miércoles, 27 de junio de 2018

Unidad 2 (Juana Inés)


                                                            
Sor Juana Inés de la Cruz



Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana nació en San Miguel de Nepantla, México, en el año 1651. Fue la mayor figura de las letras hispanoamericanas del siglo XVII. Niña prodigio, aprendió a leer y escribir a los tres años, y a los ocho escribió su primera loa. Admirada por su talento y precocidad, a los catorce fue dama de honor de Leonor Carreto, esposa del virrey Antonio Sebastián de Toledo. Apadrinada por los marqueses de Mancera, brilló en la corte virreinal de Nueva España por su erudición y habilidad versificadora.

Pese a la fama de que gozaba, en 1667 ingresó en un convento de las carmelitas descalzas de México y permaneció en él cuatro meses, al cabo de los cuales lo abandonó por problemas de salud. Dos años más tarde entró en un convento de la Orden de San Jerónimo, esta vez definitivamente. Dada su escasa vocación religiosa, parece que sor Juana Inés de la Cruz prefirió el convento al matrimonio para seguir gozando de sus aficiones intelectuales: “Vivir sola... no tener ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio”. Su celda se convirtió en punto de reunión de poetas e intelectuales, como Carlos de Sigüenza y Góngora, pariente y admirador del poeta cordobés, cuya obra introdujo en el virreinato, y también del nuevo virrey, Tomás Antonio de la Cerda, marqués de la Laguna, y de su esposa, Luisa Manrique de Lara, condesa de Paredes, con quien le unió una profunda amistad.

En su celda también llevó a cabo experimentos científicos, reunió una nutrida biblioteca, compuso obras musicales y escribió una extensa obra que abarcó diferentes géneros, desde la poesía y el teatro, en los que se aprecia la influencia de Góngora y Calderón, hasta opúsculos filosóficos y estudios musicales. Perdida gran parte de esta obra, entre los escritos en prosa que se han conservado cabe señalar la carta Respuesta a sor Filotea de la Cruz, seudónimo de Manuel Fernández de la Cruz, obispo de Puebla. En 1690, éste había hecho publicar la Carta atenagórica, en la que sor Juana hacía una dura crítica al “Sermón del Mandato” del jesuita portugués António Vieira sobre las «finezas de Cristo», acompañada de una Carta de sor Filotea de la Cruz, en la que, aun reconociendo el talento de la autora, le recomendaba que se dedicara a la vida monástica, más acorde con su condición de monja y mujer, que con la reflexión teológica, ejercicio reservado a los hombres. A pesar de la contundencia de su respuesta, en la que daba cuenta de su vida y reivindicaba el derecho de las mujeres al aprendizaje, pues el conocimiento “no sólo les es lícito, sino muy provechoso”, la crítica del obispo la afectó profundamente, tanto, que poco después sor Juana Inés de la Cruz vendió su biblioteca y todo cuanto poseía, destinó lo obtenido a beneficencia y se consagró por completo a la vida religiosa. Murió mientras ayudaba a sus compañeras enfermas durante la epidemia de cólera que asoló México en el año 1695. La poesía del Barroco alcanzó con ella su momento culminante, y al mismo tiempo introdujo elementos analíticos y reflexivos que anticipaban a los poetas de la Ilustración del siglo XVIII. Sus obras completas se publicaron en España en tres volúmenes: Inundación castálida de la única poetisa, musa décima, sor Juana Inés de la Cruz (1689), Segundo volumen de las obras de sor Juana Inés de la Cruz (1692) y Fama y obras póstumas del Fénix de México (1700).


La obra de Sor Juana Inés de la Cruz

Aunque su obra parece inscribirse dentro del culteranismo de inspiración gongorina y del conceptismo, tendencias características del barroco, el ingenio y originalidad de Sor Juana Inés de la Cruz la han colocado por encima de cualquier escuela o corriente particular. Ya desde la infancia demostró gran sensibilidad artística y una infatigable sed de conocimientos que, con el tiempo, la llevaron a emprender una aventura intelectual y artística a través de disciplinas tales como la teología, la filosofía, la astronomía, la pintura, las humanidades y, por supuesto, la literatura, que la convertirían en una de las personalidades más complejas y singulares de las letras hispanoamericanas.

En la poesía de sor Juana hay numerosas y elocuentes composiciones profanas (redondillas, endechas, liras y sonetos), entre las que destacan las de tema amoroso, como los sonetos que comienzan con "Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba..." y "Detente, sombra de mi bien esquivo...". También abunda en ella la temática mística, en la que una fervorosa espiritualidad se combina con la hondura de su pensamiento, tal como sucede en el caso de "A la asunción", delicada pieza lírica. Mención aparte merece Primero sueño, poema de casi mil versos escritos a la manera gongorina en el que sor Juana describe, de forma simbólica, el impulso del conocimiento humano que rebasa las barreras físicas y temporales para convertirse en un ejercicio de puro y libre goce intelectual. El trabajo poético de la monja se completa con varios hermosos villancicos que en su época gozaron de mucha popularidad.

En el terreno de la dramaturgia escribió dieciocho loas, dos sainetes (la comedia de capa y espada Los empeños de una casa y el juguete mitológico-galante Amor es más laberinto), un sarao o fin de fiesta, así como tres autos sacramentales: El divino Narciso, San Hermenegildo y El cetro de San José. Aunque la influencia de Calderón resulta evidente en muchos de estos trabajos, la claridad y belleza del desarrollo posee un acento muy personal.

La prosa de la autora es menos abundante, pero de pareja brillantez. El estilo predominante de sus obras es el barroco; Sor Juana era muy dada a hacer retruécanos, a verbalizar sustantivos y a sustantivar verbos, a acumular tres adjetivos sobre un mismo sustantivo y repartirlos por toda la oración, y otras libertades gramáticas que estaban de moda en su tiempo. Asimismo es una maestra en el arte del soneto y en el concepto barroco.

La lírica de Sor Juana, testigo del final del barroco hispano, tiene al alcance todos los recursos que los grandes poetas del Siglo de Oro emplearon en sus composiciones. A fin de darle un aire de renovación a su poesía, introduce algunas innovaciones técnicas y le imprime su muy particular sello. La poesía sorjuanesca tiene tres grandes pilares: la versificación, alusiones mitológicas y el hipérbaton.

Varios eruditos, han concluido que Sor Juana consigue un innovador dominio del verso que recuerda a Lope de Vega o a Quevedo. La perfección de su métrica entraña, sin embargo, un problema de cronología: no es posible determinar qué poemas fueron escritos primero  en base a cuestiones estilísticas. En el campo de la poesía Sor Juana también recurrió a la mitología como fuente, al igual que muchos poetas renacentistas y barrocos. El conocimiento profundo que poseía la escritora de algunos mitos provoca que algunos de sus poemas se inunden de referencias a estos temas. En algunas de sus más culteranas composiciones se nota más este aspecto, pues la mitología era una de las vías que todo poeta erudito, al estilo de Góngora, debía mostrar.

Por otro lado, el hipérbaton, recurso muy socorrido en la época, alcanza su esplendor en El sueño, obra repleta de sintaxis forzadas y de formulaciones combinatorias. Rosa Perelmuter apunta que en Nueva España la monja de San Jerónimo fue quien llevó a la cumbre la literatura barroca. La obra sorjuanesca es expresión característica de la ideología barroca: plantea problemas existenciales con una manifiesta intención aleccionadora, los tópicos son bien conocidos y forman parte del “desengaño” barroco. Se presentan, además, elementos como el carpe diem, el triunfo de la razón frente a la hermosura física y la limitación intelectual del ser humano.

La prosa sorjuanesca está conformada por oraciones independientes y breves separadas por signos de puntuación —coma, punto y punto y coma— y no por nexos de subordinación. Predomina, pues, la yuxtaposición y la coordinación. Su profundidad, pues, está en el concepto a la vez que en la sintaxis.

La mayoría de sus personajes pertenecen a la mitología, y escasean burgueses o labradores. Ello se aleja de la intención moralizante en consonancia con los presupuestos didácticos de la tragedia religiosa. En su obra destaca la caracterización psicológica de los personajes femeninos, muchas veces protagonistas, siempre inteligentes y finalmente capaces de conducir su destino, pese a las dificultades con que la condición de la mujer en la estructura de la sociedad barroca lastra sus posibilidades de actuación y decisión.

Los autos sacramentales de Sor Juana, especialmente El cetro de José, incluyen gran cantidad de personajes reales —José y sus hermanos— e imaginarios, como la personificación de diversas virtudes. El patriarca José aparece como la prefiguración de Cristo en Egipto. El pasaje alegorizado del auto, donde se realiza la transposición de la historia bíblica de José, permite equiparar los sueños del héroe bíblico con el conocimiento dado por Dios.

¿Precursora del feminismo?

Entre los estudiosos de Sor Juana ha habido discusión sobre el presunto feminismo que cierto sector de la crítica le atribuye a la monja. Los feministas han querido ver, en la Respuesta a Sor Filotea y en la redondilla Hombres necios, auténticos documentos de liberación femenina. Otros eruditos, principalmente Antonio Alatorre, refutan esta teoría. Para Alatorre, la redondilla satírica en cuestión carece de rastros feministas, sino ofrece un ataque moral señalando la hipocresía de los hombres seductores, cuyos precedentes pueden encontrarse en autores como Ruiz de Alarcón: no era nada nuevo atacar la hipocresía moral de los hombres con respecto a las mujeres. La Respuesta sólo se limita a exigir el derecho a la educación de la mujer, pero restringiéndose a las costumbres de la época. No se trata de una crítica directa; es una defensa personal, a su derecho al saber, al conocimiento, a la natural inclinación por el saber que le otorgó Dios.

Así, no puede hablarse de feminismo en la obra de la monja, pues sólo se limitó a defenderse: las alusiones feministas de su obra son estrictamente personales, no colectivas. Según Alatorre, Sor Juana   decidió   neutralizar simbólicamente su sexualidad a través del hábito de monja. Sobre el matrimonio y su ingreso al convento, la Respuesta, afirma: “Aunque conocía que tenía el estado cosas […] muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación.”



Redondillas

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si la incitáis al mal?


Cambatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad

lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo

de vuestro parecer loco
el niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?

Con el favor y desdén tenéis
condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.


Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,

a una culpáis por cruel

y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,

y la que es fácil, enfada?

Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere

y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas

las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido

en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,

pues en promesa e instancia

juntáis diablo, carne y mundo.


Es indiscutible, de acuerdo a la mayoría de los filólogos, que Sor Juana abogó por la igualdad de los sexos y por el derecho de la mujer a adquirir conocimientos (por lo menos en el mundo hispanohablante) del movimiento moderno de liberación femenina.

Marcelino Menéndez y Pelayo y Octavio Paz consideran que la obra de Sor Juana rompe con todos los cánones de la literatura femenina. Desafía el conocimiento, se sumerge por completo en cuestiones epistemológicas ajenas a la mujer de esa época y muchas veces escribe en términos científicos, no religiosos.

Sor Juana Inés y el Barroco

La obra de sor Juana Inés de la Cruz pertenece a lo mejor del barroco hispánico. Como era de esperar, hay en sus textos indicios muy sugestivos de abundantes lecturas. Góngora, Quevedo y Calderón de la Barca destacan en numerosas secciones de sus escritos. Pero es su poesía lírica la que ha elevado su fama a un plano internacional. La suya es poesía muy diversa, que puede oscilar entre la reflexión aguda y el verso ocasional de cariz epigramático.

Sor Juana nunca rebasa el estilo de su época: encarna la madurez a la que estaba condenada la Nueva España, apenas nacida. Su obra poética es un excelente muestrario de los estilos de los siglos XVI y XVII. Para ella era imposible romper aquellas barreras que tan sutilmente la aprisionaban y dentro de las cuales se movía con tanta elegancia: destruirlas hubiera sido negarse a sí misma. El conflicto era insoluble porque la única salida exigía la destrucción misma de los supuestos que fundaban al mundo colonial.

Si no era posible negar los principios en que aquella sociedad se apoyaba sin negarse a sí misma, tampoco lo era proponer otros. Ni la tradición ni la historia de Nueva España podían ofrecer soluciones diferentes. Es verdad que dos siglos más tarde se adoptaron otros principios: pero no debe olvidarse que venían de fuera, de Francia, y que estaban destinados a fundar una sociedad distinta. A finales del siglo XVII el mundo colonial pierde la posibilidad de reengendrarse: los mismos principios que le habían dado el ser, lo ahogaban. Negar este mundo y afirmar el otro era un acto que para sor Juana no podía tener el mismo significado que para los grandes espíritus de la Contrarreforma o para los evangelizadores de la Nueva España. Para sor Juana renunciar a este mundo no significaba lo mismo que para santa Teresa de Jesús, la dimisión o el silencio, sino un cambio de signo: la historia, y con ella la acción humana, se abre a lo ultraterreno y adquiere así nueva fertilidad. El catolicismo militante, evangélico o reformador, impregna de sentido a la historia y la negación de este mundo se traduce finalmente en una afirmación de la acción histórica.

Sor Juana: Tradición y originalidad en su poesía

Sor Juana es una extraordinaria poetisa que nos lleva una y otra vez al problema de la tradición y la originalidad, pero, como Quevedo, sor Juana se mueve entre intuiciones e ideas claramente establecidas en su tiempo y en lo más hondo de su propio espíritu. Cuanto más extraordinarias, brillantes y originales sean sus palabras, mejor la entenderemos y más profundo sentido cobrará el concepto de la Realidad, característico de su siglo, de ahí que otro magnífico soneto, el que “contiene una fantasía de amor decente”, nos sorprenda siempre, porque una extraña locura de amor se apodera de sor Juana cuando escribe:







Detente, sombra de mi bien esquivo
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejas burlado el lazo estrecho

que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.”

La queja de los cuartetos es tradicional: la persona amada es siempre una presencia que incita, dando esperanzas y alegría; una ausencia (aun en la presencia) que provoca dolor. Tradicionalmente, amar es unas veces gozarse en estas contradicciones; otras como aquí en el caso de sor Juana, pedir fin al suplicio: Detente; “¿para qué me enamoras lisonjero, / si has de burlarme luego fugitivo?”. La dulce enemiga o el dulce enemigo, que no atienden jamás a quien los adora, provocan así el peculiar dolor del corazón dividido. Hasta el tiempo de sor Juana el concepto se había venido repitiendo sin mayores variantes: amar es siempre un morir gozoso (“alegre muero”), un vivir doliente (“penosa vivo”). Y todo “bien” que el amante (o la amante) imagina es siempre, necesariamente, “esquivo”.

La poetisa también desarrolla la idea de que el arte puede desengañar a los que se aferran a lo pasajero. Aquí sor Juana dirige la poesía contra sí misma, en cuanto que todo es arte aunque ficción, artificio, pasajero entretenimiento que si algo vale, no lo vale en sí, sino porque es útil instrumento para declarar verdades anteriores e independientes a cualquier poema. En el mejor de los casos, cabía reconocer que la poesía es sólo reflejo de la inevitable y frívola tendencia al metro y a la rima que tienen algunos mortales, como bien declara la misma sor Juana en su Carta a sor Filotea. Pero incluso cuando esta tendencia desemboca en el vicio mayor del siglo, en los juegos de palabras, éstos encontrarán su utilidad en servicio de la visión del mundo que revela lo vacío de toda ficción. Así, a la vez que sor Juana se defiende contra los que criticaban no sólo su afición a filosofar -porque no hay que olvidar que era gran pensadora- sino también su afecto a las palabras y al verso, demuestra cómo las palabras pueden ser instrumento para dejar la verdad realista de su siglo bien en claro:

“En perseguirme, mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo,
cuando sólo intento poner bellezas en mi entendimiento

y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas,

y así, siempre me causa más contento poner riquezas
en mi entendimiento que no mi entendimiento en las riquezas.

Yo no estimo hermosura que vencida es despojo civil de las edades

ni riqueza me agrada fementida;

teniendo por mejor en mis verdades
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.”

En estos versos, así como en la carta a sor Filotea vemos cierto orgullo, una profunda ironía y alguna vez, cierto sarcasmo. Pero hay que destacar que en un siglo de poetas -el siglo de las Soledades- una excelente poetisa se ve obligada a escribir soneto tan mediocre para declarar públicamente que nada en su mundo interior difiere de un concepto de la Realidad firmemente establecido. Se la persigue por ser mujer y por ser monja, por eso no podemos temer que esta mujer del siglo XVII nos revele un mundo poético que difiera en lo sustancial del de los autores peninsulares que conoce muy bien. Algunas veces dirige contra sí misma la acritud de su ingenio, como en estos famosos versos A su retrato:


 Este que ves, engaño colorido,

que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;
éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada

Este viejo tema se resuelve en el último verso, tomado casi directamente de Góngora. No es esta ocasión de intentar un análisis del soneto que quizá nos ayudaría a entender algo de su originalidad, ya que el origen emotivo del soneto radica en que sor Juana escribe, no en abstracto, sino a partir de un doloroso momento en que ha visto frente a sí a la sor Juana que ella no es, es decir, la idea del yo frente a la imagen. Esta idea tomada de la antigüedad de que lo pintado compite con lo vivo da a lo vivo una presencia indestructible. El soneto de sor Juana nos ofrece una angustiosa revelación personal de que aquello, lo pintado -¡cauteloso engaño del sentido!-, es, desde su concepción, lo muerto; color que quiere pasar por substancia. Esta intuición personal ilumina profundamente una idea tradicional del mundo que quizá teníamos olvidada de puro sabida: la nueva forma.

Algunos han tachado a sor Juana de poetisa gongorina. Es verdad que resulta difícil y abstracta en su Primero Sueño, y que emplea unas pocas metáforas intrincadas en sus canciones de amor mundano, que un crítico ha llamado “lo más delicado escrito por una mujer”. Concedido esto, su poesía lírica, en conjunto, es espontánea y sincera, llena de colorido y de luz.



El amor: tema principal en la poesía de Sor Juana

El amor es uno de los temas constantes de su poesía. Dicen que amó y fue amada. Ella misma así lo da a entender en liras y sonetos, aunque en la Respuesta a Sor Filotea advierte que todo lo que escribió, excepto el Primero sueño, fue de encargo. En realidad, no importa si esos amores han sido ajenos o propios, vividos o soñados: ella los hizo suyos por gracia de la poesía. Su erotismo es intelectual, pero no carece de profundidad o de autenticidad. Sus sonetos de amor tienen todo el exquisito platonismo de Petrarca, y en fuerza concisa y simbólica recuerdan a Shakespeare:


Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba.

Y Amor, que mis intentos ayudaba, 
venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos, 
ni el vil recelo tu quietud contraste

con sombras necias, con indicios vanos:
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.

Se complace, como todos los grandes enamorados, en la dialéctica de la pasión y también sensual en su retórica. Los hombres y mujeres de sus poemas son imágenes, sombras “labradas por la fantasía”. Su platonismo no está exento de ardor. Siente a su cuerpo como una llama sin sexo.

En casi todas sus poesías amorosas aparece el mismo razonamiento: «el amor puro, sin deseo de indecencias, puede sentir lo que el más profano».

Sus amores, ciertos o fingidos, fueron castos sin duda. Se enamora del cuerpo con el alma, no se puede trazar las fronteras entre uno y otro. Para nosotros cuerpo y alma son lo mismo o casi lo mismo: nuestra idea del cuerpo está teñida de espíritu y a la inversa. Sor Juana vive en un mundo fundado en el dualismo y para ella el problema era de más fácil resolución, tanto en la esfera de las ideas como en la de la conducta. Sor Juana se mueve entre sombras: las de los cuerpos inasibles y la de las almas huidizas. Para ella sólo el amor divino es concreto e ideal a un tiempo. Pero sor Juana no es un poeta místico y en sus poemas religiosos la divinidad es abstracta. Dios es idea, concepto, y aun ahí donde sigue visiblemente en los místicos se resiste a confundir lo terreno y lo celeste. El amor divino es amor racional.

El tema único de estos poemas es la ausencia, a veces enlazado o complicado con el de los celos. Su amor no es feliz como el de los poemas de amistad amorosa a María Luisa. La fantasía la eleva pero al abrir los ojos, cae de nuevo en sí misma.

Actividades

1-             ¿Por qué se ha usado el término “feminista” para caracterizar a sor Juana?
2-             ¿Por qué entró sor Juana al convento?

3-             ¿Cuáles fueron las relaciones de la monja mexicana con la corte virreinal y en especial con las virreinas?
4-             ¿Quién es sor Filotea de la Cruz y por qué le escribió sor Juana?
5-             ¿Qué temas barrocos aprovechó la escritora mexicana en sus poesías?

6-             ¿Cómo demuestra la autora que su vocación intelectual no es incompatible con la devoción religiosa? En los textos compartidos en clase ¿Qué datos encuentras que confirmen el deseo de saber de sor Juana?

7-             ¿Qué conceptos antitéticos encontramos en “Hombres necios”? ¿Qué actitud contradictoria de los hombres critica la voz poética?
8-             En “Este que ves, engaño colorido”, identifica los paralelismos y explica por qué el retrato es “nada”.

9-             ¿A quién se dirige la voz poética en “Detente sombra de mi bien esquivo”? ¿Qué comentarios encuentras sobre el amor, el cuerpo y la imaginación?

10- ¿Cómo se caracteriza el amor en “Esta tarde mi bien cuando te hablaba”? ¿Por qué es frecuente este tipo de caracterización en el período barroco?







miércoles, 13 de junio de 2018

Romanticismo



El Romanticismo

El Romanticismo nace en Europa en el último cuarto del siglo XVIII, inicialmente en Inglaterra y Alemania para pasar en la primera década del XIX a Francia donde tiene su mayor florecimiento y desde donde se extenderá a España, Italia y Rusia entre otros.

Inglaterra, durante los siglos XVIII Y XIX lo ve surgir de su seno y acoge en él todas las revoluciones europeas, es decir, allí nace la revolución industrial y el romanticismo y de la misma manera también acoge a todos los revolucionarios, fugitivos y perseguidos de otros países, es al lugar de exilio de franceses, polacos, húngaros, italianos y alemanes, gentes que tenían algo de héroes y algo de bandidos, empero y más allá de estas características, Inglaterra seguía siendo la patria del conservadurismo y por excelencia de las Instituciones de la Monarquía Parlamentaria, las que permanecen en pie gracias a la alianza entre sus clases dirigentes.

Las primeras manifestaciones del romanticismo inglés están unidas a una mirada de la literatura medieval, la nobleza se interesa por las ruinas medievales transformando sus propiedades en castillos a la usanza gótica, al culto de lo natural y de paisajes que en ocasiones rememoran tiempos perdidos o sueños en lontananza. Algunos poetas empiezan a cantarle a la naturaleza, por ejemplo, Thomas Gray compone el poema "Volvamos a la Naturaleza", evocación de un viejo sueño Celta, este fue un llamado a mirar el pasado del que provienen sueños de nostalgia y de belleza. Esta forma y matices al mirar el pasado, esa intención de partir siempre de un recuerdo nostálgico de lo que fue, permanecerá marcadamente acentuado en el resto del romanticismo europeo y latinoamericano.

Muchos de los románticos ingleses descienden de pueblos vejados por el afán de crecimiento del capitalismo inglés: Escoceses, Galeses e Irlandeses, con lo cual, y dentro de la literatura romántica propia de estas latitudes, dio origen a la aparición de una serie de "héroes plebeyos", cuyos matices y elementos característicos los identifican como los inadaptados, mendigos, vagabundos y aventureros, al mismo tiempo que se canta y evoca la parroquia lejana, el riachuelo de una humilde aldea, el sonido de un viejo y olvidado campanario, etc.

Entre 1789 y 1822, fecha del fallecimiento de Shelley, el romanticismo inglés alcanza su culminación con lo "cinco grandes": Blake, Coleridge, Wordsworth, Shelley y Keats.

Byron, es el poeta romántico inglés por excelencia, el poeta fuera de serie, autor de obras como Don Juan, El Corsario y La Prometida de Abydos, entre otras. Como características determinantes o fundamentos decisorios que marcan y se deslizan de mil formas y componentes en su literatura, podemos enunciar la violencia, la impetuosidad, lo satírico, el tormento o la ausencia al vivir en un mundo que no ofrece respuestas, ni oportunidades pero que al mismo tiempo avivan esa sed de vivir por lo auténtico, por la utopía hecha realidad; de ahí pues, que no sea gratuita su muerte en Grecia cuando luchaba al lado de esta nación para detener la invasión de los Turcos, reafirmando esa visión de lo propio y de la nación como elementos inalienables de una identidad histórica única. En consecuencia, no es gratuito


pues, que se señale a Lord Byron como el más auténtico representante del romanticismo inglés, personaje que influyó de distintas formas tanto en los demás románticos europeos como latinoamericanos que hoy es posible clasificar sus características y hablar de “byronismo”.



Entre esas se pueden mencionar las siguientes:


·         Inquietud perpetua.

·         Interrogantes sin respuesta.

·         Melancolía que llega con frecuencia a la desesperación.

·         Tedio de vivir.

·         Egocentrismo que frecuentemente termina en narcisismo.

·         Deseo de soledad, desprecio por lo social y colectivo.


·         Actitud claramente hostil a la opinión común, a los prejuicios morales y reivindicación de una libertad ilimitada.

A este conjunto de actitudes y de características se le dio el nombre de "mal del siglo". Muchos de los grandes maestros del romanticismo terminaron en el suicidio o fueron víctimas de muertes absurdas y, no pocas veces, buscadas por su temerario atrevimiento.

En otro contexto, en Alemania, la revolución industrial sólo cobra vida y dinamismo a partir de la segunda mitad del siglo XIX. La devastadora guerra de los siete años, el fraccionamiento de su territorio, la falta de unidad política, fueron circunstancias que retardaron el desarrollo alemán en casi todo sentido. Por eso, la alemana es la última de las literaturas europeas en perfilarse, la lengua alemana por ejemplo, permanece relegada en las Universidades a un segundo plano por el Latín, lo que en la práctica obstaculizó el desarrollo y nivel alcanzado por algunas de sus lenguas vecinas.

Hacia 1774, cuando Goethe publica el Werther se inicia la búsqueda en Alemania de un lenguaje poético moderno, se intentó modernizar la moda y las costumbres, tratando de distanciarse de las arraigadas costumbres e influencia francesas, se trató en suma, de luchar por una reafirmación de lo nacional y lo popular, por un ideal racionalista, pero cargado de mucho corazón y sentimientos.
Entre esa pléyade de representantes alemanes del romanticismo podemos mencionar a: Herder, Schiller, Lessing y algunos de sus contemporáneos fueron Hegel, Bethoven, Kant, Fichte y Schuman entre otros.

En este orden de ideas, es importante señalar cómo el romanticismo surge específicamente en países protestantes, es decir, en aquellos donde la Iglesia había sufrido transformaciones bastante significativas, muchas de las cuales se inscriben en la llamada Reforma: En Inglaterra con Enrique VIII y en Alemania con Lutero que, según palabras de F. Heer, significó un trascendental cambio en la conciencia del Yo: "Esto es, que el reformado no acepta intermediación en su relación con Dios, así, sacramentos como el de la Confesión fueron abolidos y el libre examen de las Escrituras le permite una interpretación personal de los preceptos de su fe y de sus creencias".

En literatura, el romanticismo es una reacción frente a las formas rígidas del clasicismo y del neoclasicismo. Se busca la libertad en las imágenes, en las ideas, en los sentimientos, en la expresión y en los temas, buscando lo humano, lo nacional, lo heroico, lo divino y lo extraordinario.

En política y aspectos sociales se identifica con el liberalismo constituyéndose en una réplica de la sociedad burguesa frente a los excesos del absolutismo monárquico, pero al mismo tiempo combate la anarquía de la revolución popular, pues, el romántico a la vez que lucha por la Libertad quiere una sociedad estable.

De otro lado, en la Filosofía se considera que el romanticismo nació como defensa del sentimiento y de la imaginación frente a la razón, el análisis y la especulación, pero sin los cuales no hubiera podido existir. Así, el romanticismo ha sido presentado como el conjunto de movimientos intelectuales que a partir de fines del siglo XVIII hicieron prevalecer el sentimiento sobre la razón y la imaginación por encima del análisis crítico.


Se consideran como fuentes filosóficas del romanticismo los siguientes aspectos:

v    El fracaso de la razón como instrumento para explicar la totalidad del Yo, y
v    El protagonismo del Yo como Valor Supremo.

De esta forma, por ejemplo, el lugar salvaje, natural y no contaminado por la civilización al que Rousseau llamaba "romántico", será el refugio de las almas naturales, espontáneas y diferentes que huyen de los espacios colectivos y artificiales de la sociedad. La tierra no es vista por el romántico con el ojo del rentista sino desde un punto de vista estético, sublime y colmado de toda contemplación; es así como describían paisajes observados como "las peores tierras pero las más bellas, sombrías y los rincones más solitarios (...)"; es evidente la oposición a los conceptos económicos difundidos por la burguesía, tanto, que el escritor y pensador romántico será prontamente rechazado por las élites como individuo soñador, vago, desadaptado, vagabundo y por lo tanto, improductivo. Las fuentes del romanticismo que antes expresaban la oposición del Yo y la sociedad (soledad – colectivismo) ahora vienen a expresar la oposición del Yo a la estructura social burguesa.



El Romanticismo en Latinoamérica

El Romanticismo en los países hispanoamericanos no se diferencia en esencia del propio de las naciones europeas en que se origina. Su rasgo principal, en algunos lugares, consiste en la idealización del indio, lo que responde a la exaltación de los valores nacionales y del pasado, propia del movimiento romántico. Sus primeras corrientes parten de Francia e Inglaterra, pero más tarde son claramente españolas. Por razones de índole histórica, ante todo por la falta de tradición colonial arraigada, el Romanticismo prende en la región del Río de la Plata antes que en el resto del continente.



El Romanticismo en Argentina

En Argentina la dictadura de Rosas provoca el destierro de buen número de jóvenes escritores. Uno de ellos, Esteban Echeverría (1805-1851), vive unos años en Francia y, en muchos aspectos, puede considerarse un precursor. Su novela "Elvíra o la novia del Plata" (1832) resulta plenamente romántica; causan sensación por la novedad sus libros de versos "Los consuelos" (1834) y "Las rimas" (1837), que le proporcionan enorme reputación entre los poetas juveniles. Con la intención de crear;
la literatura nacional, funda en 1838 la Joven Argentina o Asociación de Mayo, reunión de escritores que comparten sus ideales.

Uno de los más vigorosos prosistas del grupo, Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), encarnizado enemigo de Rosas, ocupa la presidencia de la República entre 1868 y 1874. Su obra más famosa se denomina "Civilización y barbarie: Vida de Juan Facundo Quiroga" (1845), especie de historia no velada sobre la situación de su patria, en la cual apunta las bases para su reconstrucción. Mayor calidad literaria tienen sus cartas, reunidas con el título de "Viajes" (1845-1847): contienen bellas descripciones de los lugares que ha visitado. Igual carácter autobiográfico tienen sus restantes obras "Mi defensa" (1843), "Recuerdos de provincia" (1850) y "Campaña del Ejército Grande" (1852).

Por inaugurar una moda en la literatura hispanoamericana es importante la novela de Vicente Fidel López (1815-1903) titulada "La novia del hereje". Ambientada en el siglo XVI, en tiempo de las correrías de Drake por América del Sur, se escribe hacia 1840, pero no se publica en volumen hasta 1884.

Los grandes poetas del grupo de desterrados son Ascasubi y Mármol. Hilario Ascasubi (1807-1875) retrata en populares poemas, empleando el habla de los gauchos, vivas escenas de la existencia en la pampa. Sus libros más celebrados se titulan


"Paulino Lucero" (1839-1851), "Aniceto el Gallo" (1853-1859) y "Santos Vega o Los mellizos de la Flor" (1872).
La poesía de José Mármol (1817-1871) se inspira en la de Byron. Sus "Cantos del peregrino" (1846) son el resultado de sus meditaciones en el barco que le lleva al destierro en Chile; las composiciones en que ataca con dureza a Rosas están contenidas principalmente en "Armonías" (1851-1854). La importancia de Mármol en la historia de la poesía no es menor a la que tiene en la de la novela: su "Amalia" (1851-1855), ambientada en Buenos Aires bajo la tiranía de Rosas, se presenta como novela básicamente política, a despecho de sus valores literarios.

La poesía gauchesca argentina, que ha tenido su iniciador en Hilario Ascasubi, alcanza en la segunda mitad del siglo XIX la cima más alta con varios creadores de relieve. Estanislao del Campo (1834-1880) comienza imitando y replicando a Ascasubi, con el seudónimo de "Anastasio el Gallo". Su Fausto (1866) es el relato que hace un gaucho a sus amigos de la ópera de Gounod del mismo título que ha visto en un teatro de Buenos Aires. Resulta gracioso, aunque más folklórico que verdadero.

El máximo escritor gauchesco, José Hernández (1834-1886), poeta culto y de gran sensibilidad, emprende una ingente labor poética para dignificar al gaucho y dar auténtica nota nacional a la literatura argentina. Su "Martín Fierro", publicado en dos partes, la "Ida" en 1872 y "la Vuelta" en 1879, está escrito en octosílabos.

Es un poema plenamente romántico por su tono popular, nacionalismo, exotismo y carácter a veces novelesco. La compenetración de Hernández con el mundo que describe es tal, que su poema no parece obra de un individuo, sino de todo un pueblo, de la comunidad gaucha, con sus costumbres propias, y su personalísima manera de expresarse. Aparte las alusiones a la política argentina, el poema contiene admirables descripciones de la vida del gaucho y de los indios.


El Romanticismo en los demás países de Latinoamérica

El Romanticismo prende también en las demás naciones hispanoamericanas, pero quizá con menos ímpetu que en Argentina. En Chile y Uruguay los exiliados argentinos crean núcleos literarios que in fluyeron en los escritores autóctonos. El Romanticismo en México se halla representado por los poetas Ignacio Ramírez (1818-1879), ministro en varias ocasiones, de lira inconformista, que populariza el seudónimo de "El Nigromante"; Guillermo Prieto (1 818-1897), de inspiración popular en la "Musa callejera" (1883); el autor teatral Fernando Calderón (1809-1845), con dramas, comedias de costumbres y tragedias, y los novelistas Manuel Payno (1810-1894), seguidor de Fernández de Lizardi en "Los bandidos de Río Frío" (1888-1891), y Luis G. Inclán (1816-1875), que narra la vida de los campesinos en "Astucia, el jefe de los Hermanos de la Hoja" (1865).

Ricardo Palma (1833-1919), peruano, es el mayor romántico de su país. A pesar de que cultiva distintas formas literarias, encuentra su más certero medio de expresión en la prosa, y en particular en un género creado por él: el de la "tradición". Sus Tradiciones peruanas, en seis series, publicadas de 1872 a 1883, presentan un vasto cuadro de la historia del Perú, desde la época de los incas hasta los días del autor, con un desfile interminable de personajes, situaciones, costumbres, etc., si bien se detiene especialmente en el siglo XVIII. Sus fuentes son muy variadas: crónicas, leyendas, dichos y cuentos populares y sus experiencias personales. Su estilo amenísimo posee encanto singular que cautiva la atención del lector, su léxico, lleno de jugosos americanismos, da un aliciente más a la obra. Aparte las famosas Tradiciones, publica libros similares, como "Ropa vieja" (1889), "Cachivaches" (1899), etc.

Otro gran valor de la novela hispanoamericana de la época romántica, el colombiano Jorge Isaacs (1837-1895), crea en "María" (1867), novela típicamente romántica, el relato de un tierno idilio amoroso, en el marco de una naturaleza descrita de manera poética. Tiene también valor costumbrista, sencillo y veraz alejado de lo folklórico. Por ello, y sobre todo por el análisis psicológico del amor de los protagonistas, María alcanza rotundo éxito en su tiempo y queda como uno de los mejores relatos románticos de América.




Lectura

El matadero[1]

A pesar de que la mía es historia, no la empezaré por el arca de Noé y la genealogía de sus ascendientes como acostumbraban hacerlo los antiguos historiadores españoles de América, que deben ser nuestros prototipos. Tengo muchas razones para no seguir ese ejemplo, las que callo por no ser difuso. Diré solamente que los sucesos de mi narración, pasaban por los años de Cristo del 183... Estábamos, a más, en cuaresma, época en que escasea la carne en Buenos Aires, porque la Iglesia, adoptando el precepto de Epicteto, sustine, abstine (sufre, abstente), ordena vigilia y abstinencia a los estómagos de los fieles, a causa de que la carne es pecaminosa, y, como dice el proverbio, busca a la carne. Y como la Iglesia tiene ab initio y por delegación directa de Dios, el imperio inmaterial sobre las conciencias y estómagos, que en manera alguna pertenecen al individuo, nada más justo y racional que vede lo malo.

Los abastecedores, por otra parte, buenos federales, y por lo mismo buenos católicos, sabiendo que el pueblo de Buenos Aires atesora una docilidad singular para someterse a toda especie de mandamiento, sólo traen en días cuaresmales al matadero, los novillos necesarios para el sustento de los niños y de los enfermos dispensados de la abstinencia por la Bula y no con el ánimo de que se harten algunos herejotes, que no faltan, dispuestos siempre a violar las mandamientos carnificinos de la Iglesia, y a contaminar la sociedad con el mal ejemplo.

[…]   Algunos médicos opinaron que si la carencia de carne continuaba, medio pueblo caería en síncope por estar los estómagos acostumbrados a su corroborante jugo; y era de notar el contraste entre estos tristes pronósticos de la ciencia y los anatemas lanzados desde el púlpito por los reverendos padres contra toda clase de nutrición animal y de promiscuación en aquellos días destinados por la Iglesia al ayuno y 1a penitencia. Se originó de aquí una especie de guerra intestina entre los estómagos y las conciencias, atizada por el inexorable

apetito y las no menos inexorables vociferaciones de los ministros de la Iglesia, quienes, como es su deber, no transigen con vicio alguno que tienda a relajar las costumbres católicas: a lo que se agregaba el estado de flatulencia intestinal de los habitantes, producido por el pescado y los porotos y otros alimentos algo indigestos.


Esta guerra se manifestaba por sollozos y gritos descompasados en la peroración de los sermones y por rumores y estruendos subitáneos en las casas y calles de la ciudad o dondequiera concurrían gentes. Alarmóse un tanto el gobierno, tan paternal como previsor, del Restaurador, creyendo aquellos tumultos de origen revolucionario y atribuyéndolos a los mismos salvajes unitarios, cuyas impiedades, según los predicadores federales, habían traído sobre el país la inundación de la cólera divina; tomó activas providencias, desparramó sus esbirros por la población, y por último, bien informado, promulgó un decreto tranquilizador de las conciencias y de los estómagos, encabezado por un considerando muy sabio y piadoso para que a todo trance y arremetiendo por agua y todo, se trajese ganado a los corrales.

En efecto, el decimosexto día de la carestía, víspera del día de Dolores, entró a nado por el paso de Burgos al matadero del Alto una tropa de cincuenta novillos gordos;
cosa poca por cierto para una población acostumbrada a consumir diariamente de
250 a 300, y cuya tercera parte al menos gozaría del fuero eclesiástico de alimentarse con carne. ¡Cosa extraña que haya estómagos privilegiados y estómagos
sujetos a leyes inviolables y que la Iglesia tenga la llave de los estómagos!

Pero no es extraño, supuesto que el diablo con la carne suele meterse en el cuerpo y que la Iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino la de la Iglesia y el gobierno. Quizá llegue el día en que sea prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo, sin permiso de autoridad competente. Así era, poco más o menos, en los felices tiempos de nuestros beatos abuelos que por desgracia vino a turbar la revolución de Mayo.

Sea como fuere; a la noticia de la providencia gubernativa, los corrales del Alto se llenaron, a pesar del barro, de carniceros, achuradores y curiosos, quienes recibieron con grandes vociferaciones y palmoteos los cincuenta novillos destinados al matadero.

-Chica, pero gorda -exclamaban-. ¡Viva la Federación! ¡Viva el Restaurador!

Porque han de saber los lectores que en aquel tiempo la Federación estaba en todas partes, hasta entre las inmundicias del matadero, y no había fiesta sin Restaurador como no hay sermón sin San Agustín. Cuentan que al oír tan desaforados gritos las últimas ratas que agonizaban de hambre en sus cuevas, se reanimaron y echaron a correr desatentadas conociendo que volvían a aquellos lugares la acostumbrada alegría y la algazara precursora de abundancia. […]




Trabajo Práctico N°

1-        Investiga quién fue Esteban Echeverría.

2-        ¿Qué movimiento literario y qué ideas filosóficas y políticas influyeron en la formación de Esteban Echeverría?

3-        ¿En qué consiste el americanismo de este autor y como se refleja en su obra?

4-        ¿Cuál era el programa politico y cultural de los intelectuales antirrosistas?

5-        ¿Cuál es el contexto histórico de “El Matadero”? Refiérete al conflicto político social aquí representado.

6-        ¿Contra quiénes dirige el narrador sus comentarios irónicos? Da ejemplos de frases irónicas.


La gauchesca

La literatura gauchesca es un fenómeno singular dentro de las literaturas de América; empezó a desarrollarse en el ámbito del Río de la Plata, en forma anónima al principio, hacia finales del siglo XVIII. Ciertamente, la originalidad de esta literatura no se debe al protagonismo del gaucho, ni al uso de la lengua popular hablada en la campaña, ya que ambos elementos son característicos de cualquier literatura regional. Lo original, lo definitivamente singular de la literatura gauchesca es la adopción que de ese personaje y de esa lengua hicieron autores cultos a las ciudades. Tal adopción puede interpretarse tanto como la necesidad política de transmitir al público gaucho, iletrado, aquellos temas e historias que lo involucraban directamente, como la voluntad literaria de esos autores de diferenciarse de la literatura culta de origen europeo, con el implícito fin de afianzar, su autonomía cultural y literaria.

La poesía gauchesca incorpora algunos elementos expresivos de la poesía tradicional
española (rondas y canciones, villancicos y coplas) y sus temas (héroes legendarios, caballeros, reyes y  pastores),  que llegaron a América y se reelaboraron en palabras, personajes y costumbres que les  imprimieron  tono  y  color locales.
Entre                                                                1800 y  1830 surgieron numerosos payadores, que difundieron estas composiciones de versos octosílabos. Las payadas, más moralizantes que poéticas, ya se encuentran descriptas por Carrió de la Vandera en El lazarillo de ciegos caminantes; en el sainete El amor de la estanciera se registran las características salientes del habla

rural. Por otra parte, no debe descartarse la obra de Juan Bautista Maziel, autor de una poesía de escaso valor literario pero curiosa en cuanto antecedente de la conversión del gaucho en personaje poético, sobre todo en su romance Canta un guaso en estilo campestre los triunfos del Excelentísimo Señor Don Pedro Cevallos.

Tanto la tradición oral, transmitida por los payadores, como las primeras manifestaciones de literatura gauchesca, fueron engrandeciendo sus temas y perfeccionando su manera de expresar sus ideas, hasta emplearse esta literatura por autores cultos de las ciudades (tales como: Bartolomé Hidalgo, reconocido por Cielitos y Diálogos patrióticos; Hilario Ascasubi, autor de Santos Vegas, poema épico de la literatura gauchesca; Estanislao del Campo, autor de Fausto; y, sobre todo, José Hernández, autor del Martín Fierro, donde canta de manera humana su lucha por la libertad, contra las adversidades y la injusticia.)

El gaucho Martín Fierro y La vuelta del Martín Fierro, son dos textos conocidos en la actualidad como las dos partes de una misma obra, que marca el punto más alto y definitivo de la poesía gauchesca, constituyéndose en una de las obras esenciales de toda la literatura argentina.

La primera parte puede leerse como un alegato contra los abusos de la presidencia de Sarmiento. La notable repercusión que obtuvo el poema alentó a Hernández a realizar una segunda parte, siete años más tarde, en la que la dureza de la primera deja lugar a un cuadro más matizado y complejo del mundo rural.

Martín Fierro presenta pequeñas pero significativas modificaciones formales: el poema está escrito en versos octosílabos, pero mientras que la tradición agrupaba en décimas (estrofas de diez versos, como las usaba Ascasubi) o en cuartetas (estrofas de cuatro versos, como las usaba Estanislao del Campo); Hernández utiliza la sextina (agrupamiento de seis versos) que posibilita a su vez el agrupamiento de los versos en pares. Estos pareados, logran cierto mimetismo con las formas del habla gauchesca, según las caracterizaba Hernández: falta de enlace en las ideas, en las que a veces no existe una sucesión lógica sino una revelación oculta y remota.

A estos desvíos con respecto a la tradición debe sumarse la impactante información política del texto de Hernández. Por un lado esto representa una evidente modificación con respecto a los textos de Del Campo, Gutiérrez y el último Ascasubi, pero también con respecto a los poemas literarios de Hidalgo y a los partidistas del primer Ascasubi.

Hernández logró una obra más contundente en el terreno político que la de sus antecesores gauchi-políticos y, al mismo tiempo, de mayor alcance y valor literario que la de quienes habían pretendido estetizar la poesía gauchesca.


[1] Obras Completas de D. Esteban Echeverría , edición de Juan María Gutiérrez, Buenos Aires, Carlos Casavalle Editor, 1870-1874