé su mano afilada,
besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
me llamó el enterrador;
nunca más he vuelto a ver
a la que murió de amor.


Proyecciones del Modernismo
Además de constituir el estadio previo e inevitable en el trayecto que conduce a la conformación de los modos escriturales propiamente contemporáneos, el hecho de la escritura modernista se liga íntimamente, en Hispanoamérica, a la irrupción de medios gráficos de alcance masivo (periódicos, ‘magazines’ o semanarios ilustrados, sobre todo) que obran de magnífico soporte y contribuyen a difundirla a escalas hasta entonces impensadas. Asimismo, y como obligado correlato de los anteriores procesos en la esfera de la recepción, la aparición de un público numeroso, el cual demanda constante verse reflejado en aquellas producciones escriturales determinará la emergencia de un fenómeno sociocultural contundente: la génesis y posterior consolidación de la figura del escritor profesional.
En lo que respecta al género narrativo propiamente dicho, es notable cómo los requerimientos de un público cada vez más ávido de novedades, por una parte, y las rigurosas modalidades de producción de los medios de consumo, por otra, repercuten de manera directa en el contenido y la forma de cada manifestación textual concreta. Así, no resultará sorprendente que el cuento de raíz modernista se caracterice por aunar la variedad temática más audaz con modos expresivos sujetos a una economía sumamente estricta.
El caso puntual de Rubén Darío demuestra ser elocuente. Al repasar muchas de sus producciones narrativas no recogidas en libro y, específicamente, las de sesgo fantástico, se comprueba fácilmente que, en los años que van de 1893 a 1915, la heterogeneidad temática pareciera ser la constante: milagros de raíz bíblica no desprovistos de ribetes alegóricos; vampirismo, magia negra y demás abominaciones de contornos demoníacos; pesadillas cientificistas; alucinadas previsiones catastróficas; devaneos ocultistas de claro sesgo teosofista tan a la moda por aquellos años, tales como, por ejemplo, los que posibilita el tópico de la reencarnación; recreaciones de mitos clásicos o de ascendencia precolombina; leyendas populares, etc., son motivos convergentes en la serie que aquellos cuentos conforman.
En lo que toca a la economía de recursos, resulta notable la manera en que estos relatos plantean una situación, muchas veces no desprovista de ambiguas complejidades, a fin de resolverla con efectividad en espacios que, como mucho, no sobrepasan las dos mil quinientas palabras. La extrema parquedad en la conformación del producto literario, si es que cabe la expresión, se halla estrechamente vinculada, en primera instancia, a los modos de producción en serie propios de los medios que les servían de soporte; paralelamente, sin embargo, esas formas despojadas de construir relatos irán estableciendo vínculos cada vez más profundos con la que llegará a ser la modalidad narrativa central del siglo XX: la cinematografía.
Los cuentos de la madurez de Horacio Quiroga, son una clara muestra de este proceso complicado y no siempre evidente. Precisamente este escritor, cuyas quejas hacia la tiranía de los modos de producción propios de los medios gráficos donde se ganaba la vida son harto conocidas por todos, comienza, a partir de 1906, a replantear su narrativa sobre la base de recursos tales como la discontinuidad en el plano temporal, el corte abrupto y la consecuente fragmentación, la construcción de la historia mediante secuencias paralelas y alternadas, el delineado de un carácter mediante dos o tres acciones fundamentales, etc. Técnicas todas que el cine, sobre todo el primero, habría de explorar sostenidamente por esos mismos años.
            
Trabajo práctico

1.        ¿Cuántos narradores interactúan en este relato? Caracterízalos.
2.        El cuento, además, utiliza marcas gráficas para diferenciar las voces narrativas. ¿Cuáles son esas marcas?
3.        Asimismo, la narración se articula en dos tiempos fundamentales. ¿Cuáles son ellos? ¿Qué acontecimientos tienen lugar en cada uno? Parejamente, la disposición espacial también opta por la dualidad.  ¿Dónde se sitúan los dos espacios fundamentales? Sin embargo, el relato a cargo de James Leen alude a otros espacios más específicos. ¿Cuáles son ellos?
4.        ¿Qué rasgos connotativos semejantes poseen el colegio de Oxford y el caserón familiar?
5.        Intenta establecer una correspondencia entre las dualidades en torno a las que se articulan las instancias narrativa, temporal y espacial en la obra.
6.        En lo que se refiere al aspecto semántico, el cuento opone, por un lado, los Sentimientos al Conocimiento. ¿Qué personajes se ubican en el campo del conocimiento? ¿Qué unidades semánticas dadas por el cuento asociarías a este campo? En cambio, ¿a cuáles personajes insertarías en el campo de los sentimientos?


Reconfiguración del panorama cultural de Latinoamérica
La generación del Centenario

Hacia 1910 nace la denominada "generación del Centenario". Un componente importante dentro del clima ideológico de ese momento es el hispanismo: el espíritu de conciliación hacia España y la herencia española que tomó auge particularmente después de la guerra hispano-norteamericana, abre paso a una nueva visión del pasado y alimenta el mito de la raza. Esta nueva actitud aparece tanto en La restauración nacionalista (1922), de Ricardo Rojas, como en El solar de la raza (1913), de Manuel Gálvez, donde señala que "ha llegado ya el momento de sentirnos argentinos, de sentirnos americanos y sentirnos en último término españoles, puesto que a la raza pertenecemos".
El otro componente es el nacionalismo cultural que, en el marco de una modernización, secularización e inmigración crecientes, lleva a la búsqueda de una tradición nacional propiamente literaria. Representantes de la reacción nacionalista son Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones y Manuel Gálvez. Estas tendencias encuentran su momento de cristalización a partir del establecimiento del Martín Fierro de José Hernández como texto fundador de la nacionalidad.
A partir de esta lectura, el gaucho deja de ser el representante de una realidad bárbara que hay que dejar atrás en la marcha hacia la civilización, y se convierte en el símbolo con el que se trama una tradición nacional que el mismo progreso y la inmigración amenazan con disolver. La búsqueda por una identidad nacional lleva, desde diferentes sectores, a una revalorización del Martín Fierro, cuyo punto de condensación son las conferencias de Lugones de 1913, publicadas en 1916 bajo el título El Payador. Lugones da respuesta a una pregunta que formaba parte de las preocupaciones que anidaban en el espíritu del centenario acerca de la existencia de un poema épico que condensara y resumiera el principio original de la nacionalidad, dado que encuentra en el Martín Fierro ese poema épico fundador de la nacionalidad en el cual su héroe —el payador— sintetiza la vida heroica de la raza. Las dos primeras décadas del siglo veinte. 
Las dos primeras décadas del siglo veinte integran en la literatura argentina el período del postmodernismo (no confundir con la Era Postmoderna) o de la "Generación del Centenario", por cuanto este movimiento cultural heterogéneo desarrolló parte de su actividad principal en tiempos de las grandes conmemoraciones patrióticas. En el aspecto de nuestra evolución política se relaciona con la primera presidencia de Yrigoyen. Fue una época de transición entre el ocaso del modernismo, que prolongó una influencia postrera y ciertas formas vanguardistas que más adelante integrarán el movimiento de la revista "Martín Fierro" y el llamado Grupo de Boedo.
Los intelectuales del postmodernismo pudieron dedicarse con intensidad a su vocación literaria y aunque en ellos se adviertan diversas sensibilidades, existió una común línea estética de conservar lo ya logrado y un intento —bien importante, por cierto— de expresar todo lo argentino en una época en que el sentimiento nacional había permanecido olvidado. Esta generación trató de liberarse de los artificios y preciosismos verbales del modernismo, depuró los aportes recibidos y buscó nuevos modos expresivos. Dio origen a un amplio proceso estético, desde preconizar por vez primera un nacionalismo literario —de oposición al europeísmo característico del 80— como parte de un extenso plan proyectado por Ricardo Rojas en la Restauración nacionalista, hasta llegar a una apertura en lo social y psicológico y un retorno a la tradición clásica.
Con un propósito de reivindicación idiomática, los escritores del Centenario bregaron por una lengua mejor y más depurada —particularmente en la expresión escrita— y se opusieron al voseo y todo intento de bastardeo lingüístico. Consideraron a España como la fuente auténtica del idioma, que en nuestro medio había sufrido la influencia de las expresiones gauchescas y lunfardas. En este movimiento de nacionalismo castizo se enrolaron —entre otros — Ricardo Rojas, Baldomero Fernández Moreno, Arturo Capdevila, Manuel Gálvez y Roberto Giusti.
La poesía continuó bajo la tutela del lirismo modernista, aunque se ensayaron nuevas formas, con un ansia de libertad tendiente a alcanzar un arte puro. Tampoco se abandonaron las auténticas corrientes clásicas y románticas.
La novela se mantuvo dentro de las corrientes realistas, en particular francesas. Su más destacado representante fue Roberto Payró —que tradujo a Emilio Zola— seguido también por Manuel Gálvez en alguno de sus libros, entre ellos el titulado La maestra normal. El realismo se expresó en la novela de costumbres campesinas con Benito Lynch.
La temática de la ciudad alcanzó un primer plano ante una generación que pudo observar la hipertrofia de Buenos Aires, con su cosmopolitismo de "ciudad-babel". El desmesurado crecimiento de la urbe porteña inspiró a los escritores en los más variados enfoques. El arrabal y los prototipos del suburbio, los temas referentes a la "mala vida", a los conventillos y vicios propios del hacinamiento que fueron expresados con realismo por Evaristo Carriego, Manuel Gálvez y Héctor Pedro Blomberg, entre otros.
La literatura de imaginación se enroló de preferencia en la cuestión social del hombre frente al mundo que lo rodea, pero no sólo en el aspecto urbano sino también rural. Dentro de un tono redentor, irónico, sentimental y hasta didáctico, se realizó una atenta descripción de la miseria entre los desheredados de las ciudades y la angustia del campesino ante la explotación rural.
Debido a su brevedad, el cuento alcanzó buena difusión y fue apoyado por un público constante, lector de diarios y revistas. En este género se destacó, con un marcado acento de tragedia y fatalidad, el rioplatense Horacio Quiroga, nacido en Uruguay pero que escribió y publicó toda su obra en la Argentina.

Horacio Quiroga y la narrativa criollista

Horacio Quiroga es quizás el mayor cuentista de la literatura latinoamericana en lengua castellana. Nació en Salto, República Oriental del Uruguay, en 1878. Era hijo del vicecónsul argentino. Realizó sus estudios secundarios en Montevideo. Se interesó por el ciclismo, la química, la fotografía y el periodismo y la literatura. En su juventud viajó a Europa; luego volvió a Montevideo, y posteriormente se trasladó a Buenos Aires, a casa de su hermana.
Comenzó a trabajar como profesor de castellano en el Colegio Británico. Publicó algunos libros, pues para ese entonces había logrado algunos premios.
Alrededor de 1904, con una herencia paterna, se trasladó a la Provincia de Chaco para encarar una plantación de algodón. Fracasado este intento, regresó a Buenos Aires a desempeñarse nuevamente en la docencia, recomendado por su amigo y eximio poeta, Leopoldo Lugones, con quien había realizado un viaje de estudios a las misiones guaraníticas.
En 1906 compró unas fracciones de tierras en Misiones, en los alrededores de San Ignacio, con planes accesibles que brindaba el Gobierno Nacional. Se radicó allí con su esposa Ana M. Cirés. Allí fue Juez de Paz y oficial del Registro Civil de esa Provincia. Al suicidarse su esposa, regresó a Buenos Aires. Se desempeñó en un empleo del Consulado uruguayo en Argentina.
Publicó algunos libros. Y al tiempo de contraer nuevamente matrimonio con María E. Bravo, se trasladó nuevamente a Misiones con su familia (en 1932). Allí vivió unos cuatro o cinco años, hasta que quedó solo en la selva y enfermó.
Regresó a Buenos Aires a internarse en el Hospital de Clínicas, y al enterarse de su enfermedad: cáncer de próstata, puso fin a su vida en ese Hospital, voluntariamente, en 1937. Entre sus libros de cuentos más conocidos se encuentran: "Cuentos de amor, de locura y de muerte" (1917), "El desierto"(1924), " La gallina degollada y otros cuentos" (1925), "Los desterrados" (1926). También son libros de su autoría: "Cuentos de la selva" y "Los cuentos de mis hijos".
El cuento criollista
El criollismo es un movimiento en contra de la escuela modernista. Algunos escritores criollistas comenzaron como modernistas. Dejan el preciosismo para volver los ojos a la tierra, lo nativo y lo cotidiano. No imitan lo español como los costumbristas. No imitan lo francés o lo de otras culturas “exóticas” como los modernistas. Tratan de crear formas nuevas, americanas. Dan expresión a temas nativos o criollos. Han aprendido de la estilística de los modernistas: sus escritos siguen un estilo refinado. Han aprendido de la técnica realista: a diferencia de los modernistas, imitan la realidad.
Los criollistas dan expresión a lo americano como lo hace Horacio Quiroga:
-hacen uso del paisaje
-hacen uso de las costumbres
-hacen uso de los personajes
-hacen uso del lenguaje nativo pero sin caer en lo costumbrista como el lenguaje popular.
-no hacen uso del folklore
-no hacen una pintura de lo americano como fin primordial de la narración
-el lenguaje, el paisaje, las costumbres de los personajes entran a formar parte integrante de la t rama, desarrollo que le interesa al escritor criollista. El propósito de los criollistas es revelar todas las facetas de la vida americana pero sin dejar de crear una obra de arte. La protesta social nunca llega a formar el centro de estos cuentos. En caso de haber protesta social, es de carácter indirecto, en forma de tesis o propagada.

Lecturas: Decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga

1) Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.
2) Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
3) Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
4) Ten fe ciega, no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
5) No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
6) Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba un viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
7) No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
8) Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
9) No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de reviviría tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
10) No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento.

Actividades
1- ¿Cómo describirías el estilo de Horacio Quiroga? ¿Por qué te parece que hablamos de criollismo cuando vemos su obra?
2- Elige uno de los cuentos y analiza la trama (personajes, acción principal, desenlace). ¿Puedes relacionarlo con algún autor que hayas leído antes? Si es así ¿con cuál?
3- Escribe tus propias reglas del buen cuentista, tomando como base el Decálogo del perfecto cuentista de Quiroga.

La transición del Modernismo a la Vanguardia

En la primera década del siglo veinte la literatura hispanoamericana comienza a dar síntomas de un cambio de rumbo. Se produce ya una renovación en la temática. La mirada de escritores como Amado Nervo, Guillermo Valencia, Leopoldo Lugones o José Santos Chocano, se centró en la intimidad y en lo cotidiano, y a la vez, de la mano de una preocupación americanista cada vez más acentuada, descubrió la vasta geografía del nuevo mundo. La poesía se enriqueció así de matices nacionales o regionales, empezó a indagar en la esencia de lo americano, trató de contribuir a su definición. También en estos años se aprecia un cansancio ya de las formas del modernismo. En 1911 el poeta mejicano Ernesto González Martínez condena los aspectos más ornamentales de la corriente, con un verso que se haría famoso: “Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje”. Se procede a una depuración de una retórica que se estimaba decorativa y superflua, determinada por un cosmopolitismo frívolo, que ahora, como hemos visto, se trataba de desterrar. Aún pervivirá durante unos años la estela del Modernismo; pero, en torno a 1920 la poesía irá ya por otros caminos. Por lo pronto, hay que señalar dos direcciones paralelas: una que se orienta hacia una lírica más sencilla y humana; otra que se suma a las corrientes vanguardias.
Una poesía más sencilla y humana
Ya en algunos de los seguidores de Rubén Darío se apreciaba, frente a la temática cosmopolita, una preferencia por los temas autóctonos y, a la par, un mayor cultivo de los problemas íntimos. Por otro lado, se frenan los esplendores formales en pro de una expresión más sencilla, más directamente humana. Por este camino destacan, ante todo, ciertos “posmodernistas”, como el argentino Baldomero Fernández Moreno y el mejicano Ramón López Velarde. Pero este apartado, llama poderosamente la atención el nutrido número de poetisas destacables: citaremos sólo a tres, aunque la nómina es amplísima:

Alfonsina Storni
La obra poética de esta argentina evoluciona desde el intimismo próximo a Bécquer hasta un simbolismo más hermético. Sus libros iniciales (La inquietud del rosal, El dulce daño...) siguen la estela de la sencillez expresiva y la vida sentimental como único tema. Más tarde (Ocre, Poema de amor, Mascarilla y trébol) los textos se vuelven más difíciles y asoman preocupaciones religiosas, próximas al esoterismo.
Siempre planea sobre su sentir poético la sombra de la fatalidad. El suicidio de la poetisa acabó por dar cumplimiento a su destino.

Juana de Ibarbourou
Esta poetisa uruguaya alternó los libros de versos (Lenguas de diamante, La rosa de los vientos...) con las prosas
poéticas (El cántaro fresco, Estampas de la Biblia…) y las narraciones líricas (Chico Carlo, Juan soldado). Es tan extensa obra, que no es posible comentar con detalle, se puede observar una natural y lógica evolución. Los primeros poemarios tienen un acento sensual, de entusiasmo por la naturaleza y por el propio ser. La poetisa se extasía ante las maravillas del mundo y las usa como marco y metáfora de su propia vitalidad amorosa y oferente. En los libros de madurez y vejez ese hedonismo exultante se atempera, se impregna de religiosidad y de un epicureísmo melancólico pero no amargo. Sobre la belleza del mundo planea la sombra liberadora de la muerte.

Gabriela Mistral (seudónimo de Lucila Godoy)
Poetisa chilena que recibió el premio Nobel en 1945. Autodidacta, maestra, diplomática, participó en la política educativa de su país. Su poesía busca, por  encima de todo, la sencillez y la claridad; es fruto de un arrebato espontáneo; no en vano sería la promotora del movimiento literario denominado Sencillismo. Se inspira en el canto a las cosas humildes, a la naturaleza, a los niños. Reivindica la hermandad americana. Se da a conocer con Sonetos de la muerte, nacidos de un trágico episodio personal: el suicidio del hombre al que amaba, que ya la había abandonado hacía tiempo.
Estos textos se integrarían en su primer libro: Desolación, que expresa un sentimiento amoroso transido de dolor. Aflora la tristeza de la mujer que no ha llegado a ser madre. Ternura, su segundo poemario, recorta las aristas de la pasión y dirige su amor hacia los niños y la naturaleza. La espiritualidad, la religiosidad sustituyen a la vehemencia anterior. En los libros que siguen, Tala y Lagar, se ahonda en estos sentimientos poéticos. En el primero, junto a otros motivos ya conocidos, expresa su sufrimiento y soledad tras la muerte de su madre. El último está presidido por el presentimiento de la muerte y la conciencia de la vejez. SU obra lírica viene a ser una serie de variaciones, al compás de los tiempos, sobre un único tema: el amor y la vida. Es un exponente, sencillo y accesible a amplias capas de lectores, del proceso de interiorización del Posmodernismo.
En esta línea de poesía humana habrá que situar (como veremos) los primeros libros de Neruda.

La vanguardia
Hacia fines de los años 20, la creciente politización de la cultura latinoamericana reintrodujo la polémica sobre el significado y el uso de la palabra «vanguardia» mediante la clásica oposición del «arte por el arte» y el «arte comprometido». En realidad, la controversia no se da en torno de la utilización específica del término sino en el sentido más amplio de una definición del propio estatuto del arte.
Inicialmente restringido al vocabulario militar del siglo XIX, acepción todavía prioritaria en los artículos de los diccionarios, el término «vanguardia» acaba adquiriendo en Francia un sentido figurado en el área política. Según Donald Drew Egbert, para Saint-Simon «el arte debería dedicarse a alcanzar fines sociales y de ahí sería necesariamente funcional, utilitario, didáctico y finalmente, comprensible». Al mismo tiempo en que las facciones anarquistas y comunistas se apropiaban del término «vanguardia», como sinónimo de una actitud partidaria capaz de transformar a la sociedad, el surgimiento de los ismos europeos dio un gran margen para la experimentación artística, desvinculándola, en mayor o en menor grado, de todo pragmatismo social. Y aunque las vanguardias artísticas tenían como denominador común la oposición a los valores del pasado y a los cánones artísticos establecidos por la burguesía del siglo XIX y comienzos del XX, ellas se distinguieron no sólo por las diferencias formales y por las reglas de la composición, sino por su toma de posición ante las cuestiones sociales.
En este sentido, el expresionismo alemán y el surrealismo francés, situados al inicio y al final del período de las vanguardias, respectivamente, a pesar de estar muy diferenciados en otros aspectos, tienen como factor semejante su preocupación social. Pero en el expresionismo es una reacción ante los horrores de la Primera Guerra Mundial y en el surrealismo apunta hacia la utopía de la transformación del hombre a través de la liberación de las fuerzas del inconsciente. «Nada les es más extraño que la fórmula del arte por el arte», dice José Carlos Mariátegui en relación a lo último. Por otra parte, el futurismo toma la delantera de todos los ismos como violenta reacción contra la burguesía de la época, contra el arte museológico y contra todo parámetro pasatista. El intento de abolir el tiempo y la distancia aproxima al futurismo italiano con el simultaneísmo y el multiperspectivismo propuestos por los cubistas de la década del 10. El dadaísmo, que también fue una reacción ante la Primera Guerra Mundial, actúa de modo diferente: por el nihilismo, por el humor, por la auto-irrisión y por la autodestrucción.
La tensión resultante del enfrentamiento entre «vanguardia política» y «vanguardia artística» produce diversas influencias en la producción cultural de los años 20, que varían de acuerdo con el momento, los contextos y las experiencias individuales de los fundadores de los movimientos. Las causas, la producción y el consumo cultural son elementos dinámicos, en cambio permanente. No es posible limitar la vanguardia a un perfil estético único, como tampoco se puede generalizar esquematizando un cuadro maniqueísta del tipo «izquierda» versus «derecha», como hace Pedro Henríquez Ureña cuando reseña en la revista Valoraciones de La Plata la Antología de la poesía argentina moderna (1926) organizada por Julio Noé. En esta reseña hay un ejemplo interesante de esas variantes: Leopoldo Lugones pasa de la categoría de «extrema izquierda» a la de «capitán de las derechas».
Estos cambios ideológicos explican la existencia, por ejemplo, de más de un Borges, de más de un Neruda, de más de un Vallejo. El primer Borges, aquel que vivió en Europa desde 1914 hasta 1921 y que se sintió muy afectado por la Primera Guerra Mundial, se compromete con la estética expresionista y se sumerge en la obsesión vanguardista por la nueva metáfora. El regreso a Buenos Aires le hace descubrir la ciudad natal, su lenguaje y sus tradiciones. Aparece entonces un segundo Borges empeñado en negar al primero y en reafirmar sus orígenes, como queda claro en sus primeros libros de poemas - Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929)-y en el libro de ensayos Evaristo Carriego (1930).

Actividades
1- ¿Qué temáticas desarrolla cada una de las expresiones artísticas anteriores?
2- ¿Consideras que estas dos autoras se encuadran dentro de la corriente más humana de la lírica o
en las vanguardias estéticas? Justifica tu respuesta.
3- Escoge uno de los tres textos y reescríbelo en prosa.

Pablo Neruda
Neftalí Ricardo Reyes Basoalto (quien escribiría posteriormente con el seudónimo de Pablo Neruda) nació en Parral el año 1904, hijo de don José del Carmen Reyes Morales, obrero ferroviario y doña Rosa Basoalto Opazo, maestra de escuela, fallecida poco años después del nacimiento del poeta.
En 1906 la familia se traslada a Temuco donde su padre se casa con Trinidad Candia Marverde, a quién el poeta menciona en diversos textos como Confieso que he vivido y Memorial de Isla Negra con el nombre de Mamadre. Realiza sus estudios en el Liceo de Hombres de esta ciudad, donde también publica sus primeros poemas en el periódico regional La Mañana. En 1919 obtiene el tercer premio en los Juegos Florales de Maule con su poema Nocturno ideal.
En 1921 se radica en Santiago y estudia pedagogía en francés en la Universidad de Chile, donde obtiene el primer premio de la fiesta de la primavera con el poema La canción de fiesta, publicado posteriormente en la revista Juventud. En 1923, publica Crepusculario, que es reconocido por escritores como Alone, Raúl Silva Castro y Pedro Prado. Al año siguiente aparece en Editorial Nascimento sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, en el que todavía se nota una influencia del modernismo. Posteriormente se manifiesta un propósito de renovación formal de intención vanguardista en tres breves libros publicados en 1926: El habitante y su esperanza; Anillos (en colaboración con Tomás Lagos) y Tentativa del hombre infinito.
En 1927 comienza su larga carrera diplomática cuando es nombrado cónsul en Rangún, Birmania. En sus múltiples viajes conoce en Buenos Aires a Federico García Lorca y en Barcelona a Rafael Alberti. En 1935, Manuel Altolaguirre le entrega la dirección a Neruda de la revista Caballo verde para la poesía en la cual es compañero de los poetas de la generación del 27. Ese mismo año aparece la edición madrileña de Residencia en la tierra.
En 1936 al estallar la guerra civil española, muere García Lorca, Neruda es destituido de su cargo consular, y escribe España en el corazón. En 1945 obtiene el premio Nacional de Literatura. En 1950 publica Canto General, texto en que su poesía adopta una intención social, ética y política. En 1952 publica Los versos del capitán y en 1954 Las uvas y el viento y Odas elementales. En 1958 aparece Estravagario con un nuevo cambio en su poesía. En 1965 se le otorga el título de doctor honoris causa en la Universidad de Oxford, Gran Bretaña. En octubre de 1971 recibe el Premio Nobel de Literatura.
Muere en Santiago el 23 de septiembre de 1973. Póstumamente se publicaron sus memorias en 1974, con el título Confieso que he vivido.


Alturas de Macchu Picchu XII

Sube a nacer conmigo, hermano.
Dame la mano desde la profunda
zona de tu dolor diseminado.
No volverás del fondo de las rocas.
No volverás del tiempo subterráneo.
No volverá tu voz endurecida.
No volverán tus ojos taladrados.
Mírame desde el fondo de la tierra,
labrador, tejedor, pastor callado:
domador de guanacos tutelares:
albañil del andamio desafiado:
aguador de las lágrimas andinas:
joyero de los dedos machacados:
agricultor temblando en la semilla:
alfarero en tu greda derramado:
traed a la copa de esta nueva vida
vuestros viejos dolores enterrados.
Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,
decidme: aquí fui castigado,
porque la joya no brilló o la tierra
no entregó a tiempo la piedra o el grano:
señaladme la piedra en que caísteis
y la madera en que os crucificaron,
encendedme los viejos pedernales,
las viejas lámparas, los látigos pegados
a través de los siglos en las llagas
y las hachas de brillo ensangrentado.
Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.
A través de la tierra juntad todos
los silenciosos labios derramados
y desde el fondo habladme toda esta larga noche
como si yo estuviera con vosotros anclado,
contadme todo, cadena a cadena,
eslabón a eslabón, y paso a paso,
afilad los cuchillos que guardasteis,
ponedlos en mi pecho y en mi mano,
como un río de rayos amarillos,
como un río de tigres enterrados,
y dejadme llorar, horas, días, años,
edades ciegas, siglos estelares.
Dadme el silencio, el agua, la esperanza.
Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.
Hablad por mis palabras y mi sangre.

Vals

Yo toco el odio como pecho diurno, yo sin
cesar, de ropa en ropa vengo durmiendo
lejos.
No soy, no sirvo, no conozco a nadie, no
tengo armas de mar ni de madera, no vivo
en esta casa.
De noche y agua está mi boca llena.
La duradera luna determina
lo que no tengo.
Lo que tengo está en medio de las olas.
Un rayo de agua, un día para mí:
un fondo férreo.
No hay contramar, no hay escudo, no hay traje, no hay
especial solución insondable, ni párpado vicioso.
Vivo de pronto y otras veces sigo.
Toco de pronto un rostro y me asesina.
No tengo tiempo.
No me busquéis entonces descorriendo el
habitual hilo salvaje o la sangrienta
enredadera.
No me llaméis: mi ocupación es ésa.
No preguntéis mi nombre ni mi estado.
Dejadme en medio de mi propia luna,
en mi terreno herido.

La canción desesperada

Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy.
El río anuda al mar su lamento obstinado.
Abandonado como los muelles en el alba.
Es la hora de partir, oh abandonado!
Sobre mi corazón llueven frías corolas.
Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos!
En ti se acumularon las guerras y los vuelos.
De ti alzaron las alas los pájaros del canto. Todo te lo tragaste, como la lejanía. Como el
mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio! Era la alegre hora del asalto y el beso. La
hora del estupor que ardía como un faro. Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego, turbia
embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio! En la infancia de niebla mi alma alada y
herida.
Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!
Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo.
Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio!
Hice retroceder la muralla de sombra,
anduve más allá del deseo y del acto.
Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí,
a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto.
Como un vaso albergaste la infinita ternura,
y el infinito olvido te trizó como a un vaso.
Era la negra, negra soledad de las islas,
y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos.
Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta.
Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro.
Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme
en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos!
Mi deseo de ti fue el más terrible y corto,
el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido.
Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas,
aún los racimos arden picoteados de pájaros.
Oh la boca mordida, oh los besados miembros,
oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.
Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo
en que nos anudamos y nos desesperamos.
Y la ternura, leve como el agua y la harina. Y la palabra apenas comenzada en los labios.
Ese fue mi destino y en él viajó mi anhelo,
y en él cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio!
Oh, sentina de escombros, en ti todo caía,
qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron!
De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste.
De pie como un marino en la proa de un barco.
Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes.
Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo.
Pálido buzo ciego, desventurado hondero,
descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!
Es la hora de partir, la dura y fría hora
que la noche sujeta a todo horario.
El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa.
Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.
Abandonado como los muelles en el alba.
Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.
Ah, más allá de todo. Ah, más allá de todo.
Es la hora de partir. Oh, abandonado!



Actividades
1- ¿Cómo se representa a la mujer amada en La Canción Desesperada?
2- ¿De qué se lamenta el yo en “Poema 20”? ¿Qué elementos modernistas y posmodernistas se encuentran en esta composición?
3- ¿A qué se refiere el poeta en Vals? ¿Cómo lo relacionarías con una metáfora del hombre moderno?
4- ¿Qué relación hay entre la angustia del yo lírico y la invitación al interlocutor en la sección XII del poema? ¿Cómo se cruzan las líneas sociales y líricas en esta sección? 

Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges procedía de una familia de próceres que contribuyeron a la independencia del país. Su antepasado, el coronel Isidro Suárez, había guiado a sus tropas a la victoria en la mítica batalla de Junín; su abuelo Francisco Borges también había alcanzado el rango de  coronel.
Pero fue su padre, Jorge Borges Haslam, quien rompiendo con la tradición familiar se empleó como profesor de psicología e inglés. Estaba casado con la delicada Leonor Acevedo Suárez, y con ella y el resto de su familia abandonó la casa de los abuelos donde había nacido Jorge Luis y se trasladó al barrio de Palermo, a la calle Serrano 2135, donde creció el aprendiz de escritor teniendo como compañera de juegos a su hermana Norah.
En aquella casa ajardinada aprendió Borges a leer inglés con su abuela Fanny Haslam y, como se refleja en tantos versos, los recuerdos de aquella dorada infancia lo acompañarían durante toda su vida. Apenas con seis años confesó a sus padres su vocación de escritor, e inspirándose en un pasaje del Quijote redactó su primera fábula cuando corría el año 1907: la tituló La visera fatal. A los diez años comenzó ya a publicar, pero esta vez no una composición propia, sino una brillante traducción al castellano de El príncipe feliz de Oscar Wilde.
En el mismo año en que estalló la Primera Guerra Mundial, la familia Borges recorrió los inminentes escenarios bélicos europeos, guiados esta vez no por un admirable coronel, sino por un ex profesor de psicología e inglés, ciego y pobre, que se había visto obligado a renunciar a su trabajo y que arrastró a los suyos a París, a Milán y a Venecia hasta radicarse definitivamente en la neutral Ginebra cuando estalló el conflicto.
Borges era entonces un adolescente que devoraba incansablemente la obra de los escritores franceses, desde los clásicos como Voltaire o Víctor Hugo hasta los simbolistas, y que descubría maravillado el expresionismo alemán, por lo que se decidió a aprender el idioma descifrando por su cuenta la inquietante novela de Gustav Meyrink El golem.
Hacia 1918 lee asimismo a autores en lengua española como José Hernández, Leopoldo Lugones y Evaristo Carriego y al año siguiente la familia pasa a residir en España, primero en Barcelona y luego en Mallorca, donde al parecer compuso unos versos, nunca publicados, en los que se exaltaba la revolución soviética y que tituló Salmos rojos.
En Madrid trabará amistad con un notable políglota y traductor español, Rafael CansinosAssens, a quien extrañamente, a pesar de la enorme diferencia de estilos, proclamó como su maestro.
Conoció también a Valle Inclán, a Juan Ramón Jiménez, a Ortega y Gasset, a Ramón Gómez de la Serna, a Gerardo Diego... Por su influencia, y gracias a sus traducciones, fueron descubiertos en España los poetas expresionistas alemanes, aunque había llegado ya el momento de regresar a la patria convertido, irreversiblemente, en un escritor.
De regreso en Buenos Aires, fundó en 1921 con otros jóvenes la revista Prismas y, más tarde, la revista Proa; firmó el primer manifiesto ultraísta argentino, y, tras un segundo viaje a Europa, entregó a la imprenta su primer libro de versos: Fervor de Buenos Aires (1923). Seguirán entonces numerosas publicaciones, algunos felices libros de poemas, como Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929), y otros de ensayos, como Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza y El idioma de los argentinos, que desde entonces se negaría a reeditar.
Durante los años treinta su fama creció en Argentina y su actividad intelectual se vinculó a Victoria y Silvina Ocampo, quienes a su vez le presentaron a Adolfo Bioy Casares, pero su consagración internacional no llegaría hasta muchos años después. De momento ejerce asiduamente la crítica literaria, traduce con  minuciosidad a Virginia Woolf, a Henri Michaux y a William Faulkner y publica antologías con sus amigos. En 1938 fallece su padre y comienza a trabajar como bibliotecario en las afueras de Buenos Aires; durante las navidades de ese mismo año sufre un grave accidente, provocado por su progresiva falta de visión, que a punto está de costarle la vida.
Al agudizarse su ceguera, deberá resignarse a dictar sus cuentos fantásticos y desde entonces requerirá permanentemente de la solicitud de su madre y de sus amigos para poder escribir, colaboración que resultará muy fructífera. Así, en 1940, el mismo año que asiste como testigo a la boda de Silvina Ocampo y Bioy Casares, publica con ellos una espléndida Antología de la literatura fantástica, y al año siguiente una Antología poética argentina.
En 1942, Borges y Bioy se esconden bajo el seudónimo de H. Bustos Domecq y entregan a la imprenta unos graciosos cuentos policiales que titulan Seis problemas para don Isidro Parodi. Sin embargo, su creación narrativa no obtiene por el momento el éxito deseado, e incluso fracasa al presentarse al Premio Nacional de Literatura con sus cuentos recogidos en el volumen El jardín de los senderos que se bifurcan, los cuales se incorporarán luego a uno de sus más célebres libros, Ficciones, aparecido en 1944.

La obra de Jorge Luis Borges
Borges es sin duda el escritor argentino con mayor proyección universal. Se hace prácticamente imposible pensar la literatura del siglo XX sin su presencia, y así lo han reconocido no sólo la crítica especializada sino además las diversas generaciones de escritores, que vuelven con insistencia sobre sus páginas como si éstas fueran canteras inextinguibles del arte de escribir. Borges fue el creador de una cosmovisión muy singular, sostenida sobre un original modo de entender conceptos como los de tiempo, espacio, destino o realidad. Sus narraciones y ensayos se nutren de complejas simbologías y de una poderosa erudición, producto de su frecuentación de las diversas literaturas europeas, en especial la anglosajona —William Shakespeare, Thomas De Quincey, Rudyard Kipling o Joseph Conrad son referencias permanentes en su obra—, además de su conocimiento de la Biblia, la Cábala judía, las primigenias literaturas europeas, la literatura clásica y la filosofía. Su riguroso formalismo, que se constata en la ordenada y precisa construcción de sus ficciones, le permitió combinar esa gran variedad de elementos sin que ninguno de ellos desentonara.
El primer libro de poemas de Borges fue Fervor de Buenos Aires (1923), en el que ensayó una visión personal de su ciudad, de evidente cuño vanguardista. En 1925 dio a conocer Luna de enfrente y, tres años más tarde, Cuaderno San Martín, poemarios en los que aparece con insistencia su mirada sobre las "orillas" urbanas, esos bordes geográficos de Buenos Aires en los que años más tarde ubicará la acción de muchos de sus relatos.
Puede decirse que en estos primeros libros Borges funda con su escritura una Buenos Aires mítica, dándole espesor literario a calles y barrios, portales y patios. El poeta parece rondar la ciudad como unun cazador en busca de imágenes prototípicas, que luego volcará con maestría en sus versos y prosas.
En 1930 publicó Evaristo Carriego, un título esencial en la producción borgeana. En este ensayo, al tiempo que traza una biografía del poeta popular que da título al libro, se detiene en la invención y narración de diferentes mitologías porteñas, como en la poética descripción del barrio de Palermo.
Evaristo Carriego no responde a la estructura tradicional de las presentaciones biográficas, sino que se sirve de la figura del poeta elegido para presentar nuevas e inéditas visiones de lo urbano, como se manifiesta en capítulos tales como "Las inscripciones de los carros" o "Historia del tango".
Hacia 1932 da a conocer Discusión, libro que reúne una serie de ensayos en los que se pone de manifiesto no sólo la agudeza crítica de Borges sino además su capacidad en el arte de conmover los conceptos tradicionales de la filosofía y la literatura. Además de las páginas dedicadas al análisis de la poesía gauchesca, este volumen integra capítulos que han servido como venero de asuntos de reflexión para los escritores argentinos, tales como "El escritor argentino y la tradición", "El arte narrativo y la magia" o "La supersticiosa ética del lector".
En 1935 aparece Historia universal de la infamia, con textos que el propio autor califica como ejercicios de prosa narrativa y en los que es evidente la influencia de Robert Louis Stevenson y Gilbert Chesterton. Este volumen incluye uno de sus cuentos más famosos, "El hombre de la esquina rosada".
Historia de la eternidad (1936) y, sobre todo, Ficciones (1944) acabaron de consolidar a Borges como uno de los escritores más singulares del momento en lengua castellana. En las páginas de este último libro se despliega toda su maestría imaginativa, plasmada en cuentos como "La biblioteca de Babel", "El jardín de los senderos que se bifurcan" o "La lotería de Babilonia". También pertenece a este volumen "Pierre Menard, autor del Quijote", relato o ensayo—en Borges esos géneros suelen confundirse deliberadamente— en el que reformula con genial audacia el concepto tradicional de influencia literaria.
También de 1944 es Artificios, que incluye su célebre cuento "La muerte y la brújula", en el que la trama policial se conjuga con sutiles apreciaciones derivadas del saber cabalístico, al que Borges dedicó devota atención. El Aleph (1949), volumen de diecisiete cuentos, vuelve a demostrar su maestría estilística y su ajustada imaginación, que combina elementos de la tradición filosófica y de la literatura fantástica. Además del cuento que da título al libro, se incluyen otros como "Emma Zunz", "Deutsches Requiem", "El Zahir" y "La escritura del Dios".  El Hacedor (1960) incluía algunas piezas escritas treinta años antes y sin embargo guardaba una sólida unidad entre todas sus partes, no sólo formal sino también en cuanto a contenidos, siempre alineados en la idea borgeana de que tanto los grandes sistemas de la metafísica como las parábolas y las elucidaciones de la teología son elementos que forman parte del gran mundo de la literatura fantástica.
La obra de Borges se reparte también en un buen número de volúmenes escritos en colaboración, tanto dedicados a la ficción como al ensayo. Engrosan el caudal de sus escritos una gran cantidad de notas de crítica bibliográfica y comentarios de literatura, aparecidos en diferentes publicaciones periódicas argentinas y extranjeras, además de conferencias y entrevistas en las que desplegó con inteligencia y mordacidad sus puntos de vista. Se trata de una parte de su obra que, casi a la misma altura que sus libros considerados mayores, ha sido objeto recurrente de comentario y estudio por parte de la crítica y de numerosas recopilaciones.

Lectura: El otro

El hecho ocurrió el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí.
Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero.
Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien, mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista.
Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y la memoria de Álvaro Melián Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero quería parecerse a la de Álvaro.
La reconocí con horror.
Me le acerqué y le dije:
—Señor, ¿usted es oriental o argentino?
—Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra — fue la contestación.
Hubo un silencio largo. Le pregunté:
— ¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa?
Me contestó que sí.
—En tal caso —le dije resueltamente— usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.
—No —me respondió con mi propia voz un poco lejana.
Al cabo de un tiempo insistió:
—Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris.
Yo le contesté:
—Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo de Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres de volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de Sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balkánicos. No he olvidado tampoco unatardecer en un primer piso en la plaza Dubourg.
—Dufour —corrigió.
—Está bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso?
—No —respondió—. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano.
La objeción era justa. Le contesté:
—Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar.
— ¿Y si el sueño durara? —dijo con ansiedad.
Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije:
—Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera?
Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido:
—Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una hemiplejía; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela había muerto en la misma casa. Unos días antes del fin, nos llamó a todos y nos dijo: "Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente. "Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, ¿en casa cómo están? —Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas.
Vaciló y me dijo:
— ¿Y usted?
No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre. Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros.
Cambié. Cambié de tono y proseguí:
—En lo que se refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterllo. Buenos Aires, hacía mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre Ríos. Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní.
Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era.
—Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski —me replicó no sin vanidad.
—Se me ha desdibujado. ¿Qué tal es?
No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia.
—El maestro ruso —dictaminó— ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma eslava.
Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado. Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido. Enumeró dos o tres, entre ellos El doble.
Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa.
—La verdad es que no —me respondió con cierta sorpresa.
Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos rojos.
— ¿Por qué no? —le dije—. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén Darío y la canción gris de Verlaine.
Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos lo hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época. Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidosy parias.
—Tu masa de oprimidos y de parias —le contesté— no es más que una abstracción. Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentencio algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba. Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento. Nuestra situación era única y, francamente, no estábamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas nuevas; yo en las que corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra imaginación ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años después.
Casi no me escuchaba. De pronto dijo:
—Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges?
No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción:
—Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo.
Aventuró una tímida pregunta:
— ¿Cómo anda su memoria?
Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años; un hombre de más de setenta era casi un muerto. Le contesté:
—Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan. Estudio anglosajón y no soy el último de la clase.
Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño.
Una brusca idea se me ocurrió.
—Yo te puedo probar inmediatamente —le dije— que no estás soñando conmigo. Oí bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde.
Lentamente entoné la famosa línea:
L'hydre univers tordant son corps écaillé d'astres. Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada resplandeciente palabra.
—Es verdad —balbuceó—. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa.
Hugo nos había unido.
Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz.
—Si Whitman la ha cantado —observé— es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho.
Se quedó mirándome.
—Usted no lo conoce —exclamó—. Whitman es capaz de mentir.
Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos.
Éramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el dialogo. Cada uno de los dos era el remendo cricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy.
De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor. Se me ocurrió un artificio análogo.
—Oí —le dije—, ¿tenés algún dinero?
—Sí — me replicó—. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón Jichlinski en el Crocodile.
—Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge, y que hará mucho bien... ahora, me das una de tus monedas.
Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció uno de los primeros. Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y el mismo tamaño. Lo examinó con avidez.
—No puede ser —gritó—. Lleva la fecha de mil novecientos sesenta y cuatro. (Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.)
Todo esto es un milagro —alcanzó a decir— y lo milagroso da miedo. Quienes fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados. No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas.
Hizo pedazos el billete y guardó la moneda.
Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso.
Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos tiempos y en dos sitios.
Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho tarde. Los dos mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme.
— ¿A buscarlo? —me interrogó.
—Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista. Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano. Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. El otro tampoco habrá ido.
He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el encuentro.
El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la imposible fecha en el dólar.

Lectura: Borges y yo
Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndolo todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en suslibros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra.
Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.

Actividades
1— ¿Qué temas predominan en la obra de Borges?
2— ¿Cuál es la posición de Borges acerca de la filosofía, la teología y otros sistemas de pensamiento? ¿Qué papel tiene el mundo de las ideas en sus textos?
3— ¿Qué cualidades de la obra de Borges le han conquistado un puesto permanente en la literatura universal?
4— En Borges y yo ¿Cuál de los dos "personajes" tiene una perversa costumbre de falsear y magnificar? ¿Se refiere el autor a la vida o a la literatura en esta frase?
5— ¿Quién escribió este texto, Borges privado o Borges público?
6— Escribe una frase que explica lo que piensas de Borges después de leer "Borges y yo". Discute esta frase con tus compañeros de clase.
7— ¿Quién es el verdadero narrador de "Borges y yo"? ¿Por qué dices eso?

Realismo mágico

El término realismo mágico nació primero para referirse al arte europeo de entreguerras de la mano del crítico alemán Fran Roh en 1925. Pero pronto empezó a usarse para definir una nueva narrativa hispanoamericana. Ya en los años 30 Borges había hablado de realismo fantástico y más tarde Arturo Uslar Pietri usará el término de realismo mágico para referirse a la narrativa hispanoamericana. Ésta había tenido una etapa realista a principio de siglo que, aunque interesada por la peculiaridad americana, se acercaba a ella desde presupuestos decimonónicos, es decir; desde una estética predominantemente realista. A partir de la década de los cuarenta se produce una renovación en la prosa de la misma manera que antes se había producido en la poesía. Esta renovación se caracteriza precisamente por la atención a la peculiaridad americana desde una estética que aúna el realismo y lo fantástico como forma única de expresar las características del mundo americano. Como Alejo Carpentier, que prefería el término de lo real maravilloso, creía, el realismo puro es incapaz de recoger la asombrosa realidad del mundo americano. Por tanto el realismo mágico es un intento de renovación literaria muy unido a las renovaciones estéticas de las vanguardias europeas, pues aunque se caracteriza por el intento de reflejar la realidad americana, la mayoría de sus autores tienen un gran contacto con el mundo europeo, tanto con las vanguardias poéticas, como con la novela europea más renovadora. En cierta medida la irrupción de la imaginación y de lo fantástico en la prosa hispanoamericana tiene que ver también con la presencia del mundo onírico en la literatura europea de vanguardia y con lo que se ha denominado fantástico moderno cuyo máximo representante sería Franz Kafka, y sus principales herederos en Hispanoamérica Julio Cortázar y Jorge Luis Borges.
En el realismo mágico encontramos precisamente lo real presentado como maravilloso, o bien lo maravilloso presentado como real. Los sucesos más fantásticos no se presentan, como sucedería en el cuento fantástico tradicional, como algo que asombra tanto a personajes como a lectores, sino como parte de la realidad cotidiana. Asimismo también lo real, lo cotidiano, el paseo por la calle, la reunión de amigos o simplemente ponerse un jersey, pueden tornarse en algo fantástico y maravilloso en la narrativa hispanoamericana. Ambas vertientes de la unión de realidad y fantasía se mezclan en las novelas que en torno a los años cuarenta comienzan a escribirse en América. También estas novelas tienen una preocupación estilística importante y la técnica narrativa se renueva con el uso de formas nuevas de narrar, uso de innovaciones que ya se venían usando también en Europa, como por ejemplo en el Ulises de Joyce. Por tanto la nueva narrativa de Hispanoamérica se caracteriza por la innovación estilística y el deseo de desentrañar la peculiaridad americana desde la síntesis de la realidad y la fantasía. Asimismo aparecen nuevos temas, la temática tradicional se ve reforzada no sólo por un nuevo tratamiento sino también por la inclusión de nuevos elementos. Sin abandonar temas propios de la novela realista anterior, como la naturaleza, el mundo indígena, o los problemas políticos, se da cabida al mundo urbano con mayor amplitud que antes, y se da también paso a la reflexión sobre problemas humanos y existenciales. El mundo de las vanguardias europeas, y especialmente el psicoanálisis y el mundo de los sueños influyen también en esta narrativa.
Es en los años cuarenta cuando surge esta nueva narrativa de la mano de escritores como Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges o Juan Rulfo. Sin embargo, esta renovación narrativa emprendida en los años cuarenta no tendrá su consolidación hasta los años 60 cuando una nueva generación de escritores dé lugar al llamado boom hispanoamericano. Se trata de autores como Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez, que con el éxito editorial alcanzado en Europa hacen volver la vista a los narradores de décadas anteriores que ya habían iniciado esa renovación que los nuevos autores consagran.
Ya durante el descubrimiento de América, ésta había sido vista por los españoles desde una perspectiva de ficción. Ante la inconmensurable naturaleza americana y la increíble diferencia con el mundo de los conquistadores éstos no pudieron hacer otra cosa que echar mano de su acervo de conocimiento literario, dado que no tenían una realidad con la que compararla, y relacionaron el mundo americano con el descrito en los libros de caballerías, obra de ficción medieval en la que lo maravilloso, lo fantástico y lo claramente increíble se daban cita con total naturalidad. La ficción se hacía realidad en el mundo americano para los conquistadores y éstos ponían nombre a la geografía, a los habitantes y situaciones americanas con el nombre del mundo imaginario de los novelistas europeos. El realismo mágico del siglo XX es en cierta medida el regreso a aquel momento, sólo que ahora se devuelve a los europeos el mundo americano en forma de realidad desde lo fantástico. Los autores americanos mezclan lo mágico y lo cotidiano y dan cuenta de la peculiaridad americana desde una ficción depurada estilísticamente, manejada con técnicas renovadoras como los juegos temporales, la combinación de personas narrativas, el contrapunto, etc. El mismo lenguaje es también enriquecido con los términos de uso americano y el mundo europeo se ve invadido por americanismos como garúa, pollera, vereda, china, etc. El mundo americano vuelve a hacerse mágico para el hombre europeo, como había sucedido con el descubrimiento.
Pero insistimos en que la mezcla de fantasía y realidad surge de una línea directa nacida también en Europa de la mano de narradores como Kafka que pretenden reflejar lo absurdo de la sociedad humana a través de lo fantástico hecho cotidianidad, precisamente como forma de reflejar el absurdo de la existencia. Es en esa línea donde hay que entender el mundo del realismo mágico si bien mezclado con la indubitable diferenciación del mundo americano con respecto al europeo, tanto por su mezcla social como por su variada naturaleza y su complejidad política. Si lo fantástico moderno se pone en Europa al servicio por ejemplo de un pensamiento filosófico existencialista en América lo hace también como identificador de una realidad peculiar, sin descuidar tampoco ni la denuncia social que siguen manteniendo obras del boom que reflejan la injusticia social, y especialmente con relación al mundo indigenista, ni tampoco la problemática de la existencia humana, con cuestionamientos filosóficos y existenciales. Pensemos por ejemplo en la obra de Borges nacida con una amplia vocación filosófica, o la obra de Vargas Llosa imbuida a menudo en la reflexión sobre la desigualdad social y el mundo del indígena, en obras como El hablador, o La guerra del fin del mundo.
La presencia de lo maravilloso en esta narrativa viene desde muy distintos lugares, así desde la presencia de los propios mitos americanos, como sucede en la obra de Miguel ángel Asturias o en la de Alejo Carpentier, hasta la aparición del mundo del subconsciente como sucede en algunos cuentos de Cortázar, o la presencia de las inquietudes existenciales de la humanidad en Borges, pero es principalmente esa presencia del pensamiento mítico del pueblo americano, que surge en esta narrativa para convertirse en vivencia real, lo que constituye el núcleo central de lo que venimos denominado realismo mágico. Los sucesos de obras como las de Márquez responden precisamente a la corporeización de los mitos americanos. Se busca ahora la identidad americana precisamente a través de la mitología propia, del folklore, y la mezcla de esa otra realidad que es el subconsciente colectivo con la realidad cotidiana o histórica de los habitantes de América es lo que da lugar a lo real maravilloso, al realismo mágico, al reflejo literario de la peculiaridad americana tanto en sus gentes como en su naturaleza, en su pensamiento, en su pasado y en sus relaciones sociales y políticas. En este sentido el realismo mágico viene a ser como una nueva mitología griega, un intento de plasmar el pensamiento americano a través de sus mitos, de sus leyendas.
No es casualidad que muchos de los cultivadores de esta nueva literatura sean folkloristas como Miguel Ángel Asturias, o se interesen por manifestaciones artísticas populares como sucede con Carpentier y su investigación sobre la música cubana. La narrativa Latinoamérica comienza a construir una nueva mitología, reflejo de lo cual son la creación de personajes míticos cuya historia encontramos a lo largo de diferentes obras, como sucede con el coronel Buendía, y también la aparición de territorios míticos como la propia Macondo de García Márquez y más aún la Comala, auténtico Hades mejicano, de Juan Rulfo a la que Juan Aparicio, como un nuevo Orfeo va en busca, no de su amada, sino de su pasado, el propio pero también el de Méjico, encarnado en la figura de su padre.
El boom de la narrativa Latinoamérica y el realismo mágico no pueden identificarse plenamente. El realismo mágico nace en los años cuarenta de la mano de autores que no participaron plenamente del boom de los años 60 o que aunque se beneficiaron de él, no fueron sus cabezas visibles y por tanto no suelen identificarse por el lector normal con aquel fenómeno de los años sesenta. Es el caso de autores como Juan Rulfo o Miguel Ángel Asturias, el primero fue Premio Príncipe de Asturias en 1983, y el segundo, Premio Nobel en 1967. Igualmente autores del boom no participan plenamente de las características propias del realismo mágico, es el caso de autores como Vargas Llosa que, a pesar de utilizar recursos narrativos novedosos y participar de elementos comunes del realismo mágico no confunden la ficción y la realidad de la misma manera que los narradores más plenamente imbuidos en el realismo mágico, lo mágico con lo cotidiano no se mezclan de la forma habitual en lo que venimos denominado “realismo mágico”, sino desde otras perspectivas, como sucede por ejemplo en La tía Julia y el escribidor, donde la biografía del novelista se mezcla con la ficción de un autor de folletines que a su vez se vuelven a confundir entre sí dando lugar a un universo propio y diferente.
Por tanto habría que distinguir tanto realismo mágico y boom, como dentro de uno y otro una amplia gama de matices muy diversos. Ni la narrativa de Gabriel García Márquez participa de los mismos recursos que la de Vargas Llosa, ni la obra de Juan Rulfo está exenta de las innovaciones narrativas que presentarán las obras del boom. Son términos que se solapan. Pero el primero hace referencia a una estética y el segundo a un acontecimiento editorial, y a un acontecimiento literario de redescubrimiento de una generación de narradores que renovaron la narrativa hispanoamericana influidos sin duda por las innovaciones europeas y a su vez ampliamente conocidos e imitados en Europa, y especialmente en el mundo de habla hispana. Sin duda el boom, más que a una estética común o una temática propia o siquiera la designación de una generación, hace referencia a un fenómeno por el que los narradores hispanoamericanos se hicieron con el sitio que merecían en el panorama literario universal y consiguieron recuperar para los lectores la prosa de sus antecesores que, sin duda, son los auténticos padres del llamado realismo mágico.

Real Maravilloso
"¿Qué es la historia de América Latina sino una crónica de lo maravilloso en lo real?"... Fue la gran pregunta del novelista cubano Alejo Carpentier en el prólogo a su novela “El reino de este mundo”, publicada en 1949, convirtiéndose en el padre de lo real maravilloso.
Lo Real Maravilloso es uno de los mayores aportes de Latinoamérica a la literatura universal. Fue el escritor cubano Alejo Carpentier quien intentó definir esta corriente, cuyo postulado esencial se basa en el propósito de resaltar el elemento extraordinario de nuestra cultura. Aquellos hechos que escapan a lo estrictamente racional y se instalan en nuestro quehacer cotidiano, haciendo natural lo que para otras culturas sería mágico, sobrenatural o sencillamente inverosímil.
En lo que respecta a los cuentos, el mayor elogio que podemos hacerle a su obra, es el reconocimiento a su capacidad de construir un espacio propio, un mundo mítico en el cual ocurre aquello que hace de ella, ese lugar mágico en el que se funden lo real y lo maravilloso para, precisamente como ocurre en "La luz es como el agua", dejarnos llevar por la magia de su narrativa e internarnos en ese mar infinito de calidad y talento, que caracterizan a lo mejor de su producción literaria.
Lo Real maravilloso es un movimiento latinoamericano que muestra nuestra cultura, las creencias de los indios, con drama y fantasía que se une para dar un contexto muy original y irreal para otras culturas mas no lo es tanto para Latinoamérica.
Diferencia entre lo Real maravilloso y Realismo mágico
El realismo mágico es una tendencia internacional que surge hacia 1918 y que se da tanto en la pintura como en la literatura. Los rasgos que le atribuyó Franz Roh en su libro de 1925 sobre las diferencias entre el expresionismo y el postexpresionismo (realismo mágico) en la pintura también se pueden aplicar a la literatura. Aunque la primera manifestación del realismo mágico en un cuento de cualquier país ocurrió en 1920 con: “El hombre muerto” de Horacio Quiroga, la tendencia llegó a su auge unas décadas después con ciertos cuentos de Borges y con Cien años de soledad de García Márquez. En el realismo mágico, se plasma un mundo totalmente realista en el cual de repente sucede algo inverosímil, como en el cuento de Quiroga cuando un colono acostumbrado a luchar contra la naturaleza se cae sobre su machete cruzando la cerca de alambre de púa. El detalle mágico realista es que mientras agoniza, no siente absolutamente nada de dolor y no se ve ni una gota de sangre y la naturaleza queda totalmente tranquila, impasiva.
En cambio, lo real maravilloso no es una tendencia internacional ni tiene límites cronológicos. Proviene de las raíces culturales de ciertas zonas de la América Latina, raíces indígenas y africanas que pueden manifestarse tanto en la literatura colonial como en las novelas de Alejo Carpentier y de Miguel Ángel Asturias. Mientras el realismo mágico se distingue por su prosa clara, precisa y a veces estereoscópica, la de lo real maravilloso luce un barroquismo o sea una prosa superadornada. Para el autor mágico realista, el mundo es un laberinto donde las cosas más inesperadas, más inverosímiles (sin ser imposibles) pueden ocurrir del modo más antidramático. Para los que practican lo real maravilloso, sus personajes indígenas o negros de Guatemala, Cuba o el Brasil creen en los aspectos mitológicos o espirituales de su cultura.

Gabriel García Márquez (Gabo)

Gabriel García Márquez nace el 6 de marzo de 1928, en Aracataca, un pueblo de la costa atlántica colombiana. “Gabo”, como se le conoce cariñosamente, fue el mayor de una familia numerosa de doce hermanos, que podríamos considerar de clase media: Gabriel Eligio García, su padre, fue uno de los numerosos inmigrantes que, con la “fiebre del banano”, llegaron a Aracataca en el primer decenio del siglo XX. Su madre, Luisa Santiaga Márquez, pertenecía, en cambio a una de las familias eminentes del lugar: era hija del coronel Nicolás Márquez y de Tranquilina Iguarán, que no vieron con buenos ojos los amores de su hija con uno de los “aventureros” de la “hojarasca” (como se llamaba despectivamente a los inmigrantes), que desempeñaba el humilde oficio de telegrafista. Por eso, cuando tras vencer múltiples dificultades, Gabriel Eligio y Luisa Santiaga consiguieron casarse, se alejaron de la familia y se instalaron en Riohacha. Sin embargo, cuando tenía que nacer su primer nieto, sus padres convencieron a Luisa Santiaga de que diera a luz en Aracataca. Poco después Gabriel Eligio y Luisa Santiaga regresaron a Riohacha, pero el niño se quedó con sus abuelos hasta que, cuando tenía ocho años, murió el abuelo, al que García Márquez consideró siempre “la figura más importante de mi vida”.
De esos primeros ocho años de “infancia prodigiosa” surge lo esencial del universo narrativo y mítico de García Márquez, hasta el punto de que, con alguna exageración, ha llegado a decir: “Después todo me resultó bastante plano: crecer, estudiar, viajar... nada de eso me llamó la atención. Desde entonces no me ha pasado nada interesante”. Lo que sí es cierto es que los recuerdos de su familia y de su infancia, el abuelo como prototipo del patriarca familiar, la abuela como modelo de las “mamas grandes” civilizadoras, la vivacidad del lenguaje campesino, la natural convivencia con lo mágico... aparecerán, transfigurados por la ficción, en muchas de sus obras (La hojarasca, Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera...) y el mundo caribeño, desmesurado y fantasmal de Aracataca se transformará en Macondo, que en realidad era el nombre de una de las muchas fincas bananeras del lugar y que según unos alude “a una milagrosa planta capaz de cicatrizar heridas”.
Como el propio novelista explica: “Quise dejar constancia poética del mundo de mi infancia, que transcurrió en un casa grande, muy triste, con una hermana que comía tierra y una abuela que adivinaba el porvenir, y numerosos parientes de nombres iguales que nunca hicieron mucha distinción entre la felicidad y la demencia”.

El paralelismo entre algunas circunstancias biográficas de García Márquez con algunos elementos de Cien años de soledad resulta evidente. Veamos algunos:
        Su abuelo, como José Arcadio Buendía, fue uno de los fundadores de Aracataca. En la novela se nos cuenta que José Arcadio, abandona su pueblo al verse continuamente hostigado por el fantasma de Prudencio Aguilar, al que se vio obligado a matar por un problema de honor. Con veintiún compañeros, José Arcadio Buendía cruza la cordillera y funda Macondo. La fundación de Aracata, tal como Nicolás Márquez se la contaba a su nieto es muy parecida. También su abuelo había matado de muy joven a un hombre y “cuando no podía soportar la amenaza que existía contra él en ese pueblo, se fue lejos con su familia y fundó un pueblo”. A Gabo le solía decir siempre: “Tú no sabes cómo pesa un muerto”.
        Nicolás Márquez era un sobreviviente de las dos últimas guerras civiles y, como aquél tenía una larga progenie de “hijos de la guerra”, todos de edades parecidas, que se alojaban en su casa cuando estaban de paso por el pueblo y que doña Tranquilina recibía como propios. Como es evidente, Nicolás Márquez es asimismo el modelo del coronel Aureliano Buendía que “promovió treinta y dos guerras y las perdió todas. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisietes mujeres distintas, que fueron exterminados en una sola noche. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento”.
        Úrsula Iguarán se inspira en la abuela Tranquilina – que no sólo presta su apellido a Úrsula, sino que, al igual que el personaje, murió ciega y loca. Tranquilina Iguarán es, efectivamente, el modelo de muchos de los personajes femeninos de García Márquez que Vargas Llosa define así: “un caso ejemplar de la mater familias, matriarca medieval, emperadora del hogar, hacendosa y enérgica, prolífica, de temible sentido común, insobornable ante la adversidad, que organiza férreamente la vida familiar a la que sirve de aglutinante y vértice”.
        La inmensa y asombrosa casa de los abuelos la reencontraremos en las sólidas y tristes mansiones de su mundo narrativo: la casa de la Mama Grande, de los Asís, de los Nasar y, indudablemente, de los Buendía. García Márquez la recuerda así: “En cada rincón había muertos y memorias, y después de las seis de la tarde la casa era intransitable. Era un mundo prodigioso de terror (...) En esa casa había un cuarto desocupado donde había muerto la tía Petra. Había un cuarto donde había muerto el tío Lázaro. Entonces, de noche no se podía caminar en esa casa porque había más muertos que vivos”.
Después de abandonar la carrera de Derecho, ya en la juventud, García Márquez se dedica al periodismo. En un viaje a Barranquilla conoce a un grupo de periodistas que le fascinan y decide instalarse allí y orientar totalmente su vida al periodismo, por lo que empieza a trabajar de columnista en “El Heraldo”, y a la literatura: se instala en un cuartucho ínfimo de un bloque de cuatro pisos llamado “el Rascacielos” y allí empieza a escribir su primera novela, La hojarasca.
Gabo se integra en el llamado “Grupo de Barranquilla”, que se reúne en el “Café Happy” y el “Café Colombia”. Miembros del “Grupo de Barranquilla” son: Germán Vargas, Álvaro Cepeda y Alfonso Fuenmayor, periodista de “El Heraldo” de gran formación intelectual, al que García Márquez le debe el descubrimiento de los autores que más tarde se convertirán en sus modelos literarios: Kafka, Joyce y, muy especialmente, Faulkner, Virginia Woolf, y Hemingway. A las tertulias del “Café Colombia” acude también Ramón Vinyes, un viejo catalán republicano, escritor, ex-librero y profesor de un colegio de señoritas, al que García Márquez homenajeará en “el sabio catalán”, junto a sus tres amigos, en las últimas páginas de Cien años de soledad. Su primer cuento, La tercera resignación, fue publicado en 1947 en un periódico liberal de Bogotá llamado El Espectador. Un año después, empezó su trabajo de periodismo para el mismo periódico. Sus primeros trabajos eran todos cuentos publicados en el mismo periódico desde 1947 hasta 1952. Durante estos años publicó un total de quince cuentos.
Gabriel García Márquez quería ser periodista y escribir novelas; también quería crear una sociedad más justa. Para La hojarasca, su primera novela, le llevó varios años encontrar un editor. Finalmente se publicó en 1955, y aunque la crítica fue excelente, la mayor parte de la edición se quedó en bodega y el autor no recibió de nadie “ni un céntimo por regalías”. García Márquez señala que “de todo lo que había escrito, La hojarasca fue su favorita porque consideraron que era la más sincera y espontánea”.
Gabriel García Márquez tardó dieciocho meses en escribir Cien años de soledad. El martes 30 de mayo de 1967 salió a la venta en Buenos Aires la primera edición de la novela. Tres décadas después se había traducido a 37 idiomas y vendido 25 millones de ejemplares en todo el mundo. “Fue un verdadero bombazo, que hizo explosión desde el primer día. El libro salió a las librerías sin ningún tipo de campaña publicitaria, la novela agotó su primera edición de 8000 copias a las dos semanas y pronto convirtió el título y su realismo mágico en el espejo del alma latinoamericana”. Cien años de soledad ha influido en casi todos los novelistas importantes en todo el mundo. La novela hace una crónica de la familia Buendía en el pueblo de Macondo, que fue fundado por José Arcadio Buendía. Puede ser considerada una obra de realismo mágico.
“El amor en los tiempos de cólera” se publicó por primera vez en 1985. Está basada en las historias de dos parejas. La historia de la joven pareja formada por Fermina Daza y Florentino Ariza está inspirada en la historia de amor de los padres de García Márquez. Sin embargo, como García Márquez explica en una entrevista: “La única diferencia es que mis padres se casaron. Y tan pronto como se casaron, ya no eran interesantes como figuras literarias”. El amor de los ancianos se basa en una historia que leyó en un periódico sobre la muerte de dos estadounidenses, de casi ochenta años de edad, que se reunían todos los años en Acapulco. Estaban en un barco y un día fueron asesinados por el barquero con sus remos. García Márquez señala: “A través de su muerte, la historia de su romance en secreto se hizo conocida. Yo estaba fascinado con ella. Estaban cada uno casado con otra persona”.
Como autor de ficción, García Márquez es siempre asociado con el realismo mágico. De hecho, es considerado la figura central de este género. El realismo mágico se usa para describir elementos que tienen, como es el caso en los trabajos de este autor, la yuxtaposición de la fantasía y el mito con las actividades diarias y ordinarias.
El realismo es un tema importante en todas las obras de García Márquez. Él ha dicho que sus primeros trabajos (con la excepción de La hojarasca), como El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Los funerales de la Mamá Grande, reflejan la realidad de la vida en Colombia y este tema determina la estructura racional de los libros. Dice: "No me arrepiento de haberlas escrito, pero pertenecen a un tipo de literatura premeditada que ofrecen una visión de la realidad demasiado estática y exclusiva".
En sus otras obras ha experimentado más con enfoques menos tradicionales a la realidad, de modo que “lo más terrible, lo más inusual se dice con expresión impasible”. Un ejemplo comúnmente citado es la ascensión espiritual y física al cielo de un personaje mientras está colgando la ropa para secar, en Cien años de soledad. El estilo de estas obras se inscribe en el concepto de lo “real maravilloso” descrito por el escritor cubano Alejo Carpentier y ha sido etiquetado como realismo mágico. El crítico literario Michael Bell propone una interpretación alternativa para el estilo de García Márquez, por cuanto la categoría de realismo mágico ha sido criticada por ser dicotomizadora y exotizadora: “Lo que está realmente en juego es una flexibilidad psicológica que es capaz de habitar nada sentimentalmente el mundo diurno mientras se mantiene abierta a las incitaciones de aquellos dominios que la cultura moderna tiene, por su propia lógica interna, necesariamente marginalizados o reprimidos”. García Márquez y su amigo Plinio Apuleyo Mendoza discuten su trabajo de un modo similar, “El tratamiento de la realidad en tus libros... ha recibido un nombre, el de realismo mágico. Tengo la impresión de que tus lectores europeos suelen advertir la magia de las cosas que tú cuentas, pero no ven la realidad que las inspira. Seguramente porque su racionalismo les impide ver que la realidad no termina en el precio de los tomates o de los huevos”.
García Márquez crea un mundo tan semejante al cotidiano pero al mismo tiempo totalmente diferente a ello. Técnicamente, es un realista en la presentación de lo verdadero y de lo irreal. De algún modo trata diestramente una realidad en la que los límites entre lo verdadero y el fantástico se desvanecen muy naturalmente.
García Márquez considera que la imaginación no es sino un instrumento de la elaboración de la realidad y que una novela es la representación cifrada de la realidad y a la pregunta de si todo lo que escribe tiene una base real, ha contestado: “No hay en mis novelas una línea que no esté basada en la realidad”.
En 1982, le conceden el Premio Nobel de literatura. En la ceremonia del Nobel, viste con una guayabera caribeña blanca y lleva en la mano una rosa amarilla, símbolo de Colombia y su amuleto personal (Mercedes coloca cada día una en su mesa de trabajo). Elige como tema musical el Intermezzo interrotto de Bela Bartok. Su discurso de agradecimiento es un canto de amor a América Latina. Entre otras cosas dijo:
“Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíbles nuestra vida. Éste es el nudo de nuestra soledad”.
Concluyó formulando un deseo: el de “una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.
Con parte de los 157 mil dólares que gana con el Nobel, decide “fundar un diario en Colombia con periodistas menores de treinta años, para que adquieran el oficio como se debe. Un diario destinado a exaltar los valores fundamentales del hombre, sin banderías”. En homenaje a un cuento de Borges decide llamar al periódico El otro, aludiendo con ello a su “otra” vocación y personalidad.

Ver: “La prodigiosa tarde de Baltasar”.

Actividades
1-        ¿De qué modo se relacionan la vida del autor y su creación de Macondo?
2-        ¿Cuándo y cómo traspasa García Márquez los límites del realismo tradicional?
3-        ¿Cuáles son los rasgos distintivos de Baltazar? ¿Qué actitud tiene hacia su trabajo y en qué se diferencia de su mujer?
4-        ¿Qué contraste establece el texto entre ricos y pobres? ¿Cómo sabemos con quiénes se identifica la voz narrativa?
5-        ¿Por qué le regala la jaula al niño? ¿Qué demuestra Baltazar con ello?
6-        ¿Por qué oculta Baltazar que no cobró por la jaula? ¿Qué celebra con sus amigos?
7-        ¿Cómo interpretas el final del cuento? ¿Te parece que hay diferencias entre este final y las últimas viñetas de la historia?

El Boom Latinoamericano

Denominación de carácter periodístico y, en cierto sentido, publicitario o al menos editorial, que se aplicó a la difusión exitosa y simultánea de un reducido grupo de escritores, en los años sesenta del siglo XX, que no configuraron ningún grupo, tendencia o escuela artística, y cuya única seña de identidad en común era el uso de la lengua española y el hecho no ser nativos de España sino de diversos países del bloque hispanoamericano.
La mayoría de los especialistas suele situar el punto de arranque de este fenómeno mediático centrado sin excepciones en el género novelístico, con obras que estuvieron no sólo un gran reconocimiento crítico sino también un elevado número de lectores en junio de 1963, con la publicación de la mítica y revolucionaria Rayuela, del argentino J. Cortázar, que fue contemporánea de los primeros títulos significativos del peruano M. Vargas Llosa (La ciudad y los perros, 1963; La casa verde, 1966), del mexicano C. Fuentes (La muerte de Artemio Cruz, 1962; Cambio de piel, 1967) y sobre todo el colombiano G. García Márquez, cuya novela Cien Años de Soledad ( 1967), consolidó el boom hasta el punto de convertirse en la obra más famosa, vendida y traducida de la lengua española, entre todas las posteriores del Quijote.
Estos cuatro autores constituyeron la avanzadilla y a la vez el indiscutible grupo protagónico del acontecimiento editorial que se comenta, y que tuvo como principal virtud la de ayudar a difundir y apreciar en el ámbito internacional el hombre y la obra de otros autores hispanoamericanos que les habían precedido o que eran sus contemporáneos, e incluso de muchos otros que surgieron en los años inmediatamente posteriores, hasta finales de la década de los sesenta; fecha en la que puede situarse el final de este periodo expansivo de las literaturas hispánicas transatlánticas, en una Europa y unos Estados Unidos hasta entonces más bien indiferentes ante ellas.
En el primer grupo configurado por autores de la obra ya consolidada y no méritos que el boom ayudó a poner en circulación a partir de la segunda mitad de los años sesenta, cabe mencionar a los argentinos J. L. Borges, E .Sábato, A. Bio y Casares; y M. Mujica Láinez, al uruguayo J. C. Onetti, al chileno J. Donoso, al peruano J. R. Ribeyro, al colombiano A. Mutis, al venezolano A. Uslar Pietri, al paraguayo A. R. Bastos; a los cubanos Infante, al guatemalteco M. A. Austrias y a los mexicanos J. Rulfo y J. J. Arreola.
En el segundo grupo de los apartados que integrarían estos ejemplos, que corresponde a autores más jóvenes o de obra más tardía, cuya difusión se vio beneficiada por el interés despertado por el boom en el público de habla española y de otras lenguas, podrían incluirse los chilenos J. Edwards, F. Alegría y E. Lafourcade, el argentino Mipuig, el guatemalteco A. Monterroso, el cubano S. Sarduy, los mexicanos V. Lenero y S. Pitol, el peruano A. Bryce Echenique o el venezolano S. Guarmendia.
La significación del boom como acontecimiento sin referentes ni paralelos en la historia de las letras hispánicas, admite diversas lecturas que son otras tantas propuestas parciales para entender su singularidad. En primer lugar, no fundó una escuela o movimiento, ni dejó por tanto continuadores o corrientes que puedan adscribírsele en el estricto sentido literario, por lo que su huella no es otra que la difusión y la apertura al mundo de una vasta región cuya literatura permanecía ignorada o conocida de manera confusa y parcial.
En segundo lugar, no representó la evolución o continuidad de ningún ismo por el cual las letras del sub continente hubiesen sido conocidas con anterioridad: nada hay en él que lo asocie a los poetas románticos decimonónicos, al modernismo de un R. Darío, a las diversas vanguardias del cono sur (ultraístas, creacionistas) ni mucho menos al indigenismo. En tercer lugar, hizo por primera vez de Hispanoamérica, tierra de cronistas y poetas, una potencia narrativa de primer orden que se sorprendió por igual a españoles y a lectores de otras lenguas.
Su punto de partida político, finalmente, que lo asoció a los movimientos revolucionarios de su época y lugar por la ideología izquierdista de sus principales representantes, a acabó diluyéndose con el paso del tiempo, bien por la evolución de estos hacia otras posturas o por la evolución de éstos hacia otras posturas o por la incorporación de autores de muy variadas ideologías, hasta devenir un claro ejemplo ecuaniménico continental, en el que caben todos los matices estéticos y políticos.
No se sabe con detalle cómo fue el origen de esta corriente. Muchos dicen que surge como una caricaturización de la realidad. Pero otros afirman que el escritor busca manifestar su punto de vista de la realidad. También se dice que surgió por la misma necesidad de los escritores de mostrar algo innovador, algo que rompiera con todas las facetas, algo que le dejara crear su propio estilo, algo que le permitiera liberar y dar rienda suelta a su imaginación, alguna cosa que invitara a los lectores a retomar el gusto por la literatura, ya que ellos estaban buscando algún libro con el que se sintieran apoyados y comprendidos, que mostrara a los demás que las injusticias de las cuales él se quejaba eran reales y que otra persona también se dio cuenta y lo estaba expresando en ese libro.
Al hablar del boom nos referimos a un grupo de narradores que se da a conocer con una proyección internacional a partir de la publicación de sus obras en España, donde se instalaron, huyendo de los regímenes autoritarios. Tan marcada dejaron su huella en la tierra que la literatura en castellano de los sesenta reconocida por los autores latinoamericanos más que por el resto de autores españoles. Si bien la noción de boom parece menos apropiada para un análisis de tendencias literarias que el término nueva novela, tampoco es posible prescindir por completo de ese concepto que, a fuerza de ser usado por todos, se ha convertido en sinónimo de la narrativa de los sesenta y ha sido consagrado por los mismos escritores.

Características:
El tema cubano
Este fue el primer punto de encuentro emocional para el grupo, a partir de la primera revolución socialista que tiene lugar en Latinoamérica, lo cual era una razón de respaldo del levantamiento 156 castrista contra los desatinos de Batista. Conforme se fue sovietizando el régimen de Castro, este nexo fue de desencuentro, ya que la democracia que se esperaba que llegara, no llegó. Sin embargo, a partir de este momento no todos los escritores actuaron del mismo modo: algunos se distanciaron –Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, Jorge Edwars– y otros, aún en la actualidad la siguen apoyando.

Realismo mágico
Los maravillados escritos de los Cronistas de Indias y su sentido de estar en otro mundo conquistando tierras que sólo en su fantasía poblada de libros de caballerías podían hallar paralelo se convirtió de hecho en los pueblos hispanoamericanos en una señal de identidad cultural de la que derivó una nueva corriente estética como el Realismo Mágico o, según concibe Alejo Carpentier, lo
Real Maravilloso.
La narrativa describe cosas irreales como si fueran reales y cotidianas y las cosas cotidianas como si fuesen irreales; se renueva el lenguaje y las técnicas narrativas y las historias, que pueden estar basadas en sucesos de la vida real, incorporan elementos extraños, fantásticos o legendarios, pueblos mitificados, espacios y lugares fruto de la especulación y personajes que, como pueden existir, también pueden ser irreales o fruto híbrido y mestizo entre lo verdadero, lo imaginario y lo inexistente, que hace difícil separarlos.
Al comparar una novela que fue escrita antes del periodo del boom, con otra que fue hecha durante esta transición literaria, se repara en que la historia que fue escrita antes del Boom Latinoamericano nos muestra una realidad plana y sombría, una realidad normal y verdadera, una realidad existente, mientras que la novela escrita después del Boom Latinoamericano muestra muchas facetas de un mismo lugar, de un mismo personaje o del tiempo que recrean la realidad, es decir, se rompe todas las barreras entre lo fantástico y lo habitual y convierte esta mezcla en una nueva realidad, que es perfecta para poder dejar que su inspiración fluya, circule y deje salir las mejores ideas.

Julio Cortázar
Cuando sólo tenía nueve años, escribió sus primeros ejercicios literarios, una novela y un conjunto de poemas inspirados en un amor adolescente y en el universo fantástico de la obra de Edgar Allan Poe. Se inclinaba de manera especial por las literaturas inglesa y francesa, aunque no dejaba de frecuentar la italiana, la norteamericana y la alemana. Más tarde sin embargo renegaría de sus gustos juveniles, para reconocer y valorar su propia tradición. Fue en esos años cuando se forjo la vasta cultura libresca que exhibió en su obra. Pero en esa época, Cortázar no sólo leyó, también escribió y fue así como en 1938 publicó por primera vez. No se trató de un texto narrativo sino de un conjunto de sonetos al que tituló “Presencia” y que firmó como Julio Denis. Ese poemario tuvo un limitadísimo tiraje y hoy constituye una pieza de colección; pues no volvió a editarse. Con “Presencia”, Cortázar reveló su enorme habilidad verbal y al poeta que siempre hubo en él.
Además, en ese libro definió su interés por la exploración de lo íntimo del ser humano a través de la palabra y más importante aún, descubrió su inclinación hacia lo fantástico.
A menudo se habla de Cortázar como un caso atípico en la literatura de su país, pero precisamente en la época de “Presencia”, formó parte del grupo de escritores que se llamó Generación del 40. Su primer medio de expresión fue la revista Canto, de la que aparecieron solamente dos números, en junio y julio de 1940. La reemplazó Huella en 1941, pero corrió con la misma suerte que su antecesora.
Desde muy joven había soñado con viajar a Europa, en especial a Francia y así, en aproximadamente nueve meses, estudió la carrera de traductor público. Por ese entonces comenzó a publicar en Sur, la revista dirigida por Victoria Ocampo, algunos cuentos como “Circe”, “Carta a una señorita en Paris”, “Casa Tomada”, “Bestiario” y “Lejana”, además de artículos críticos y reseñas. También tradujo obras de autores como Chesterton, Gide, Defoe, Keats y Yourcenar.
Fue en 1951 que apareció de lleno el Cortázar definitivo en Bestiario, conjunto de relatos publicado bajo el sello del editorial Sudamericana. Ese mismo año, Cortázar por fin realizó su sueño de viajar a Francia; lo hizo gracias a una beca del gobierno de ese país. Aunque mantuvo los lazos que lo unían a su patria y tendió puentes con diversos países de Latinoamérica, estableció su residencia definitiva en París.
Allí trabajó como traductor independiente de la UNESCO. En 1953 se casó con Aurora Bernandez y con ella viajó a Italia donde empezó a traducir los cuentos y ensayos de Edgar Allan Poe, hasta concluir lo que hasta hoy es la mejor edición en español de la obra del fundador del cuento moderno. Tres años más tarde apareció su segundo conjunto de relatos, Final del juego y en 1959 fue el turno de Las armas secretas, que incluyó “El perseguidor”, novela corta o cuento largo en que exploró el problema existencial humano, sentando las bases para lo que luego serían sus dos primeras novelas, Los premios y Rayuela.
Para entonces, Cortázar, se había convertido en uno de los pilares de la nueva narrativa latinoamericana, por lo que las traducciones no se hicieron esperar.
Así, en 1961, Los premios, aparecida un año antes, fue traducida al francés. En 1962, publicó Historias de cronopios y de famas y en 1963 salió a la luz Rayuela, novela al que el autor definió como una síntesis de sus diez años vividos en París. En 1966 apareció un nuevo conjunto de relatos, Todos los fuegos el fuego, mientras que en 1967, como homenaje a Julio Verne, a quien siempre consideró uno de sus maestros, publicó una serie de textos breves bajo el título de La vuelta al día en ochenta mundos. En el año 1968 publicó 62/modelo para armar y Libro de Manuel en 1973. La producción poética de Cortázar fue recopilada en Pameos y meopas, esta colección apareció en 1971.
Aunque nunca estuvo al margen de los aconteceres poéticos fue sobre todo a partir de la década del sesenta que Cortázar asumió una activa militancia. Así, opinó abiertamente en contra de la dictadura militar que se instaurara en su país durante en los años setenta en razón de esto y dedicó varios ensayos al tema de la realidad latinoamericana. Mientras, publicó algunos conjuntos de relatos como Alguien que nada por ahí en 1977, Un tal Lucas en 1979, Queremos tanto a Glenda en 1980 y Deshoras en 1982.
Su residencia parisina no le impidió visitar constantemente Latinoamérica. Finalizada la dictadura en la Argentina, regresó por última vez en 1983. Un año más tarde, el 12 de febrero de 1984 murió en París de leucemia. Su intensa actividad política le había impedido publicar buena parte de su obra, de tal manera que después de su muerte se ha publicado que dejara inéditos tales como El examen, Divertimientos, Diario de Andrés Fava, entre otros.

Instrucciones para llorar de Julio Cortázar

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Instrucciones para subir una escalera de Julio Cortázar

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.


Actividades:
Escriba otras instrucciones, siguiendo como modelo las ya leídas. Pueden ser para sacar dinero del cajero, para ir a dormir, para leer un libro, para lavarse los dientes, etc. No deben ser menos de 15 líneas.



[1] SONIA THON: El texto narrativo como discurso social: una perspectiva histórica. En: AIH. Actas XII (1995).

[2] Cfr. PIGLIA, Ricardo. Crítica y ficción. Buenos Aires, Seix Barral, 2000.

[3] TORRES VINDAS, Javier (2007). Tres miradas sociológicas sobre Literaturas Latinoamericanas.