Sor
Juana Inés de la Cruz
Juana
Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana nació en San Miguel de Nepantla, México,
en el año 1651. Fue la mayor figura de las letras hispanoamericanas del siglo
XVII. Niña prodigio, aprendió a leer y escribir a los tres años, y a los ocho
escribió su primera loa. Admirada por su talento y precocidad, a los catorce
fue dama de honor de Leonor Carreto, esposa del virrey Antonio Sebastián de
Toledo. Apadrinada por los marqueses de Mancera, brilló en la corte virreinal
de Nueva España por su erudición y habilidad versificadora.
Pese
a la fama de que gozaba, en 1667 ingresó en un convento de las carmelitas
descalzas de México y permaneció en él cuatro meses, al cabo de los cuales lo
abandonó por problemas de salud. Dos años más tarde entró en un convento de la
Orden de San Jerónimo, esta vez definitivamente. Dada su escasa vocación religiosa,
parece que sor Juana Inés de la Cruz prefirió el convento al matrimonio para
seguir gozando de sus aficiones intelectuales: “Vivir sola... no tener
ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio”. Su
celda se convirtió en punto de reunión de poetas e intelectuales, como Carlos
de Sigüenza y Góngora, pariente y admirador del poeta cordobés, cuya obra
introdujo en el virreinato, y también del nuevo virrey, Tomás Antonio de la
Cerda, marqués de la Laguna, y de su esposa, Luisa Manrique de Lara, condesa de
Paredes, con quien le unió una profunda amistad.
En
su celda también llevó a cabo experimentos científicos, reunió una nutrida
biblioteca, compuso obras musicales y escribió una extensa obra que abarcó
diferentes géneros, desde la poesía y el teatro, en los que se aprecia la
influencia de Góngora y Calderón, hasta opúsculos filosóficos y estudios
musicales. Perdida gran parte de esta obra, entre los escritos en prosa que se
han conservado cabe señalar la carta Respuesta a sor Filotea de la Cruz,
seudónimo de Manuel Fernández de la Cruz, obispo de Puebla. En 1690, éste había
hecho publicar la Carta atenagórica, en la que sor Juana hacía
una dura crítica al “Sermón del Mandato” del jesuita portugués António
Vieira sobre las «finezas de Cristo», acompañada de una Carta de sor
Filotea de la Cruz, en la que, aun reconociendo el talento de la
autora, le recomendaba que se dedicara a la vida monástica, más acorde con su
condición de monja y mujer, que con la reflexión teológica, ejercicio reservado
a los hombres. A pesar de la contundencia de su respuesta, en la que daba
cuenta de su vida y reivindicaba el derecho de las mujeres al aprendizaje, pues
el conocimiento “no sólo les es lícito, sino muy provechoso”, la
crítica del obispo la afectó profundamente, tanto, que poco después sor Juana
Inés de la Cruz vendió su biblioteca y todo cuanto poseía, destinó lo obtenido
a beneficencia y se consagró por completo a la vida religiosa. Murió mientras
ayudaba a sus compañeras enfermas durante la epidemia de cólera que asoló
México en el año 1695. La poesía del Barroco alcanzó con ella su momento
culminante, y al mismo tiempo introdujo elementos analíticos y reflexivos que
anticipaban a los poetas de la Ilustración del siglo XVIII. Sus obras completas
se publicaron en España en tres volúmenes: Inundación castálida de la
única poetisa, musa décima, sor Juana Inés de la Cruz (1689),
Segundo volumen de las obras de sor Juana Inés de la Cruz (1692) y Fama
y obras póstumas del Fénix de México (1700).
La obra de Sor Juana Inés de
la Cruz
Aunque
su obra parece inscribirse dentro del culteranismo de inspiración gongorina y
del conceptismo, tendencias características del barroco, el ingenio y
originalidad de Sor Juana Inés de la Cruz la han colocado por encima de
cualquier escuela o corriente particular. Ya desde la infancia demostró gran
sensibilidad artística y una infatigable sed de conocimientos que, con el
tiempo, la llevaron a emprender una aventura intelectual y artística a través
de disciplinas tales como la teología, la filosofía, la astronomía, la pintura,
las humanidades y, por supuesto, la literatura, que la convertirían en una de
las personalidades más complejas y singulares de las letras hispanoamericanas.
En
la poesía de sor Juana hay numerosas y elocuentes composiciones profanas
(redondillas, endechas, liras y sonetos), entre las que destacan las de tema
amoroso, como los sonetos que comienzan con "Esta tarde, mi bien,
cuando te hablaba..." y "Detente, sombra de mi bien esquivo...".
También abunda en ella la temática mística, en la que una fervorosa espiritualidad
se combina con la hondura de su pensamiento, tal como sucede en el caso
de "A la asunción", delicada pieza lírica. Mención aparte
merece Primero sueño, poema de casi mil versos escritos a la
manera gongorina en el que sor Juana describe, de forma simbólica, el impulso
del conocimiento humano que rebasa las barreras físicas y temporales para
convertirse en un ejercicio de puro y libre goce intelectual. El trabajo
poético de la monja se completa con varios hermosos villancicos que en su época
gozaron de mucha popularidad.
En
el terreno de la dramaturgia escribió dieciocho loas, dos sainetes (la comedia
de capa y espada Los empeños de una casa y el juguete mitológico-galante
Amor es más laberinto), un sarao o fin de fiesta, así como tres
autos sacramentales: El divino Narciso, San Hermenegildo y El cetro
de San José. Aunque la influencia de Calderón resulta evidente en
muchos de estos trabajos, la claridad y belleza del desarrollo posee un
acento muy personal.
La
prosa de la autora es menos abundante, pero de pareja brillantez. El estilo
predominante de sus obras es el barroco; Sor Juana era muy dada a hacer
retruécanos, a verbalizar sustantivos y a sustantivar verbos, a acumular tres
adjetivos sobre un mismo sustantivo y repartirlos por toda la oración, y otras
libertades gramáticas que estaban de moda en su tiempo. Asimismo es una maestra
en el arte del soneto y en el concepto barroco.
La
lírica de Sor Juana, testigo del final del barroco hispano, tiene al alcance
todos los recursos que los grandes poetas del Siglo de Oro emplearon en sus
composiciones. A fin de darle un aire de renovación a su poesía, introduce
algunas innovaciones técnicas y le imprime su muy particular sello. La poesía
sorjuanesca tiene tres grandes pilares: la versificación, alusiones mitológicas
y el hipérbaton.
Varios
eruditos, han concluido que Sor Juana consigue un innovador dominio del verso
que recuerda a Lope de Vega o a Quevedo. La perfección de su métrica entraña,
sin embargo, un problema de cronología: no es posible
determinar qué poemas fueron escritos primero en base a cuestiones estilísticas. En
el campo de la poesía Sor Juana también recurrió a la mitología como fuente, al
igual que muchos poetas renacentistas y barrocos. El conocimiento profundo que
poseía la escritora de algunos mitos provoca que algunos de sus poemas se
inunden de referencias a estos temas. En algunas de sus más culteranas
composiciones se nota más este aspecto, pues la mitología era una de las vías
que todo poeta erudito, al estilo de Góngora, debía mostrar.
Por
otro lado, el hipérbaton, recurso muy socorrido en la época, alcanza su
esplendor en El sueño, obra repleta de sintaxis forzadas y de
formulaciones combinatorias. Rosa Perelmuter apunta que en Nueva España la
monja de San Jerónimo fue quien llevó a la cumbre la literatura barroca. La
obra sorjuanesca es expresión característica de la ideología barroca:
plantea problemas existenciales con una manifiesta intención aleccionadora, los
tópicos son bien conocidos y forman parte del “desengaño” barroco. Se
presentan, además, elementos como el carpe diem, el triunfo de la razón
frente a la hermosura física y la limitación intelectual del ser humano.
La
prosa sorjuanesca está conformada por oraciones independientes y breves
separadas por signos de puntuación —coma, punto y punto y coma— y no por nexos
de subordinación. Predomina, pues, la yuxtaposición y la coordinación. Su
profundidad, pues, está en el concepto a la vez que en la sintaxis.
La
mayoría de sus personajes pertenecen a la mitología, y escasean burgueses o
labradores. Ello se aleja de la intención moralizante en consonancia con los
presupuestos didácticos de la tragedia religiosa. En su obra destaca la
caracterización psicológica de los personajes femeninos, muchas veces
protagonistas, siempre inteligentes y finalmente capaces de conducir su
destino, pese a las dificultades con que la condición de la mujer en la
estructura de la sociedad barroca lastra sus posibilidades de actuación y
decisión.
Los
autos sacramentales de Sor Juana, especialmente El cetro de José,
incluyen gran cantidad de personajes reales —José y sus hermanos— e
imaginarios, como la personificación de diversas virtudes. El patriarca José
aparece como la prefiguración de Cristo en Egipto. El pasaje alegorizado del
auto, donde se realiza la transposición de la historia bíblica de José, permite
equiparar los sueños del héroe bíblico con el conocimiento dado por Dios.
¿Precursora del feminismo?
Entre
los estudiosos de Sor Juana ha habido discusión sobre el presunto feminismo que
cierto sector de la crítica le atribuye a la monja. Los feministas han querido
ver, en la Respuesta a Sor Filotea y en la
redondilla Hombres necios, auténticos documentos de liberación
femenina. Otros eruditos, principalmente Antonio Alatorre,
refutan esta teoría. Para Alatorre, la redondilla satírica en cuestión carece
de rastros feministas, sino ofrece un ataque moral señalando la hipocresía de
los hombres seductores, cuyos precedentes pueden encontrarse en autores como
Ruiz de Alarcón: no era nada nuevo atacar la hipocresía moral de los hombres
con respecto a las mujeres. La Respuesta sólo se limita a exigir
el derecho a la educación de la mujer, pero restringiéndose a las costumbres
de la época. No se trata de una crítica directa; es una defensa personal, a su
derecho al saber, al conocimiento, a la natural inclinación por el saber que le
otorgó Dios.
Así,
no puede hablarse de feminismo en la obra de la monja, pues sólo se limitó a
defenderse: las alusiones feministas de su obra son estrictamente personales,
no colectivas. Según Alatorre, Sor Juana decidió neutralizar simbólicamente su sexualidad a
través del hábito de monja. Sobre el
matrimonio y su
ingreso al convento, la Respuesta, afirma: “Aunque conocía que
tenía el estado cosas […] muchas repugnantes a mi genio, con todo, para
la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo
más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi
salvación.”
Redondillas
Hombres
necios que acusáis
a la mujer
sin razón,
sin ver que
sois la ocasión
de lo mismo
que culpáis:
si con ansia
sin igual
solicitáis su
desdén,
¿por
qué queréis que obren bien
si
la incitáis al mal?
Cambatís su
resistencia
y luego, con
gravedad,
decís que fue
liviandad
lo que hizo
la diligencia.
Parecer
quiere el denuedo
de vuestro
parecer loco
el niño que
pone el coco
y luego le
tiene miedo.
Queréis, con
presunción necia,
hallar a la
que buscáis,
para
pretendida, Thais,
y en la
posesión, Lucrecia.
¿Qué
humor puede ser más raro
que
el que, falto de consejo,
él
mismo empaña el espejo,
y siente que
no esté claro?
Con
el favor y desdén tenéis
condición
igual,
quejándoos,
si os tratan mal,
burlándoos,
si os quieren bien.
Siempre tan
necios andáis
que, con
desigual nivel,
a una culpáis
por cruel
y a otra por
fácil culpáis.
¿Pues cómo ha
de estar templada
la que
vuestro amor pretende,
si la que es ingrata,
ofende,
y la que es
fácil, enfada?
Mas, entre el
enfado y pena
que vuestro
gusto refiere,
bien haya la
que no os quiere
y quejaos en
hora buena.
Dan vuestras
amantes penas
a sus
libertades alas,
y después de
hacerlas malas
las queréis
hallar muy buenas.
¿Cuál mayor
culpa ha tenido
en una pasión
errada:
la que cae de
rogada,
o el que
ruega de caído?
¿O cuál es
más de culpar,
aunque
cualquiera mal haga:
la que peca
por la paga,
o el que paga
por pecar?
Pues ¿para
qué os espantáis
de la culpa
que tenéis?
Queredlas
cual las hacéis
o hacedlas
cual las buscáis.
Dejad de
solicitar,
y después,
con más razón,
acusaréis la
afición
de la que os
fuere a rogar.
Bien con
muchas armas fundo
que lidia
vuestra arrogancia,
pues en
promesa e instancia
juntáis
diablo, carne y mundo.
Es
indiscutible, de acuerdo a la mayoría de los filólogos, que Sor Juana abogó por
la igualdad de los sexos y por el derecho de la mujer a adquirir conocimientos
(por lo menos en el mundo hispanohablante) del movimiento moderno de liberación
femenina.
Marcelino Menéndez y Pelayo
y Octavio Paz consideran que la obra de Sor Juana rompe con todos los cánones
de la literatura femenina. Desafía el conocimiento, se sumerge por completo en cuestiones
epistemológicas ajenas a la mujer de esa época y muchas veces escribe en
términos científicos, no religiosos.
Sor Juana Inés y el Barroco
La
obra de sor Juana Inés de la Cruz pertenece a lo mejor del barroco hispánico.
Como era de esperar, hay en sus textos indicios muy sugestivos de abundantes
lecturas. Góngora, Quevedo y Calderón de la Barca destacan en numerosas
secciones de sus escritos. Pero es su poesía lírica la que ha elevado su fama a
un plano internacional. La suya es poesía muy diversa, que puede oscilar entre
la reflexión aguda y el verso ocasional de cariz epigramático.
Sor
Juana nunca rebasa el estilo de su época: encarna la madurez a la que estaba
condenada la Nueva España, apenas nacida. Su obra poética es un excelente
muestrario de los estilos de los siglos XVI y XVII. Para ella era imposible
romper aquellas barreras que tan sutilmente la aprisionaban y dentro de las
cuales se movía con tanta elegancia: destruirlas hubiera sido negarse a sí
misma. El conflicto era insoluble porque la única salida exigía la destrucción
misma de los supuestos que fundaban al mundo colonial.
Si
no era posible negar los principios en que aquella sociedad se apoyaba sin
negarse a sí misma, tampoco lo era proponer otros. Ni la tradición ni la
historia de Nueva España podían ofrecer soluciones diferentes. Es verdad que
dos siglos más tarde se adoptaron otros principios: pero no debe olvidarse que
venían de fuera, de Francia, y que estaban destinados a fundar una sociedad
distinta. A finales del siglo XVII el mundo colonial pierde la posibilidad de
reengendrarse: los mismos principios que le habían dado el ser, lo ahogaban.
Negar este mundo y afirmar el otro era un acto que para sor Juana no podía
tener el mismo significado que para los grandes espíritus de la Contrarreforma
o para los evangelizadores de la Nueva España. Para sor Juana renunciar a este
mundo no significaba lo mismo que para santa Teresa de Jesús, la dimisión o el
silencio, sino un cambio de signo: la historia, y con ella la acción humana, se
abre a lo ultraterreno y adquiere así nueva fertilidad. El catolicismo
militante, evangélico o reformador, impregna de sentido a la historia y la
negación de este mundo se traduce finalmente en una afirmación de la acción
histórica.
Sor
Juana: Tradición y originalidad en su poesía
Sor Juana es una extraordinaria poetisa
que nos lleva una y otra vez al problema de la tradición y la originalidad,
pero, como Quevedo, sor Juana se mueve entre intuiciones e ideas claramente
establecidas en su tiempo y en lo más hondo de su propio espíritu. Cuanto más
extraordinarias, brillantes y originales sean sus palabras, mejor la
entenderemos y más profundo sentido cobrará el concepto de
la Realidad, característico de su siglo, de ahí que otro magnífico soneto, el
que “contiene una fantasía de amor decente”, nos sorprenda siempre,
porque una extraña locura de amor se apodera de sor Juana cuando
escribe:
“ Detente, sombra de mi bien esquivo
imagen del
hechizo que más quiero,
bella
ilusión por quien alegre muero,
dulce
ficción por quien penosa vivo.
Si
al imán de tus gracias atractivo
sirve
mi pecho de obediente acero,
¿para
qué me enamoras lisonjero,
si
has de burlarme luego fugitivo?
Mas
blasonar no puedes satisfecho
de
que triunfa de mí tu tiranía;
que
aunque dejas burlado el lazo estrecho
que
tu forma fantástica ceñía,
poco
importa burlar brazos y pecho
si
te labra prisión mi fantasía.”
La
queja de los cuartetos es tradicional: la persona amada es siempre una
presencia que incita, dando esperanzas y alegría; una ausencia (aun en la
presencia) que provoca dolor. Tradicionalmente, amar es unas veces gozarse en
estas contradicciones; otras como aquí en el caso de sor Juana, pedir fin al
suplicio: Detente; “¿para qué me enamoras lisonjero, / si has de burlarme
luego fugitivo?”. La dulce enemiga o el dulce enemigo, que no atienden
jamás a quien los adora, provocan así el peculiar dolor del corazón
dividido. Hasta el tiempo de sor Juana el concepto se había venido repitiendo
sin mayores variantes: amar es siempre un morir gozoso (“alegre muero”), un
vivir doliente (“penosa vivo”). Y todo “bien” que el amante (o la
amante) imagina es siempre, necesariamente, “esquivo”.
La poetisa también desarrolla la idea
de que el arte puede desengañar a los que se aferran a lo pasajero. Aquí sor
Juana dirige la poesía contra sí misma, en cuanto que todo es arte aunque
ficción, artificio, pasajero entretenimiento que si algo vale, no lo vale en
sí, sino porque es útil instrumento para declarar verdades anteriores e
independientes a cualquier poema. En el mejor de los casos, cabía reconocer que
la poesía es sólo reflejo de la inevitable y frívola tendencia al metro y a la
rima que tienen algunos mortales, como bien declara la misma sor Juana en su Carta
a sor Filotea. Pero incluso cuando esta tendencia desemboca en el
vicio mayor del siglo, en los juegos de palabras, éstos
encontrarán su utilidad en servicio de la visión del mundo que revela lo vacío
de toda ficción. Así, a la vez que sor Juana se defiende contra los que
criticaban no sólo su afición a filosofar -porque no hay que olvidar que era
gran pensadora- sino también su afecto a las palabras y al verso, demuestra
cómo las palabras pueden ser instrumento para dejar la verdad realista de su
siglo bien en claro:
“En
perseguirme, mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te
ofendo,
cuando sólo
intento poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
Yo no estimo tesoros ni riquezas,
y así,
siempre me causa más contento poner riquezas
en mi
entendimiento que no mi entendimiento en las riquezas.
Yo no estimo
hermosura que vencida es despojo civil de las edades
ni riqueza me agrada fementida;
teniendo por mejor en mis verdades
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.”
En
estos versos, así como en la carta a sor Filotea vemos cierto orgullo, una
profunda ironía y alguna vez, cierto sarcasmo. Pero hay que destacar que en un
siglo de poetas -el siglo de las Soledades- una excelente poetisa se ve
obligada a escribir soneto tan mediocre para declarar públicamente que nada en
su mundo interior difiere de un concepto de la Realidad firmemente establecido.
Se la persigue por ser mujer y por ser monja, por eso no podemos temer que esta
mujer del siglo XVII nos revele un mundo poético que difiera en lo sustancial
del de los autores peninsulares que conoce muy bien. Algunas veces dirige
contra sí misma la acritud de su ingenio, como en estos famosos versos A su
retrato:
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;
éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.
Este viejo tema se resuelve en el último verso, tomado casi
directamente de Góngora. No es esta ocasión de intentar un análisis del soneto
que quizá nos ayudaría a entender algo de su originalidad, ya que el origen
emotivo del soneto radica en que sor Juana escribe, no en abstracto, sino a
partir de un doloroso momento en que ha visto frente a sí a la sor Juana que
ella no es, es decir, la idea del yo frente a la imagen. Esta idea tomada de la
antigüedad de que lo pintado compite con lo vivo da a lo vivo una presencia
indestructible. El soneto de sor Juana nos ofrece una angustiosa revelación
personal de que aquello, lo pintado -¡cauteloso engaño del sentido!-, es, desde
su concepción, lo muerto; color que quiere pasar por substancia. Esta intuición
personal ilumina profundamente una idea tradicional del mundo que quizá
teníamos olvidada de puro sabida: la nueva forma.
Algunos
han tachado a sor Juana de poetisa gongorina. Es verdad que resulta difícil y
abstracta en su Primero Sueño, y que emplea unas pocas metáforas
intrincadas en sus canciones de amor mundano, que un crítico ha llamado “lo más
delicado escrito por una mujer”. Concedido esto, su poesía lírica, en conjunto,
es espontánea y sincera, llena de colorido y de luz.
El amor: tema principal en
la poesía de Sor Juana
El
amor es uno de los temas constantes de su poesía. Dicen que amó y fue amada.
Ella misma así lo da a entender en liras y sonetos, aunque en la Respuesta a
Sor Filotea advierte que todo lo que escribió, excepto el Primero sueño, fue de
encargo. En realidad, no importa si esos amores han sido ajenos o propios,
vividos o soñados: ella los hizo suyos por gracia de la poesía. Su erotismo es
intelectual, pero no carece de profundidad o de autenticidad. Sus sonetos de
amor tienen todo el exquisito platonismo de Petrarca, y en fuerza concisa y
simbólica recuerdan a Shakespeare:
“ Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba.
Y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.
Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste
con sombras necias, con indicios vanos:
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.
Se
complace, como todos los grandes enamorados, en la dialéctica de la pasión y
también sensual en su retórica. Los hombres y mujeres de sus poemas son
imágenes, sombras “labradas por la fantasía”. Su platonismo no está exento de
ardor. Siente a su cuerpo como una llama sin sexo.
En
casi todas sus poesías amorosas aparece el mismo razonamiento: «el amor puro,
sin deseo de indecencias, puede sentir lo que el más profano».
Sus
amores, ciertos o fingidos, fueron castos sin duda. Se enamora del cuerpo con
el alma, no se puede trazar las fronteras entre uno y otro. Para nosotros
cuerpo y alma son lo mismo o casi lo mismo: nuestra idea del cuerpo está teñida
de espíritu y a la inversa. Sor Juana vive en un mundo fundado en el dualismo y
para ella el problema era de más fácil resolución, tanto en la esfera de las
ideas como en la de la conducta. Sor Juana se mueve entre sombras: las de los
cuerpos inasibles y la de las almas huidizas. Para ella sólo el amor divino es
concreto e ideal a un tiempo. Pero sor Juana no es un poeta místico y en sus
poemas religiosos la divinidad es abstracta. Dios es idea, concepto, y aun ahí
donde sigue visiblemente en los místicos se resiste a confundir lo terreno y lo
celeste. El amor divino es amor racional.
El
tema único de estos poemas es la ausencia, a veces enlazado o complicado con el
de los celos. Su amor no es feliz como el de los poemas de amistad amorosa a
María Luisa. La fantasía la eleva pero al abrir los ojos, cae de nuevo en sí
misma.
Actividades
1- ¿Por qué se ha usado el término
“feminista” para caracterizar a sor Juana?
2- ¿Por qué entró sor Juana al convento?
3- ¿Cuáles fueron las relaciones de la
monja mexicana con la corte virreinal y en especial con las virreinas?
4- ¿Quién es sor Filotea de la Cruz y por
qué le escribió sor Juana?
5- ¿Qué temas barrocos aprovechó la
escritora mexicana en sus poesías?
6- ¿Cómo demuestra la autora que su
vocación intelectual no es incompatible con la devoción religiosa? En los
textos compartidos en clase ¿Qué datos encuentras que confirmen el deseo de
saber de sor Juana?
7- ¿Qué conceptos antitéticos
encontramos en “Hombres necios”? ¿Qué actitud contradictoria de los hombres critica
la voz poética?
8- En “Este que ves, engaño
colorido”, identifica los paralelismos y explica por qué el retrato es “nada”.
9- ¿A quién se dirige la voz
poética en “Detente sombra de mi bien esquivo”? ¿Qué comentarios encuentras
sobre el amor, el cuerpo y la imaginación?
10- ¿Cómo se
caracteriza el amor en “Esta tarde mi bien cuando te hablaba”? ¿Por qué es
frecuente este tipo de caracterización en el período barroco?
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